Capítulo 13
Cena inusual
-
¿De verdad piensas ir con ese
vestido?-dijo Adele con una mueca.
Anna se detuvo
y se miró en un espejo. ¿Por qué Adele tenía tanto en contra de aquel vestido?
Era azul, sencillo y bonito.
-
Es el único que tengo-le
explicó encogiéndose de hombros.
-
Eso es una excusa barata. Yo
tengo miles de vestidos. Podría dejarte uno si me lo pidieras.- respondió
Adele.
Anna observó
su vestido anticuado y decidió que no haría eso ni muerta. Ella también tenía
su orgullo.
-
Y además, se ve que es de
confección barata. ¿Quién te lo hizo? ¿La panadera?- Adele contuvo una risita,
al parecer su chiste le parecía muy gracioso.
Anna se detuvo
y bajó la vista hacia el vestido. Miles de recuerdos dolorosos invadieron su
mente.
-
Me lo hizo mi madre-dijo Anna
con voz de queda.
Adele paró de
reír al ver la tristeza que invadía el rostro de Anna.
-
Yo…bueno…tampoco está tan
mal. Quiero decir…-farfulló Adele. Anna la miró con dureza.
-
Sé perfectamente lo que
querías decir. Y ahora, ¿podemos ir a cenar?-replicó de mal humor.
Anna comenzó a
andar a grandes zancadas aunque no tenía ni idea de donde estaba el comedor y
no paró hasta que se topó de bruces con alguien. Anna farfulló una disculpa
dispuesta a seguir su camino cuando le oyó.
-
¡Anna!
Anna alzó la
vista y se sintió decepcionada. Era Fred.
-
Hola Fred.-lo saludó con voz
inerte.
-
Anna, ¿dónde te habías
metido? No te he visto en todo el día.- dijo Fred.
-
Quizás me he caído de un
acantilado, ¿no te parece?-le soltó mordaz.
Fred la miró
dolido.
-
Nunca vas a perdonármelo,
¿verdad?
-
No.
Anna iba a
seguir su camino, pero Fred le cogió la mano.
-
Sólo quiero explicarte que…
-
¡Por fin apareces
chica!-llegó Bernard interrumpiendo a Fred, que soltó la mano de Anna.
Anna saludó a
Bernard y miró a Fred, pero este parecía que no iba a decir nada más.
-
Tengo un hambre tremendo- continuó
Bernard- Vamos, chicos. Debemos ser los últimos. Por suerte, Corine siempre me
guarda el asiento.
Bernard los
condujo rápidamente por las galerías y los llevó hasta el comedor. Anna se dio
cuenta de que en la casa debía haber varios comedores, porque ese lugar era
distinto al del desayuno.
Las mesas eran
redondas también, pero más grandes y lucían manteles en color crudo con adornos
de cenefas marrones y flores blancas. La cristalería era diferente y cuando
Anna pudo ver una de las mesas más de cerca, vio cuatro copas delante de ella.
Y no tenía ni idea de para qué servían.
Bernard les
llevó directamente hacia una mesa en el centro. Anna enseguida reconoció a
Corine. Llevaba un vestido negro ajustado y una pluma negra en el pelo de
adorno que la hacía inconfundible. Corine también les vio y les sonrió.
-
Creí que no ibáis a venir
nunca. Anna, cielo, ¿dónde has estado todo el rato? Habíamos comenzado a
preocuparnos.-le preguntó.
Anna se sentó
en un asiento cerca de ella y se olvidó de las palabras hirientes de Adele.
-
Por ahí, pero estoy muy bien.
De verdad- se apresuró a aclarar.
Fred iba a
sentarse al lado de Anna, pero ella le detuvo.
-
Está ocupado, Fred.-le
informó.
Fred asintió
cabizbajo y se sentó en un asiento libre al lado de Bernard. Por un momento
Anna se alegró de que tuviera una excusa para no estar a su lado. No podía
perdonar a Fred y nunca lo haría. La había abandonado, y ella jamás olvidaba.
Jamás.
Entonces
recordó la razón por la que lo había hecho. Buscó a Allan con la mirada y se
alegró al ver que no había bajado. Por un lado, se alegraba de ver que tenía
razón. Era un amargado.
-
Es una pena Anna- comenzó a
hablarla Corine- Estaba deseando enseñarte mi sala de ejercicios.
