Capítulo 1
Abbey
Anna paseó la
mirada por el carromato, sumida en el silencio. No sabía qué pensar de todo lo
que estaba pasando, pero no creía que nadie fuera a consultarle la opinión.
La guerra
asolaba la nación y eso era lo único que parecía importar en esos momentos.
Inglaterra estaba enfrentada con Alemania.
Al principio
era como un eco lejano, algo que parecía que nunca iba a llegar. Luego llegaron
las bombas y la guerra mostró su auténtica cara. Incluso cuando no se oían
explosiones, el nombre Hitler se había colado en cada hogar y parecía
perseguirlos como un peligroso fantasma.
Anna le
pareció volver a escuchar por un momento el sonido de las zapatillas de su
padre cuando solía ir a la cocina para desayunar. Su paso lento y arrastrado
resonaba en toda la casa, como si le costara un gran esfuerzo levantarse cada
mañana. Sin embargo, su madre era totalmente diferente. Siempre estaba lista a
primera hora y antes de que ninguno de los dos abriera los ojos, su madre ya
había preparado el desayuno y los recibía con una sonrisa.
Y un día, dejó
de estar ahí. Anna recordó la confusión que sintió cuando no vio a su madre
preparando tostadas, y supo que algo horrible había sucedido. Con tan sólo
diez años, Anna había corrido al cuarto
de su padre y le había avisado de que madre no estaba. Su padre le respondió
que había ido a comprar pan.
Pero madre
nunca fue a comprar pan. Se marchó y
nunca volvió.
Les había
abandonado.
Desde entonces
había vivido sola con su padre. A pesar de que había intentado que aquel suceso
no la afectara, la ausencia de su madre
era una sombra que perseguía fuera adonde fuera. Siempre pensaba que se la
encontraría por la calle. Siempre esperaba que al levantarse, ella estaría
preparando el desayuno, como cuando
tenía diez años.
A pesar de todo
aquello, sabía no volvería a verla y eso la dolía. Esas cosas no eran fáciles
de olvidar para una niña de diez años.
Luego llegó la
guerra, pero al principio las cosas no parecían afectarles mucho, hasta que
ocurrió. Tras los primeros bombardeos llamaron a su padre a filas. Se había
despedido de él en la estación de tren, antes de que partiera al frente para
atacar a los alemanes.
Y a ella su
padre la había mandado a casa de un antiguo amigo suyo para que la cuidaran. Para entonces Anna ya tenía quince años.
Aquella era la
historia de cómo Anna había perdido a su madre, a su padre y su hogar. Sin
todas esas cosas, se sentía perdida.
Demasiadas
malas noticias.
-
Vamos pequeña, anímate-musitó
la mujer.
Anna hizo caso
omiso y se preocupó únicamente en observar sus zapatos viejos. La mujer en
cuestión era la señora Gates. Una mujer regordeta y de manos menudas que
probablemente, jamás había pisado una urbe como Londres. Llevaba un sencillo
vestido de cuadros azules un poco gastado y un sombrero marrón. La mujer había
tratado de arreglarse un poco, aunque eso a Anna no le importaba lo más mínimo.
Aquella mujer era la esposa de un amigo de su padre, y eso le hacía recordar que él se había
marchado.
-
Pareces tímida. Eres igual
que mi hijo en ese sentido. Es imposible sacarle una palabra cuando está con
desconocidos.
Anna saltó al
oír eso.
-
Yo no soy tímida-se defendió.
-
Oh, claro, claro.-dijo la
señora Gates, aunque parecía no creerla.
Anna levantó
la barbilla con dignidad. Se vanagloriaba siempre de ser una chica inteligente
y tenía muchos amigos en Londres.
-
Creo que os llevareis bien.-continuó
la señora Gates- Quince años, ¿verdad? Es un muchacho de tu edad, muy listo.
Anna no se
sentía animada con la idea.
-
Ohh, esta dichosa
guerra.-musitó la señora Gates- Ojala termine pronto, pero me temo que eso es
difícil de predecir. Cada día son más los muchachos que se van y menos los
hombres que quedan. El pueblo se ha convertido en un santiamén en un puñado de
mujeres. Pero en fin, es lo que toca.
En un gesto
por animar a la niña, la señora Gates la apretó cariñosamente en el hombro.
-
¡Oh, ya hemos llegado!
Anna alzó la
vista y vio el pueblo. Su rostro ni se inmutó al verlo, pero por dentro hirvió
de decepción. Abbey no era más que un puñado de casas y una iglesia al lado del
mar. En aquel lugar la guerra parecía ser algo remoto, olvidado.
Anna oteó el
horizonte perdida en sus pensamientos. Algo le llamó la atención y , por un
momento, dejó de pensar en lo que se
había convertido su vida. Un punto se dibujaba en el horizonte, en medio del
océano, tan pequeño que apenas podía distinguirse del azul del mar. Anna aguzó
la vista y se dio cuenta de que no era otra cosa que una casa. Una extraña
sensación la recorrió entera y saltó de asiento.
