Capítulo 12
La tarta
La cocina de
la mansión tenía las mismas grandes proporciones que el resto de la casa. Había
fogones con el fuego encendido, donde se preparaban los platos que se servirían
aquel mismo día en la cocina. Anna se quedó impresionada por el tamaño de las
cacerolas y la cantidad de utensilios que allí había, aunque aún estuvo más
sorprendida cuando vio que sólo había una mujer en aquel lugar.
Era bajita,
con las manos regordetas y las mejillas encendidas por el calor del fuego.
Parecía bastante ocupada y no se percató de la presencia de Anna en aquel
lugar.
Adele se
adelantó un paso a Anna.
-
Oh, Martha sigue igual que
siempre. –se dijo a sí misma. Luego se volvió hacia Anna- Vamos, ¿a qué
esperas?
-
Ya voy, ya voy.-rezongó Anna.
Anna emitió
una tosecilla falsa para captar la atención de la mujer, pero no funcionó. Notó
la mirada divertida de Adele, y frunció el ceño. No aguantaba a esa chica, por
mucho que quisiera ayudarla.
-
Hola-saludó en voz alta. La
mujer siguió sin volverse- ¡HOLA!
Tras repetirlo
dos veces más, Martha finalmente se dio la vuelta y la vio. Adele a su lado se
partia de risa.
-
Ay, ¿no te había dicho que
era sorda?
-
No, olvidaste
mencionarlo-gruñó Anna.
Martha se secó
las manos con un trapo y se acercó a ella. Frunció el ceño cuando la miró.
-
La comida aún no va a
servirse-le avisó.
-
No, no era eso…-comenzó Anna
muerta de verguenza.- Quería…saber si puedo usar la cocina.
-
¿La comida?
-
No, ¡la cocina!-dijo Anna más
alto mientras ignoraba a Adele.
-
¡Aaaahhh! ¿Y para qué se
supone que quieres usar mi cocina?-Martha le dedicó una mirada llena de
desconfianza.
-
Quiero preparar una tarta. Es
un regalo, por eso necesito la cocina. Es muy importante.
Anna esperó la
reacción de Anna. Seguramente la echaría de allí y todo por la culpa de Adele…
-
¿Un regalo para quién?
Anna se quedó
muda. No esperaba aquello. Se sonrojó.
-
Pues para…Allan, digo, para
el jefe.-se corrigió rápidamente.
-
¡Ah! Tú eres la chica viva de
la otra noche, ¿verdad? Menudo revuelo armaste, hija.-dijo Martha de repente.
-
¿Cómo lo ha sabido?-quiso
saber Anna.
Martha la
sonrió con picardía.
-
Porque te sonrojas con nada.
Nosotros no tenemos sangre para sonrojarnos, recuérdalo.
Anna se puso
colorada al oír aquello y desvió la vista insegura. Lo más probable es que
Martha ahora le mandara de vuelta por la ridícula idea que le había contado.
-
Dirá que si, ya verás. Le
encantan estas cosas-le aseguró Adele a su lado mientras comenzaba a dar una
vuelta inspecionando la cocina.
-
Vale, puedes hacerla. Pero
quiero verlo, ¿de acuerdo?-dijo Martha en un tono que dejaba ver claramente que
temía que robara algo.
Anna se
preguntó por dentro cómo Adele podía haberlo adivinado. Finalmente asintió y se
fue hasta donde la esperaba Adele.
-
Saca el bol de cristal que
hay en el segundo armario.-le ordenó Adele mientras se miraba las uñas.
Anna obedeció
a regañadientes y se sorprendió cuando encontró el bol justo
donde ella le decía. Siguió sus instrucciones y sacó el resto de materiales e
ingredientes. Parecía como si Adele supiera donde estaba cada cosa en aquel
lugar. Anna lo atribuyó enseguida a su condición de espíritu.
Martha se
acercó a ella con curiosidad.
-
Parece como si ya hubieras
estado aquí…-dejó caer Martha.
Anna se puso
rígida.
-
¡Pues no he estado nunca! Una
casualidad…-dijo mientras se volvía a reanudar con mayor empeño su nueva tarea.
