lunes, 25 de enero de 2016

La caja de música de Lorraine Capítulo 6 La mansión de Winterby




Capítulo 6
La mansión de Winterby


La mansión de Winterby era aún más impresionante de lo que Anna había imaginado. Se erigía en medio del mar, misteriosa y desafiante. Sus torreones se elevaban dirigiéndose al cielo, y eran más altos de lo que parecía desde el pueblo. Lucía en sus paredes la muestra de un gran esplendor ya pasado, perdido en el tiempo y en la memoria de los que vivieron allí.

Anna estaba absorta contemplándola, preguntándose cómo había podido permanecer allí tanto tiempo, a merced de las inclemencias del tiempo. Las fachadas de la casa estaban ennegrecidas por el paso del tiempo y presentaban numerosas humedades, sin duda alguna, producto del mar y de la sal.
Aún así, Anna admiraba la arquitectura de la casa, las enormes columnas de estilo neoclásico que daban la bienvenida al visitante y el granito ennegrecido que en otro tiempo debió haber brillado en todo su esplendor.
La mansión parecía abandonada, tal y como le habían contado. Anna sonrió. Lo había conseguido. Había llegado hasta allí.
Dio un paso y subió por la tarima que llevaba hasta la puerta principal. Los escalones de madera crujieron al soportar su peso, pero permanecieron intactos. Anna se acercó a la puerta y se sorprendió de que no estuviera más afectada por el paso del tiempo. Podía ver perfectamente el exquisito tallado del llamador, que se conservaba en perfectas condiciones. Parecía como si alguien se dedicara a abrillantarlo cada día a conciencia. Pero eso era imposible, claro.
Todo aquello contribuía a aumentar la excitación de Anna, que ansiosa, se lanzó a abrir la puerta.
Contuvo un grito de admiración.
Era sencillamente, demasiado para la vista. Si la fachada era hermosa, sólo anunciaba la majestuosidad de su interior.
Anna no sabía dónde dirigir la vista. La puerta de entrada daba un pequeño  y fastuoso salón que le recordó a una de las casitas de muñecas  que veía en el escaparate de una tienda cercana a su casa.
Había una enorme araña de cristal colgando de un techo de madera lacrada. Su sombra caía sobre los sillones tapizados con exquisitas telas burdeos que rodeaban una mesita de madera finamente tallada. Inmensos cuadros con personajes ilustres vestidos con pomposos vestidos y pelucas daban un aspecto majestuoso a la sala. El suelo estaba tapizado por una deslumbrante alfombra de un intrincado bordado.
Anna sintió como si hubiera viajado en el tiempo. Tenía la sensación de estar en pleno siglo XVIII.
Y eso era precisamente lo que no le cuadraba y que la desconcertaba.
Todo estaba demasiado…limpio. Por lo menos si se tenía en cuenta que la casa había estado abandonada desde por lo menos tres siglos. Anna había esperado encontrar ruinas, muebles rotos y viejos, llenos de polvo…
-          ¿Nos…vamos ya?-oyó la voz temblorosa de Fred a su espalda.
Anna se volvió. Se había olvidado por completo de él. Se dio cuenta de que Fred no estaba muy cómodo allí. No compartía en absoluto su admiración y ardía visiblemente en deseos de volver.
-          No, aún no. –contestó Anna- Tenemos tiempo hasta que suba la marea. Quiero echar un vistazo antes.
Fred iba a protestar pero Anna siguió adelante sin hacerle caso. Estaba fascinada por aquel misterio que se extendía ante ella. La emoción del descubrimiento hacía palpitar su corazón con fuerza. De pronto oyó un ruido no lejos de allí.
Anna se quedó quieta, expectante  y el ruido se repitió. Anna dudó, pero finalmente, atravesó la estancia y dobló una esquina. Anna contuvo un grito de sorpresa, pero  un gemido se le escapó. Fred corrió a su lado al oírlo, pero cuando se detuvo a su lado, se quedó igual de perplejo.