-
¿Sala de ejercicios?
Corine le
guiño un ojo con complicidad.
-
Está en uno de los bajos de
la casa. Es un lugar enorme y eso me da oportunidad para practicar mis
acrobacias. Este cuerpo necesita movimiento, ¿sabes?- dijo con una sonrisa.
Anna pensó
durante un momento.
-
Tú eres acróbata, ¿verdad?
-
Trabajé en un circo toda mi
vida-le confesó Corine con ojos brillantes.- Hasta que el Salto de la Estrella
me salió mal y tuve el “accidente”.
-
Debía ser algo precioso.
-
Lo era-afirmó Bernard al
oírlos- Pero Corine no necesita hacer esa acrobacia. Es una estrella, no
importa lo que haga.
Los ojos de
Corine brillaron halagados ante la dulce sonrisa de Bernard.
-
¿Sabes Anna? – añadió
Bernard- Corine no era alguien cualquiera. Era la acróbata principal del circo.
Todo el mundo iba a verla. Se hizo famosa.
-
Oh, por favor Bernard. Eso es
agua pasada.-trató de detenerle Corine, aunque se notaba que le encantaba que
hablara de eso.
Anna localizó
a Adele flotando cerca de ellos y frunció el ceño. Se volvió hacia Corine para
darla la espalda.
-
¿Cómo era el Salto de la
Estrella?-preguntó Anna con curiosidad.
-
Era el más complejo de todos.
No está bien que yo lo diga pero…sólo dos acróbatas en todo el mundo se habían
atrevido a realizarlo. Entre ellos, yo por supuesto, aunque morí en el
intento.-narró alegre- Se basa en que tienes que lograr el mayor impulso en la
tercera vuelta y luego en el aire…
Corine se
detuvo y miró boquiabierta a algo que estaba a
la espalda de Anna. No era la única. Todos miraban sorprendidos en la
mims adirección. Incluso el salón entero se había quedado en silencio. Anna se
volvió intrigada para ver qué era lo que había captado su atención. Casi se
cayó de la silla cuando lo vio.
Era Allan.
Estaba en la puerta y parecía terriblemente incómodo ante las miradas de todos.
Miraba indeciso en todas las direcciones hasta que la vio.
Pareció
aliviado cuando atravesó todo el salón y llegó hasta ella. Para entonces, Anna
aun no se había recuperado de la impresión. Ya sabía que era ella la que había
propuesto todo aquello, pero en el fondo, nunca había creído que fuera a
hacerlo de verdad. De repente, estaba horrorizada porque hubiera cumplido su
palabra.
-
¿Puedo sentarme?-Allan señaló
la silla que Anna tenía vacía a su lado.
Anna tragó
saliva, consciente de que ahora todo el mundo la miraba también a ella.
-
Sí, claro.-se aclaró la
garganta y miró a otro lado.
Vio que Corine
estaba mirándola con una expresión extraña en el rostro. Incómoda, Anna cogió
la copa más cercana y bebió con ansia. A su alrededor, los murmullos de
renovaron y Anna no tuvo ninguna duda de que ellos eran el tema de
conversación.
Por desgracia,
en su mesa a todos parecían haberse comido la lengua.
Allan no
estaba más cómodo que ella.
-
¿Alguien sabe qué cenaremos
esta noche?-preguntó Allan en un intento de iniciar una conversación.- ¿Corine?
-
Oh, pues…creo que perdiz
asada.-respondió Corine tras unos segundos.
Allan asintió
y miró su plato en silencio. Nadie dijo nada más. Parecía que el hecho de que Allan
bajara a cenar con ellos fuera un hecho extraordinario. Algo a lo que no
estaban acostumbrados. Anna sintió curiosidad por saber cuánto tiempo hacía que
Allan no se presentaba allí. ¿Años? ¿Décadas?
Por suerte,
trajeron la cena y el ambiente se relajó un poco. Anna agradeció cuando Corine
comenzó a contar anécdotas de su vida pasada. Poco a poco, Bernard se sumó y
todos se reían de las historias que contaban. Todos excepto Allan, que parecía
como un pez fuera del agua. Anna no
podía imaginar un tipo más serio ni en sueños.
-
Y de repente-contunuó
Bernard- Me desperté tumbado en una carreta y con destino a un pueblo del que
¡no conocía ni el nombre! Casi me pego un tiro, aunque…suerte que de alguna
forma, vine a parar aquí.-dicho esto miró a Corine que se sonrojó mientras
bebía vino.