Dos horas más
tarde, Anna atravesaba el pasillo con un pequeño paquete en sus manos. Martha
había exigido ver el resultado final, y cuando lo hizo, Martha sólo la felicitó
por la tarta y la despidió de allí.
Aún podía
sentir en la piel de sus dedos el calor apetitoso que despedía y deseó comerse
la tarta allí mismo. Se recordó que era para conseguir caer bien a Allan, algo
que dudaba bastante que sucediera pero Adele parecía bastante segura de ello.
-
Es aquí-dijo finalmente Adele
señalando una puerta.
Anna sintió un
cosquilleo nervioso en el estómago nada más verla. Detrás de aquella puerta
estaba Allan. A pesar de que sabía que era egoísta y que pretendía echarla de
casa, aún notaba algo en su corazón…se dijo que era por culpa de los nervios.
-
¿Piensas entrar algún día?-le
preguntó Adele.
Anna la
ignoró, cogió aire y decidió hacerlo rápido. Abrió con decisión la puerta y se
quedó trabada cuando vio que la habitación estaba vacía. Estaba a punto de
darse la vuelta cuando captó un movimiento inesperado a su derecha que la
asustó. Antes de que pudiera hacer nada,
tenía en su cuello la punta de una espada empuñada por Allan. Sus ojos estaban
teñidos de alerta. Anna estaba sin aliento.
Al ver que era
ella, Allan se relajó y bajó la espada.
-
Eres tú-dijo únicamente.- Lo
siento.
Anna se llevó
la mano al cuello y tragó saliva. A pesar del temblor que sentía en todo el
cuerpo, se percató de que Allan la estaba ignorando soberanamente. Casi parecía
que no le importara haberle asustado. Entonces se dio cuenta de que aunque
Allan trataba de ignorala, estaba tenso. Se sintió intrigada y recordó la
palidez de su rostro cuando la marea no había bajado. ¿Por qué Allan estaba en
guardia?
-
Ahora si no te importa, dime a qué has venido.-Allan cortó sus
pensamientos mientras guardaba la espada en una vaina de cuero.
Olvidándose
del respeto, Anna sintió curiosidad.
-
¿Qué hacías con una
espada?-le preguntó.
Allan hizo una
mueca y la miró un poco fastidiado.
-
Nada que te incumba.-le cortó
evasivo.
Anna se dio
cuenta de que tenía la frente perlada de sudor y tuvo una sospecha.
-
Practicabas, ¿verdad?-dijo y
al ver la expresión de Allan supo que había acertado de lleno- ¿Por qué
practicas?
-
Porque quiero. ¿Responde eso
a tu pregunta?
Por el tono
seco de su voz, Anna supo que tenía que dejarlo.
-
Sí, claro.-contestó en tono
conciliador y buscó una palabra adecuada- Es que…¡mola!
Allan frunció
el entrecejo.
-
¿Mola?
-
Sí, bueno…ya sabes, manejar
una espada…Es interesante.
Allan no
parecía muy animado. Es más, cada vez estaba más hosco. Anna se preguntó si
alguna vez estaba de buen humor.
-
Vale, ¿puedes decirme de una
vez a qué has venido?-dijo de repente.
Anna se puso
de golpe nerviosa y buscó a Adele con la mirada. No la vio por ninguna parte.
Se sintió un poco traiconada. ¡La idea de la tarta había sido de ella! Si salía
mal, la había dejado a solas con el muerto.
Anna suspiró y
finalmente le enseñó el paquete. Sin esperar a que Allan dijera algo, vio una
mesa y corrió hacia allí. Depositó el paquete con cuidado y miró por el rabillo
del ojo a Allan, que se mantenía alejado. A pesar de la indiferencia que quería
mostrar, sus ojos delataban su curiosidad. Anna lo vio como buena señal y se
animó a hablar.
-
Es sólo que…creo que hemos
empezado con mal pie. –comenzó e intentó sonar sincera- Y he hecho esto para
ti. En señal de paz.
Terminó de
desenvolver el paquete y dejó ver a la luz la tarta que había hecho. Se volvió
expectante para ver la reacción de Allan. Seguramente estaría abochornado, o a
lo mejor enfadado. A lo mejor la echaría de la habitación al ver algo tan
absurdo. Ella regalando tartas…Todo podía ser.
