lunes, 9 de mayo de 2016

La caja de música de Lorraine Capítulo 1 Abbey





Capítulo 1
Abbey


Anna paseó la mirada por el carromato, sumida en el silencio. No sabía qué pensar de todo lo que estaba pasando, pero no creía que nadie fuera a consultarle la opinión.
La guerra asolaba la nación y eso era lo único que parecía importar en esos momentos. Inglaterra estaba enfrentada con Alemania.  



Al principio era como un eco lejano, algo que parecía que nunca iba a llegar. Luego llegaron las bombas y la guerra mostró su auténtica cara. Incluso cuando no se oían explosiones, el nombre Hitler se había colado en cada hogar y parecía perseguirlos como un peligroso fantasma.
Anna le pareció volver a escuchar por un momento el sonido de las zapatillas de su padre cuando solía ir a la cocina para desayunar. Su paso lento y arrastrado resonaba en toda la casa, como si le costara un gran esfuerzo levantarse cada mañana. Sin embargo, su madre era totalmente diferente. Siempre estaba lista a primera hora y antes de que ninguno de los dos abriera los ojos, su madre ya había preparado el desayuno y los recibía con una sonrisa.
Y un día, dejó de estar ahí. Anna recordó la confusión que sintió cuando no vio a su madre preparando tostadas, y supo que algo horrible había sucedido. Con tan sólo diez  años, Anna había corrido al cuarto de su padre y le había avisado de que madre no estaba. Su padre le respondió que había ido a comprar pan.
Pero madre nunca fue a comprar pan. Se  marchó y nunca volvió.
Les había abandonado.
Desde entonces había vivido sola con su padre. A pesar de que había intentado que aquel suceso no la afectara, la ausencia de  su madre era una sombra que perseguía fuera adonde fuera. Siempre pensaba que se la encontraría por la calle. Siempre esperaba que al levantarse, ella estaría preparando el desayuno, como  cuando tenía diez años.
A pesar de todo aquello, sabía no volvería a verla y eso la dolía. Esas cosas no eran fáciles de olvidar para una niña de diez  años.
Luego llegó la guerra, pero al principio las cosas no parecían afectarles mucho, hasta que ocurrió. Tras los primeros bombardeos llamaron a su padre a filas. Se había despedido de él en la estación de tren, antes de que partiera al frente para atacar a los alemanes.
Y a ella su padre la había mandado a casa de un antiguo amigo suyo para que la cuidaran.  Para entonces Anna ya tenía quince años.
Aquella era la historia de cómo Anna había perdido a su madre, a su padre y su hogar. Sin todas esas cosas, se sentía perdida.
Demasiadas malas noticias.
-          Vamos pequeña, anímate-musitó la mujer.
Anna hizo caso omiso y se preocupó únicamente en observar sus zapatos viejos. La mujer en cuestión era la señora Gates. Una mujer regordeta y de manos menudas que probablemente, jamás había pisado una urbe como Londres. Llevaba un sencillo vestido de cuadros azules un poco gastado y un sombrero marrón. La mujer había tratado de arreglarse un poco, aunque eso a Anna no le importaba lo más mínimo. Aquella mujer era la esposa de un amigo de su padre, y  eso le hacía recordar que él se había marchado.
-          Pareces tímida. Eres igual que mi hijo en ese sentido. Es imposible sacarle una palabra cuando está con desconocidos.
Anna saltó al oír eso.
-          Yo no soy tímida-se defendió.
-          Oh, claro, claro.-dijo la señora Gates, aunque parecía no creerla.
Anna levantó la barbilla con dignidad. Se vanagloriaba siempre de ser una chica inteligente y tenía muchos amigos en Londres.
-          Creo que os llevareis bien.-continuó la señora Gates- Quince años, ¿verdad? Es un muchacho de tu edad, muy listo.
Anna no se sentía animada con la idea.
-          Ohh, esta dichosa guerra.-musitó la señora Gates- Ojala termine pronto, pero me temo que eso es difícil de predecir. Cada día son más los muchachos que se van y menos los hombres que quedan. El pueblo se ha convertido en un santiamén en un puñado de mujeres. Pero en fin, es lo que toca.
En un gesto por animar a la niña, la señora Gates la apretó cariñosamente en el hombro.
-          ¡Oh, ya hemos llegado!
Anna alzó la vista y vio el pueblo. Su rostro ni se inmutó al verlo, pero por dentro hirvió de decepción. Abbey no era más que un puñado de casas y una iglesia al lado del mar. En aquel lugar la guerra parecía ser algo remoto, olvidado.
Anna oteó el horizonte perdida en sus pensamientos. Algo le llamó la atención y , por un momento,  dejó de pensar en lo que se había convertido su vida. Un punto se dibujaba en el horizonte, en medio del océano, tan pequeño que apenas podía distinguirse del azul del mar. Anna aguzó la vista y se dio cuenta de que no era otra cosa que una casa. Una extraña sensación la recorrió entera y saltó de asiento.
