martes, 7 de junio de 2016

La caja de música de Lorraine: Capítulo 13 Cena inusual




Capítulo 13
Cena inusual

-        ¿De verdad piensas ir con ese vestido?-dijo Adele con una mueca.
Anna se detuvo y se miró en un espejo. ¿Por qué Adele tenía tanto en contra de aquel vestido? Era azul, sencillo y bonito.

-        Es el único que tengo-le explicó encogiéndose de hombros.
-        Eso es una excusa barata. Yo tengo miles de vestidos. Podría dejarte uno si me lo pidieras.- respondió Adele.
Anna observó su vestido anticuado y decidió que no haría eso ni muerta. Ella también tenía su orgullo.
-        Y además, se ve que es de confección barata. ¿Quién te lo hizo? ¿La panadera?- Adele contuvo una risita, al parecer su chiste le parecía muy gracioso.
Anna se detuvo y bajó la vista hacia el vestido. Miles de recuerdos dolorosos invadieron su mente.
-        Me lo hizo mi madre-dijo Anna con voz de queda.
Adele paró de reír al ver la tristeza que invadía el rostro de Anna.
-        Yo…bueno…tampoco está tan mal. Quiero decir…-farfulló Adele. Anna la miró con dureza.
-        Sé perfectamente lo que querías decir. Y ahora, ¿podemos ir a cenar?-replicó de mal humor.
Anna comenzó a andar a grandes zancadas aunque no tenía ni idea de donde estaba el comedor y no paró hasta que se topó de bruces con alguien. Anna farfulló una disculpa dispuesta a seguir su camino cuando le oyó.
-        ¡Anna!
Anna alzó la vista y se sintió decepcionada. Era Fred.
-        Hola Fred.-lo saludó con voz inerte.
-        Anna, ¿dónde te habías metido? No te he visto en todo el día.- dijo Fred.
-        Quizás me he caído de un acantilado, ¿no te parece?-le soltó mordaz.
Fred la miró dolido.
-        Nunca vas a perdonármelo, ¿verdad?
-        No.
Anna iba a seguir su camino, pero Fred le cogió la mano.
-        Sólo quiero explicarte que…
-        ¡Por fin apareces chica!-llegó Bernard interrumpiendo a Fred, que soltó la mano de Anna.
Anna saludó a Bernard y miró a Fred, pero este parecía que no iba a decir nada más.
-        Tengo un hambre tremendo- continuó Bernard- Vamos, chicos. Debemos ser los últimos. Por suerte, Corine siempre me guarda el asiento.
Bernard los condujo rápidamente por las galerías y los llevó hasta el comedor. Anna se dio cuenta de que en la casa debía haber varios comedores, porque ese lugar era distinto al del desayuno.
Las mesas eran redondas también, pero más grandes y lucían manteles en color crudo con adornos de cenefas marrones y flores blancas. La cristalería era diferente y cuando Anna pudo ver una de las mesas más de cerca, vio cuatro copas delante de ella. Y no tenía ni idea de para qué servían.
Bernard les llevó directamente hacia una mesa en el centro. Anna enseguida reconoció a Corine. Llevaba un vestido negro ajustado y una pluma negra en el pelo de adorno que la hacía inconfundible. Corine también les vio y les sonrió.
-        Creí que no ibáis a venir nunca. Anna, cielo, ¿dónde has estado todo el rato? Habíamos comenzado a preocuparnos.-le preguntó.
Anna se sentó en un asiento cerca de ella y se olvidó de las palabras hirientes de Adele.
-        Por ahí, pero estoy muy bien. De verdad- se apresuró a aclarar.
Fred iba a sentarse al lado de Anna, pero ella le detuvo.
-        Está ocupado, Fred.-le informó.
Fred asintió cabizbajo y se sentó en un asiento libre al lado de Bernard. Por un momento Anna se alegró de que tuviera una excusa para no estar a su lado. No podía perdonar a Fred y nunca lo haría. La había abandonado, y ella jamás olvidaba. Jamás.
Entonces recordó la razón por la que lo había hecho. Buscó a Allan con la mirada y se alegró al ver que no había bajado. Por un lado, se alegraba de ver que tenía razón. Era un amargado.
-        Es una pena Anna- comenzó a hablarla Corine- Estaba deseando enseñarte mi sala de ejercicios.
-        ¿Sala de ejercicios?
