martes, 10 de mayo de 2016

La caja de música de Lorraine capítulo 12 La tarta




Capítulo 12
La tarta

La cocina de la mansión tenía las mismas grandes proporciones que el resto de la casa. Había fogones con el fuego encendido, donde se preparaban los platos que se servirían aquel mismo día en la cocina. Anna se quedó impresionada por el tamaño de las cacerolas y la cantidad de utensilios que allí había, aunque aún estuvo más sorprendida cuando vio que sólo había una mujer en aquel lugar.
Era bajita, con las manos regordetas y las mejillas encendidas por el calor del fuego. Parecía bastante ocupada y no se percató de la presencia de Anna en aquel lugar.
Adele se adelantó un paso a Anna.
-        Oh, Martha sigue igual que siempre. –se dijo a sí misma. Luego se volvió hacia Anna- Vamos, ¿a qué esperas?
-        Ya voy, ya voy.-rezongó Anna.
Anna emitió una tosecilla falsa para captar la atención de la mujer, pero no funcionó. Notó la mirada divertida de Adele, y frunció el ceño. No aguantaba a esa chica, por mucho que quisiera ayudarla.
-        Hola-saludó en voz alta. La mujer siguió sin volverse- ¡HOLA!
Tras repetirlo dos veces más, Martha finalmente se dio la vuelta y la vio. Adele a su lado se partia de risa.
-        Ay, ¿no te había dicho que era sorda?
-        No, olvidaste mencionarlo-gruñó Anna.
Martha se secó las manos con un trapo y se acercó a ella. Frunció el ceño cuando la miró.
-        La comida aún no va a servirse-le avisó.
-        No, no era eso…-comenzó Anna muerta de verguenza.- Quería…saber si puedo usar la cocina.
-        ¿La comida?
-        No, ¡la cocina!-dijo Anna más alto mientras ignoraba a Adele.
-        ¡Aaaahhh! ¿Y para qué se supone que quieres usar mi cocina?-Martha le dedicó una mirada llena de desconfianza.
-        Quiero preparar una tarta. Es un regalo, por eso necesito la cocina. Es muy importante.
Anna esperó la reacción de Anna. Seguramente la echaría de allí y todo por la culpa de Adele…
-        ¿Un regalo para quién?
Anna se quedó muda. No esperaba aquello. Se sonrojó.
-        Pues para…Allan, digo, para el jefe.-se corrigió rápidamente.
-        ¡Ah! Tú eres la chica viva de la otra noche, ¿verdad? Menudo revuelo armaste, hija.-dijo Martha de repente.
-        ¿Cómo lo ha sabido?-quiso saber Anna.
Martha la sonrió con picardía.
-        Porque te sonrojas con nada. Nosotros no tenemos sangre para sonrojarnos, recuérdalo.
Anna se puso colorada al oír aquello y desvió la vista insegura. Lo más probable es que Martha ahora le mandara de vuelta por la ridícula idea que le había contado.
-        Dirá que si, ya verás. Le encantan estas cosas-le aseguró Adele a su lado mientras comenzaba a dar una vuelta inspecionando la cocina.
-        Vale, puedes hacerla. Pero quiero verlo, ¿de acuerdo?-dijo Martha en un tono que dejaba ver claramente que temía que robara algo.
Anna se preguntó por dentro cómo Adele podía haberlo adivinado. Finalmente asintió y se fue hasta donde la esperaba Adele.
-        Saca el bol de cristal que hay en el segundo armario.-le ordenó Adele mientras se miraba las uñas.
Anna obedeció a  regañadientes  y se sorprendió cuando encontró el bol justo donde ella le decía. Siguió sus instrucciones y sacó el resto de materiales e ingredientes. Parecía como si Adele supiera donde estaba cada cosa en aquel lugar. Anna lo atribuyó enseguida a su condición de espíritu.
Martha se acercó a ella con curiosidad.
-        Parece como si ya hubieras estado aquí…-dejó caer Martha.
Anna se puso rígida.
-        ¡Pues no he estado nunca! Una casualidad…-dijo mientras se volvía a reanudar con mayor empeño su nueva tarea.