-          ¿Qué es eso?-preguntó sin contenerse.
La señora Gates pareció encantada por la pregunta.
-          Oh, no son más que unas ruinas. Están abandonadas.
Anna la escuchó atentamente, pero no se sintió satisfecha. Volvió a mirar la casa y se sorprendió al ver que le costaba encontrarla de nuevo, como si hubiera cambiado de sitio. Finalmente volvió a localizarla y de nuevo sintió esa extraña sensación en el cuerpo. Curiosidad, exrañeza…y le sonaba.¿Por qué le resulta tan familiar?
La señora Gates interpretó mal su movimiento de cabeza y sonrió.
-          Te gustará, Anna.-dijo con entusiasmo.- Aunque, claro esto es muy diferente a Londres. Tenemos una vida bastante sencilla, pero creo que estarás bien.
Anna se sintió desilusionada. Creía que iba a contarle algo más, pero no se atrevió a abrir la boca. Decidió que ya tendría tiempo para sacar el tema. Llegar al pueblo le hizo recordar de nuevo su situación y se sumió en un resignado silencio.
Menos aún tardaron en llegar a la casa de la señora Gates. Anna descubrió que su suerte no era tan mala. La casita de la señora Gates era de madera pintada y lucía una preciosa enredadera verde que ocultaba parte de su fachada. La pintura estaba deteriorada, seguramente por la humedad constante del mar y probablemente la señora Gates no habría tenido tiempo de repararla, pero aún así, era acogedora.
-          No es gran cosa-suspiró contemplando su propia casa- Pero es un hogar. ¿qué te parece Anna?
-          Es bonita.-admitió Anna tras pensarlo un minuto.
Anna sintió una punzada en el corazón de nostalgia. Su casa de Londres era tan y tan distinta. Vivían en un piso en medio de la ciudad. No podía ser más diferente.
La señora Gates abrió la puerta, pero no se movió. Anna comprendió  de inmediato que prefería que pasase ella primero. Anna vaciló y finalmente entró.
Lo que vio la recordó una vez más lo lejos que estaba de casa. El interior era confortable y cálido, aunque en las esquinas del techo había marcas de humedad. Sus ojos después fueron directos al fuego que crepitaba en la chimenea. Atravesó la estancia rápidamente y se acercó al fuego con curiosidad. En su casa de Londres tenían una chimenea, pero era meramente de adorno. Jamás la habían usado, aunque Anna siempre había querido hacerlo.
“No digas tonterías, Anna. ¿Para qué íbamos a usarla?”-oyó en su mente la voz de su madre.
Frunció el ceño al recordar a su madre y se apartó bruscamente de la chimenea. Entonces reparó en algo que no había visto antes. Un niño de su edad la observaba sin apartar los ojos de ella desde el otro lado de la habitación. No lo había visto porque estaba medio escondido entre las sombras.
Ambos se miraron y Anna creyó entrever que el muchacho estaba tenso, aunque no sabía por qué. Era delgado como un junco y en sus ojos brillantes había una nota de temor y a la vez curiosidad.
Anna se alegró un poco y se sintió algo más animada después del viaje.
-          Hola-lo saludó con una sonrisa.
El niño pareció espantado al oírla y Anna lo miró perpleja. Detrás de ella, el sonido de la señora Gates cerrando la puerta la devolvió a la realidad.
-          Oh, ya veo que has conocido a Fred.-dijo la señora Gates fingiendo alegría. Luego se puso frente a su hijo y puso las manos en sus caderas.- ¿Pero a qué esperas? Salúdala como es debido, Fred.-repuso con un deje de enfado.
Fred se sobresaltó al oírla pero vaciló antes de salir de las sombras. Finalmente, debió de pensar que no tenía otra opción que obedecer a su madre, porque salió de su escondite y se acercó a Anna. Aún así, se mantuvo a una distancia prudencial de ella. La dirigió una mirada cohibida, como si estuviera en un gran apuro.
-          Hola, señorita Smith.-dijo en un susurro.
-          ¡Más alto Fred! Válgame el cielo, ¡qué muchacho más callado!
-          ¡Hola señorita Smith!
Anna lo vio divertido y sin quererlo, soltó una pequeña risilla que logró disimular. Se tapó la boca a tiempo y la señora Gates no se dio cuenta. Luego volvió a mirar Fred y descubrió que él mostraba una pequeña sonrisa tímida. Sus mejillas estaban coloradas pero parecía enormemente aliviado.
Y a Anna sin saber porqué, le recordó a un ratoncillo adorable.

Próximo capítulo
Capítulo 2: Las calas

¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Un besazo

 

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