Corine le guiño un ojo con complicidad.
-        Está en uno de los bajos de la casa. Es un lugar enorme y eso me da oportunidad para practicar mis acrobacias. Este cuerpo necesita movimiento, ¿sabes?- dijo con una sonrisa.
Anna pensó durante un momento.
-        Tú eres acróbata, ¿verdad?
-        Trabajé en un circo toda mi vida-le confesó Corine con ojos brillantes.- Hasta que el Salto de la Estrella me salió mal y tuve el “accidente”.
-        Debía ser algo precioso.
-        Lo era-afirmó Bernard al oírlos- Pero Corine no necesita hacer esa acrobacia. Es una estrella, no importa lo que haga.
Los ojos de Corine brillaron halagados ante la dulce sonrisa de Bernard.
-        ¿Sabes Anna? – añadió Bernard- Corine no era alguien cualquiera. Era la acróbata principal del circo. Todo el mundo iba a verla. Se hizo famosa.
-        Oh, por favor Bernard. Eso es agua pasada.-trató de detenerle Corine, aunque se notaba que le encantaba que hablara de eso.
Anna localizó a Adele flotando cerca de ellos y frunció el ceño. Se volvió hacia Corine para darla la espalda.
-        ¿Cómo era el Salto de la Estrella?-preguntó Anna con curiosidad.
-        Era el más complejo de todos. No está bien que yo lo diga pero…sólo dos acróbatas en todo el mundo se habían atrevido a realizarlo. Entre ellos, yo por supuesto, aunque morí en el intento.-narró alegre- Se basa en que tienes que lograr el mayor impulso en la tercera vuelta y luego en el aire…
Corine se detuvo y miró boquiabierta a algo que estaba a  la espalda de Anna. No era la única. Todos miraban sorprendidos en la mims adirección. Incluso el salón entero se había quedado en silencio. Anna se volvió intrigada para ver qué era lo que había captado su atención. Casi se cayó de la silla cuando lo vio.
Era Allan. Estaba en la puerta y parecía terriblemente incómodo ante las miradas de todos. Miraba indeciso en todas las direcciones hasta que la vio.
Pareció aliviado cuando atravesó todo el salón y llegó hasta ella. Para entonces, Anna aun no se había recuperado de la impresión. Ya sabía que era ella la que había propuesto todo aquello, pero en el fondo, nunca había creído que fuera a hacerlo de verdad. De repente, estaba horrorizada porque hubiera cumplido su palabra.
-        ¿Puedo sentarme?-Allan señaló la silla que Anna tenía vacía a su lado.
Anna tragó saliva, consciente de que ahora todo el mundo la miraba también a ella.
-        Sí, claro.-se aclaró la garganta y miró a otro lado.
Vio que Corine estaba mirándola con una expresión extraña en el rostro. Incómoda, Anna cogió la copa más cercana y bebió con ansia. A su alrededor, los murmullos de renovaron y Anna no tuvo ninguna duda de que ellos eran el tema de conversación.
Por desgracia, en su mesa a todos parecían haberse comido la lengua.
Allan no estaba más cómodo que ella.
-        ¿Alguien sabe qué cenaremos esta noche?-preguntó Allan en un intento de iniciar una conversación.- ¿Corine?
-        Oh, pues…creo que perdiz asada.-respondió Corine tras unos segundos.
Allan asintió y miró su plato en silencio. Nadie dijo nada más. Parecía que el hecho de que Allan bajara a cenar con ellos fuera un hecho extraordinario. Algo a lo que no estaban acostumbrados. Anna sintió curiosidad por saber cuánto tiempo hacía que Allan no se presentaba allí. ¿Años? ¿Décadas?
Por suerte, trajeron la cena y el ambiente se relajó un poco. Anna agradeció cuando Corine comenzó a contar anécdotas de su vida pasada. Poco a poco, Bernard se sumó y todos se reían de las historias que contaban. Todos excepto Allan, que parecía como un pez fuera del agua.  Anna no podía imaginar un tipo más serio ni en sueños.
-        Y de repente-contunuó Bernard- Me desperté tumbado en una carreta y con destino a un pueblo del que ¡no conocía ni el nombre! Casi me pego un tiro, aunque…suerte que de alguna forma, vine a parar aquí.-dicho esto miró a Corine que se sonrojó mientras bebía vino.