-
¿Qué es eso?-preguntó sin
contenerse.
La señora
Gates pareció encantada por la pregunta.
-
Oh, no son más que unas
ruinas. Están abandonadas.
Anna la
escuchó atentamente, pero no se sintió satisfecha. Volvió a mirar la casa y se
sorprendió al ver que le costaba encontrarla de nuevo, como si hubiera cambiado
de sitio. Finalmente volvió a localizarla y de nuevo sintió esa extraña
sensación en el cuerpo. Curiosidad, exrañeza…y le sonaba.¿Por qué le resulta
tan familiar?
La señora
Gates interpretó mal su movimiento de cabeza y sonrió.
-
Te gustará, Anna.-dijo con
entusiasmo.- Aunque, claro esto es muy diferente a Londres. Tenemos una vida
bastante sencilla, pero creo que estarás bien.
Anna se sintió
desilusionada. Creía que iba a contarle algo más, pero no se atrevió a abrir la
boca. Decidió que ya tendría tiempo para sacar el tema. Llegar al pueblo le
hizo recordar de nuevo su situación y se sumió en un resignado silencio.
Menos aún tardaron
en llegar a la casa de la señora Gates. Anna descubrió que su suerte no era tan
mala. La casita de la señora Gates era de madera pintada y lucía una preciosa
enredadera verde que ocultaba parte de su fachada. La pintura estaba
deteriorada, seguramente por la humedad constante del mar y probablemente la
señora Gates no habría tenido tiempo de repararla, pero aún así, era acogedora.
-
No es gran cosa-suspiró
contemplando su propia casa- Pero es un hogar. ¿qué te parece Anna?
-
Es bonita.-admitió Anna tras
pensarlo un minuto.
Anna sintió
una punzada en el corazón de nostalgia. Su casa de Londres era tan y tan
distinta. Vivían en un piso en medio de la ciudad. No podía ser más diferente.
La señora
Gates abrió la puerta, pero no se movió. Anna comprendió de inmediato que prefería que pasase ella
primero. Anna vaciló y finalmente entró.
Lo que vio la
recordó una vez más lo lejos que estaba de casa. El interior era confortable y
cálido, aunque en las esquinas del techo había marcas de humedad. Sus ojos
después fueron directos al fuego que crepitaba en la chimenea. Atravesó la
estancia rápidamente y se acercó al fuego con curiosidad. En su casa de Londres
tenían una chimenea, pero era meramente de adorno. Jamás la habían usado,
aunque Anna siempre había querido hacerlo.
“No digas
tonterías, Anna. ¿Para qué íbamos a usarla?”-oyó en su mente la voz de su
madre.
Frunció el
ceño al recordar a su madre y se apartó bruscamente de la chimenea. Entonces
reparó en algo que no había visto antes. Un niño de su edad la observaba sin
apartar los ojos de ella desde el otro lado de la habitación. No lo había visto
porque estaba medio escondido entre las sombras.
Ambos se
miraron y Anna creyó entrever que el muchacho estaba tenso, aunque no sabía por
qué. Era delgado como un junco y en sus ojos brillantes había una nota de temor
y a la vez curiosidad.
Anna se alegró
un poco y se sintió algo más animada después del viaje.
-
Hola-lo saludó con una
sonrisa.
El niño
pareció espantado al oírla y Anna lo miró perpleja. Detrás de ella, el sonido
de la señora Gates cerrando la puerta la devolvió a la realidad.
-
Oh, ya veo que has conocido a
Fred.-dijo la señora Gates fingiendo alegría. Luego se puso frente a su hijo y
puso las manos en sus caderas.- ¿Pero a qué esperas? Salúdala como es debido,
Fred.-repuso con un deje de enfado.
Fred se
sobresaltó al oírla pero vaciló antes de salir de las sombras. Finalmente,
debió de pensar que no tenía otra opción que obedecer a su madre, porque salió
de su escondite y se acercó a Anna. Aún así, se mantuvo a una distancia
prudencial de ella. La dirigió una mirada cohibida, como si estuviera en un
gran apuro.
-
Hola, señorita Smith.-dijo en
un susurro.
-
¡Más alto Fred! Válgame el
cielo, ¡qué muchacho más callado!
-
¡Hola señorita Smith!
Anna lo vio
divertido y sin quererlo, soltó una pequeña risilla que logró disimular. Se
tapó la boca a tiempo y la señora Gates no se dio cuenta. Luego volvió a mirar
Fred y descubrió que él mostraba una pequeña sonrisa tímida. Sus mejillas
estaban coloradas pero parecía enormemente aliviado.
Y a Anna sin
saber porqué, le recordó a un ratoncillo adorable.
Próximo capítulo
Capítulo 2: Las calas
¡Nos vemos en el próximo capítulo!



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