Dos horas más tarde, Anna atravesaba el pasillo con un pequeño paquete en sus manos. Martha había exigido ver el resultado final, y cuando lo hizo, Martha sólo la felicitó por la tarta y la despidió de allí.
Aún podía sentir en la piel de sus dedos el calor apetitoso que despedía y deseó comerse la tarta allí mismo. Se recordó que era para conseguir caer bien a Allan, algo que dudaba bastante que sucediera pero Adele parecía bastante segura de ello.
-        Es aquí-dijo finalmente Adele señalando una puerta.
Anna sintió un cosquilleo nervioso en el estómago nada más verla. Detrás de aquella puerta estaba Allan. A pesar de que sabía que era egoísta y que pretendía echarla de casa, aún notaba algo en su corazón…se dijo que era por culpa de los nervios.
-        ¿Piensas entrar algún día?-le preguntó Adele.
Anna la ignoró, cogió aire y decidió hacerlo rápido. Abrió con decisión la puerta y se quedó trabada cuando vio que la habitación estaba vacía. Estaba a punto de darse la vuelta cuando captó un movimiento inesperado a su derecha que la asustó.  Antes de que pudiera hacer nada, tenía en su cuello la punta de una espada empuñada por Allan. Sus ojos estaban teñidos de alerta. Anna estaba sin aliento.
Al ver que era ella, Allan se relajó y bajó la espada.
-        Eres tú-dijo únicamente.- Lo siento.
Anna se llevó la mano al cuello y tragó saliva. A pesar del temblor que sentía en todo el cuerpo, se percató de que Allan la estaba ignorando soberanamente. Casi parecía que no le importara haberle asustado. Entonces se dio cuenta de que aunque Allan trataba de ignorala, estaba tenso. Se sintió intrigada y recordó la palidez de su rostro cuando la marea no había bajado. ¿Por qué Allan estaba en guardia?
-        Ahora si no te importa,  dime a qué has venido.-Allan cortó sus pensamientos mientras guardaba la espada en una vaina de cuero.
Olvidándose del respeto, Anna sintió curiosidad.
-        ¿Qué hacías con una espada?-le preguntó.
Allan hizo una mueca y la miró un poco fastidiado.
-        Nada que te incumba.-le cortó evasivo.
Anna se dio cuenta de que tenía la frente perlada de sudor y tuvo una sospecha.
-        Practicabas, ¿verdad?-dijo y al ver la expresión de Allan supo que había acertado de lleno- ¿Por qué practicas?
-        Porque quiero. ¿Responde eso a tu pregunta?
Por el tono seco de su voz, Anna supo que tenía que dejarlo.
-        Sí, claro.-contestó en tono conciliador y buscó una palabra adecuada- Es que…¡mola!
Allan frunció el entrecejo.
-        ¿Mola?
-        Sí, bueno…ya sabes, manejar una espada…Es interesante.
Allan no parecía muy animado. Es más, cada vez estaba más hosco. Anna se preguntó si alguna vez estaba de buen humor.
-        Vale, ¿puedes decirme de una vez a qué has venido?-dijo de repente.
Anna se puso de golpe nerviosa y buscó a Adele con la mirada. No la vio por ninguna parte. Se sintió un poco traiconada. ¡La idea de la tarta había sido de ella! Si salía mal, la había dejado a solas con el muerto.
Anna suspiró y finalmente le enseñó el paquete. Sin esperar a que Allan dijera algo, vio una mesa y corrió hacia allí. Depositó el paquete con cuidado y miró por el rabillo del ojo a Allan, que se mantenía alejado. A pesar de la indiferencia que quería mostrar, sus ojos delataban su curiosidad. Anna lo vio como buena señal y se animó a hablar.
-        Es sólo que…creo que hemos empezado con mal pie. –comenzó e intentó sonar sincera- Y he hecho esto para ti. En señal de paz.
Terminó de desenvolver el paquete y dejó ver a la luz la tarta que había hecho. Se volvió expectante para ver la reacción de Allan. Seguramente estaría abochornado, o a lo mejor enfadado. A lo mejor la echaría de la habitación al ver algo tan absurdo. Ella regalando tartas…Todo podía ser.