-
Vuestra historia es
preciosa-dijo Katsumono- Me encantaría volver a oírla.
-
¿Otra vez? Vamos chicas, esto
es pasarse. No quiero aburriros.-dijo Corine.
-
¡Anna no la ha oído!-insistió
Carla que estaba al otro lado de la mesa.- Y Fred tampoco, claro-añadió
avergonzada de habérselo olvidado.
-
Podríamos hacer una ronda.
Cada uno que cuente su historia de amor.-propuso Gretel emocionada.
Todos apoyaron
esa opción por unanimidad. Corine accedió a regañadientes y Bernard fue el primero en lanzarse ilusionado.
-
Todas sabéis ya que yo era un
actor fracasado.-comenzó.
-
¿Eras actor?-soltó Anna y
recordó la seguridad de Bernard en el escenario.
-
Ajá, pero no me contrataba
nadie. Alguna vez logré algún papel pequeño, pero nadie me tomaba en serio.
Nadie creía en mí. Asi que un día me emborraché y terminé aquí.
-
¿Fue lo de la carreta?-añadió
Meikel.
-
¿Queréis dejar de
interrumpir?-dijo Bernard con impaciencia- El caso es que un día me harté tanto
que decidí venir a esta mansión, sin importarme si moría o no. Había oído
historias horribles de este lugar, pero yo lo hice de todos modos. Llegué a la
casa y en vez de entrar en ella, decidí darle un rodeo.- Bernard comenzó a
sonreír con picardía.- Cuando llegué a la parte trasera, llegué a una pequeña playa
que no esperaba encontrar. Y entonces de detrás de una roca, vi una pierna
desnuda, perfecta y blanca…
-
Y me encontraste
desnuda-terminó Corine divertida- Te dejé impresionado, admítelo.
Surgieron
risillas divertidas al pensar aquella situación. Bernard las ignoró, sonrió y
apretó la mano de Corine con cariño.
-
Supe que había encontrado lo
que había estado buscando toda mi vida. Eras lo más bello que había visto nunca
y por eso, me quedé. -terminó con intensidad.
Corine se
ruborizó y miró con dulzura a Bernard. Todos en la mesa estaban conmovidos y
aplaudieron cuando Bernard la besó inesperadamente. Corine soltó un gritito de
sorpresa, pero luego le abrazó. Cuando acabaron, Katsumono cogió el relevo y
contó como se había enamorado de uno de los últimos samurais que había habido
en su tierra natal. Por desgracia, aquel samurái murió en una batalla y ella
había decidido poner fin a su vida en cuanto se enteró.
Anna se quedó
asombrada de aquella historia y se preguntó como alguien podía sentir un amor
tan intenso como para desear morir al perder a la persona querida. Le fascinó
aquella idea.
Carla fue la
siguiente.
-
Mi historia no es tan
bonita-dijo se disculpó Carla- Yo me enamoré del cartero que venía todos los
días a mi casa. Era muy joven y tenía muchas pecas en la cara. Un día le dejé
una carta, pero morí al día siguiente. Eso es todo-terminó nerviosa.
Todo el mundo
alabó su historia con fervor y luego centraron sus miradas en Allan. Anna
también lo hizo y se dio cuenta de que Allan estaba más nervioso de lo
habitual. Se pasaba la mano por el cabello con bastante frecuencia, como si
buscara las palabras.
Anna se
compadeció al verle en aquel apuro. Quizás contar su historia era muy
desagradable para él y no quería hacerlo. Anna decidió ayudarle.
-
Estoy cansada de oír tantas
historias. ¿Por qué no hacemos una ronda de chistes?-propuso.
-
¡Yo me sé uno muy
bueno!-saltó Gretel del asiento sin contenerse.
Todo el mundo
desvió su atención hacia ella y Anna sonrió satisfecha aunque sabía que aquello
no conseguiría cambiar la opinión de Allan. Pero daba igual. Lo había logrado y
había sido chupado.
No esperaba
que al girar la cabeza, se encontrara con la mirada agradecida de Allan.
Próximo capítulo
Capítulo 14: Miedo
No te pierdas el capítulo anterior Capítulo 12 aquí
Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
¡ Nos vemos en el próximo post!


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