Cuestión de zapatos. Talla 37.
Gloria Ortiz. Salones negros, un clásico, con plataforma y tacón stiletto. Falda negra, blusa a juego…Voy
de estreno, la ocasión lo merece. Primero misa. Luego ABC Serrano. Cena
cocktail y fiesta hasta que el cuerpo aguante. El marco perfecto para encontrar
ligue. O más bien, una vez fichado príncipe, convertirlo en algo más…
Acaba la misa. Ya he fichado al “príncipe”. Sin perder dos segundos, me acerco a su grupo de amigos y comienza una conversación poco interesante. No importa. Voy calculando la estrategia de ataque para que la noche sea muy exitosa. Me siento cual cenicienta en el baile. Acabo con príncipe si o sí.
Comienza los problemas. Hay que
desplazarse. Andando son treinta minutos, que solo de imaginarlos en mis
tacones, se me pone la cara algo blanca. Me ofrecen coche y acepto, pensando
que mi “príncipe” vendrá también. Ya hemos cruzado miradas, ha comenzado el
juego. Creo que lo seguirá.
Antes de que pueda reaccionar, él
se ha marchado para ir andando (claro, no lleva 10 cm de tacón con plataforma
incluida). Mi cara se descompone. No lo he visto venir.No pasa nada. La noche es larga. Aparcamos el coche en plena calle Serrano. Caminamos. Caminamos. Y caminamos. Y no aparece el sitio de marras. Vaya-dice el amigo- Creo que hemos ido en dirección contraria. Sonrío muy, muy educadamente...¡Cojo aire y valor! Esa noche voy de chica fina, pero por dentro soy un mar de maldiciones y palabras cruentas contra mi compañero, muy simpático, pero desorientado (lo cual no ayuda mucho), contra el mundo...y sobre todo, contra mis tacones. Dios mio, no es que no sienta los pies, es que tengo la sensación de haberlos metido en agua hirviendo durante todo el paseo. ¡Un infierno en los pies! ¡¡¡Esto no aparecía en la etiqueta!!!
Mantengo la calma y sigo
al amigo. Quiero llegar ya y encontrar al príncipe. Ya no me importa
ni la elegancia. Entre el dolor de pies y alcanzar a mi compañero
que se ha puesto nervioso y anda a zancadas que parecen estadios del
Bernabeu, olvido lo de ir de “chica fina”. Parezco un pato sin
gracia, batiendo los brazos como si el aire me ayudara a impulsarme.
Y entonces, una curva. Por ahorrarme un metro de camino, voy yo (idea
brillante) y paso por encima de la rejilla del aire del metro.
El resultado esperable.
Pierdo el zapato y casi los dientes. Me giro y le veo aguardándome
ahí, con el tacón enganchado en la rejilla. Vuelvo cojeando,
rogando que el amigo de marras no lo haya visto. Pero claro, noooo.
La vida no es tan bondadosa. No solo lo ha visto, sino que se
adelanta a mis pasos, recupera el zapato, regresa conmigo...Y
contemplo ojiplática como se arrodilla todo caballeroso, dispuesto a
colocarme el dichoso zapatito.
Disney me mintió. Esto
de romántico no tiene nada. La tal Cenicienta no debió de sentir ni un 1%
del bochorno que yo siento ahora. Un bochorno de esos que te arden la
cara y te ríes como una niña cruzando los dedos para que esto no
acabe en un comentario de twitter. Él también. Algo es algo.
Por fin llegamos al sitio
de marras. Y la noche no puede ir peor. Mi zapato me lo ha colocado
el príncipe equivocado, mi príncipe en el tiempo que estado ausente del baile, ha pillado a otra, y la fiesta se
acaba para mí a las 23:00. Es que ni en la hora coincido con el cuento.
A veces la realidad se funde con los cuentos, pero de un modo satírico encantador y mordaz, que nos recuerda, que el mundo real no es de cenicientas ni de príncipes. Pero siempre me saca una sonrisa, ese instante, en que fui cenicienta, y en vez de un príncipe, gané en el momento en que él se rió, un amigo. Eso, vale mucho más. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
¡Espero que os haya gustado!

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