La verdad es
que Anna no entendía qué tenía esa tarta de especial para que Adele la mandara
hacerla…
Se quedó
sorprendida cuando vio que Allan estaba sin habla.
-
¿Cómo has sabido que es mi…?-
Allan la miró y Anna detectó muchas emociones en su rostro que hicieron que su
pulso se acelerara solo.
Allan se
detuvo y sacudió la cabeza, como si hubiera pensado algo estúpido.
-
¿Tu qué?-trató de saber Anna,
intrigada.
-
Nada. ¿De qué está hecha?-
preguntó Allan fingiendo indiferencia, pero Anna ya se había dado cuenta del
modo en que la miraba.
-
Pues es una tarta de
frambuesas y arándanos.-le explicó Anna sin comprender cómo una tarta le había
impresionado tanto.
-
¿Y la has hecho tú?-preguntó
como si no acabara de creérselo.
-
Sí, ¿pasa algo?
Allan negó con
la cabeza y se pasó una mano por la nunca.
-
No pasa nada.
Anna esperó
con paciencia a que se animara a probarla. La verdad es que incluso ella estaba
deseando hacerlo. Pero Allan no se movió ni un centímetro.
Al ver que no
reaccionaba, Anna resolvió que lo mejor sería dejarle solo. Ya había hecho lo
que se proponía, y no quería estar ni un minuto más allí.
-
Me marcho.-anunció, aunque
Allan no dio muestras de haberla oído.
Anna sintió un
poco de decepción. Le hubiera gustado al menos que le dijera adiós…
-
Anna.
Ella se volvió
y se encontró con la mirada seria de Allan.
-
Esto no cambia nada.-dijo
Allan únicamente.
Anna se sintió
como si la hubieran echado un jarro de agua fría, pero se las arregló para
sonreír, como si Allan hubiera dicho una tontería. Allan pareció satisfecho y
se fue adonde había dejado la espada. Anna estaba observándole enfadada cuando
sintió que no podía dejar que se saliera con la suya.
“Puede que la
tarta no hubiera servido de nada, pero no pienso irme de la casa sin luchar”
pensó.
-
¿Vas a volver a practicar?
Cualquiera diría que tienes miedo de algo.-soltó.
Sus palabras
tuvieron un efecto inmediato. Allan se volvió como si le hubieran pinchado.
-
No tengo miedo de nada.
Practico porque es un deporte, nada más-la contestó con prepotencia, aunque
Anna se percató de que estaba tenso.
Anna no esperaba
que sus palabras fueran ciertas, pero la reacción de Allan no dejaba lugar a
dudas. Temía algo.
Aquella idea
le dio más valor para que estaba haciendo.
-
¡Ah! Bueno, no pasa nada. Es
que algunas personas me han dicho que siempre comes solo, como si te diera cosa
ver a los demás.-Anna parpadeó con inocencia, pero aguardó impaciente la
reacción de Allan.- Como si fueras…antisocial.
Tal y como
esperaba, Allan la miró indignado.
-
¿Quién te ha dicho eso?
Además me gusta comer solo, pero eso no implica que no me importe estar
acompañado.-le espetó.- Soy muy social.
-
¡Perfecto! Entonces, ¿esta
noche vienes a cenar con nosotros?-propuso Anna soltando su última carta.
Allan se quedó
perpeljo y Anna tuvo ganas de soltar una carcajada triunfal. ¡Estaba sin
escapatoria! No podría decirla que no. No al menos que quisiera contradecirse a
sí mismo, y eso mancharía su orgullo. Algo con lo que Anna ya contaba.
Finalmente,
Allan se dio cuenta de que estaba acorralado y miró a Anna enfadado.
-
¿Pasa algo?-preguntó Anna con
retintín.
-
Nada. Allí estaré.-prometió
arrastrando las palabras.
Anna sonrió
satisfecha y salió de allí muy contenta. Comenzó a tararear una canción cuando
salió al pasillo. Adele estaba esperándola apoyada en la pared.
-
¿Sabes? Te había subestimado.
No eres tan mala como pensaba- le confesó Adele con un brillo interesado en los ojos.
Próximo capítulo
Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!



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