La verdad es que Anna no entendía qué tenía esa tarta de especial para que Adele la mandara hacerla…
Se quedó sorprendida cuando vio que Allan estaba sin habla.
-        ¿Cómo has sabido que es mi…?- Allan la miró y Anna detectó muchas emociones en su rostro que hicieron que su pulso se acelerara solo.
Allan se detuvo y sacudió la cabeza, como si hubiera pensado algo estúpido.
-        ¿Tu qué?-trató de saber Anna, intrigada.
-        Nada. ¿De qué está hecha?- preguntó Allan fingiendo indiferencia, pero Anna ya se había dado cuenta del modo en que la miraba.
-        Pues es una tarta de frambuesas y arándanos.-le explicó Anna sin comprender cómo una tarta le había impresionado tanto.
-        ¿Y la has hecho tú?-preguntó como si no acabara de creérselo.
-        Sí, ¿pasa algo?
Allan negó con la cabeza y se pasó una mano por la nunca.
-        No pasa nada.
Anna esperó con paciencia a que se animara a probarla. La verdad es que incluso ella estaba deseando hacerlo. Pero Allan no se movió ni un centímetro.
Al ver que no reaccionaba, Anna resolvió que lo mejor sería dejarle solo. Ya había hecho lo que se proponía, y no quería estar ni un minuto más allí.
-        Me marcho.-anunció, aunque Allan no dio muestras de haberla oído.
Anna sintió un poco de decepción. Le hubiera gustado al menos que le dijera adiós…
-        Anna.
Ella se volvió y se encontró con la mirada seria de Allan.
-        Esto no cambia nada.-dijo Allan únicamente.
Anna se sintió como si la hubieran echado un jarro de agua fría, pero se las arregló para sonreír, como si Allan hubiera dicho una tontería. Allan pareció satisfecho y se fue adonde había dejado la espada. Anna estaba observándole enfadada cuando sintió que no podía dejar que se saliera con la suya.
“Puede que la tarta no hubiera servido de nada, pero no pienso irme de la casa sin luchar” pensó.
-        ¿Vas a volver a practicar? Cualquiera diría que tienes miedo de algo.-soltó.
Sus palabras tuvieron un efecto inmediato. Allan se volvió como si le hubieran pinchado.
-        No tengo miedo de nada. Practico porque es un deporte, nada más-la contestó con prepotencia, aunque Anna se percató de que estaba tenso.
Anna no esperaba que sus palabras fueran ciertas, pero la reacción de Allan no dejaba lugar a dudas. Temía algo.
Aquella idea le dio más valor para que estaba haciendo.
-        ¡Ah! Bueno, no pasa nada. Es que algunas personas me han dicho que siempre comes solo, como si te diera cosa ver a los demás.-Anna parpadeó con inocencia, pero aguardó impaciente la reacción de Allan.- Como si fueras…antisocial.
Tal y como esperaba, Allan la miró indignado.
-        ¿Quién te ha dicho eso? Además me gusta comer solo, pero eso no implica que no me importe estar acompañado.-le espetó.- Soy muy social.
-        ¡Perfecto! Entonces, ¿esta noche vienes a cenar con nosotros?-propuso Anna soltando su última carta.
Allan se quedó perpeljo y Anna tuvo ganas de soltar una carcajada triunfal. ¡Estaba sin escapatoria! No podría decirla que no. No al menos que quisiera contradecirse a sí mismo, y eso mancharía su orgullo. Algo con lo que Anna ya contaba.
Finalmente, Allan se dio cuenta de que estaba acorralado y miró a Anna enfadado.
-        ¿Pasa algo?-preguntó Anna con retintín.
-        Nada. Allí estaré.-prometió arrastrando las palabras.
Anna sonrió satisfecha y salió de allí muy contenta. Comenzó a tararear una canción cuando salió al pasillo. Adele estaba esperándola apoyada en la pared.
-        ¿Sabes? Te había subestimado. No eres tan mala como pensaba- le confesó Adele con un brillo interesado en los ojos.


Próximo capítulo
Capítulo 13: Cena inusual

No te pierdas el capítulo anterior  Capítulo 11 aquí


 Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!






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