-        Vuestra historia es preciosa-dijo Katsumono- Me encantaría volver a oírla.
-        ¿Otra vez? Vamos chicas, esto es pasarse. No quiero aburriros.-dijo Corine.
-        ¡Anna no la ha oído!-insistió Carla que estaba al otro lado de la mesa.- Y Fred tampoco, claro-añadió avergonzada de habérselo olvidado.
-        Podríamos hacer una ronda. Cada uno que cuente su historia de amor.-propuso Gretel emocionada.
Todos apoyaron esa opción por unanimidad. Corine accedió a regañadientes y Bernard  fue el primero en lanzarse ilusionado.
-        Todas sabéis ya que yo era un actor fracasado.-comenzó.
-        ¿Eras actor?-soltó Anna y recordó la seguridad de Bernard en el escenario.
-        Ajá, pero no me contrataba nadie. Alguna vez logré algún papel pequeño, pero nadie me tomaba en serio. Nadie creía en mí. Asi que un día me emborraché y terminé aquí.
-        ¿Fue lo de la carreta?-añadió Meikel.
-        ¿Queréis dejar de interrumpir?-dijo Bernard con impaciencia- El caso es que un día me harté tanto que decidí venir a esta mansión, sin importarme si moría o no. Había oído historias horribles de este lugar, pero yo lo hice de todos modos. Llegué a la casa y en vez de entrar en ella, decidí darle un rodeo.- Bernard comenzó a sonreír con picardía.- Cuando llegué a la parte trasera, llegué a una pequeña playa que no esperaba encontrar. Y entonces de detrás de una roca, vi una pierna desnuda, perfecta y blanca…
-        Y me encontraste desnuda-terminó Corine divertida- Te dejé impresionado, admítelo.
Surgieron risillas divertidas al pensar aquella situación. Bernard las ignoró, sonrió y apretó la mano de Corine con cariño.
-        Supe que había encontrado lo que había estado buscando toda mi vida. Eras lo más bello que había visto nunca y por eso, me quedé. -terminó con intensidad.
Corine se ruborizó y miró con dulzura a Bernard. Todos en la mesa estaban conmovidos y aplaudieron cuando Bernard la besó inesperadamente. Corine soltó un gritito de sorpresa, pero luego le abrazó. Cuando acabaron, Katsumono cogió el relevo y contó como se había enamorado de uno de los últimos samurais que había habido en su tierra natal. Por desgracia, aquel samurái murió en una batalla y ella había decidido poner fin a su vida en cuanto se enteró.
Anna se quedó asombrada de aquella historia y se preguntó como alguien podía sentir un amor tan intenso como para desear morir al perder a la persona querida. Le fascinó aquella idea.
Carla fue la siguiente.
-        Mi historia no es tan bonita-dijo se disculpó Carla- Yo me enamoré del cartero que venía todos los días a mi casa. Era muy joven y tenía muchas pecas en la cara. Un día le dejé una carta, pero morí al día siguiente. Eso es todo-terminó nerviosa.
Todo el mundo alabó su historia con fervor y luego centraron sus miradas en Allan. Anna también lo hizo y se dio cuenta de que Allan estaba más nervioso de lo habitual. Se pasaba la mano por el cabello con bastante frecuencia, como si buscara las palabras.
Anna se compadeció al verle en aquel apuro. Quizás contar su historia era muy desagradable para él y no quería hacerlo. Anna decidió ayudarle.
-        Estoy cansada de oír tantas historias. ¿Por qué no hacemos una ronda de chistes?-propuso.
-        ¡Yo me sé uno muy bueno!-saltó Gretel del asiento sin contenerse.
Todo el mundo desvió su atención hacia ella y Anna sonrió satisfecha aunque sabía que aquello no conseguiría cambiar la opinión de Allan. Pero daba igual. Lo había logrado y había sido chupado.
No esperaba que al girar la cabeza, se encontrara con la mirada agradecida de Allan.


Próximo capítulo
Capítulo 14: Miedo

No te pierdas el capítulo anterior  Capítulo 12 aquí



 Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!


¡ Nos vemos en el próximo post!

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