Había un hombre delante de ellos.
El hombre aparentaba rozar los cincuenta. Tenía el pelo poblado y castaño. Tenía un bigote castaño bajo la nariz y unas manos fuertes que cogían el periódico con decisión. Toda su postura denotaba una personalidad de fuerte carácter. Debió haber oído el  ruido de Anna, porque bajó el periódico y la miró. El hombre no demostró impresión alguna. Simplemente exhaló por última vez su pipa antes de quitársela de la boca.
-          Vaya, otros nuevitos. –dijo con evidente sarcasmo- Aunque la verdad es que parecéis bastante actuales. ¿Os habéis muerto hace poco?
Anna trataba de encontrar alguna explicación lógica sobre la presencia de aquel hombre en la casa. ¿No se suponía que la mansión estaba abandonada y deshabitada desde hacía siglos? ¿Qué hacía allí?
Quizás había sido como ellos, simplemente había ido por curiosidad. Pero entonces, ¿por qué estaba tan tranquilo fumando una pipa y leyendo el periódico, como si fuera algo que hiciera todos los días? No tenía sentido.
-          ¿Muerto?-repitió Anna vagamente.
-          Y encima ni os habéis enterado-dijo el hombre claramente divertido.- Esta es buena. A ver, venga, no podríais haber llegado en peor momento. El jefe no está en su mejor día, pero tendremos que seguir el protocolo.
Anna no tenía ni idea de lo que estaba hablando. El hombre se levantó con aire resignado y les dedicó una mirada calculadora. Anna se preguntó si no estaría loco.
-          Bueno, primero será mejor que me presente. Me llamo Bernard, ¿vosotros?-dijo mientras sacaba un cuadernillo y un bolígrafo.
Anna y Fred se miraron indecisos. Bernard chasqueó la lengua. Anna lo miró con mayor interés. Sentía que aquel nombre le sonaba de algo, pero, ¿de qué?
-          Nos os voy a comer, ¿vale? Por Dios, si que os deja atontaos ese proceso de la corporación. –cogió aire y les miró con infinita paciencia- Sólo necesito registrar vuestros nombres. ¿Habéis estado en un hotel alguna vez?
-          ¡Yo una!-soltó Fred con entusiasmo, aunque al momento puso una mueca como si hubiera metido la pata.
-          ¡Fenómeno! Pues esto es más o menos lo mismo. Como a partir de ahora vais a vivir aquí, necesito vuestros nombres para poneros en el registro. Es como…una casa de huéspedes. Eso es.
-          Pero no hemos venido para vivir aquí.-dijo Anna rápidamente- Venimos de..visita, ¿sabe?
Bernard los miró de hito en hito y luego los habló con vehemencia.
-          Visita…si, si. Pobrecillos. Recapitulemos, ¿vale? Estáis muertos, no sé cómo habéis venido a parar aquí y habéis recuperado vuestro cuerpo. Estáis confundidos y asustados, lo sé, es el proceso norm…
-          ¡Yo no estoy asustada!-replicó Anna ofendida- Y tampoco estoy muerta.
-          Y ya tenemos que irnos… ¿a que si Anna?-dijo Fred de repente al ver la cara de susto de Bernard.
-          ¿Que no estáis muertos?- repitió Bernard con incredulidad.
Anna iba a apresurarse a enfatizar su clara condición de viva cuando Bernard se plantó de un salto frente a ella. Anna temió que Bernard fuera un loco de verdad y se arrepintió de no haber echado a correr en vez de escucharle. Antes de que pudiera moverse, él la cogió la muñeca con fuerza. Sus ojos se abrieron de sorpresa. Anna contuvo el aliento cuando él la miró.
-          Estáis…vivos…-una sonrisa de perplejidad se dibujó en la cara- ¡Estáis vivos! Oh, ¡dadme un abrazo!
-          ¿Qué?-exclamó Anna.
Antes de que pudieran alejarse, Bernard ya les había atrapado con sus brazos y los sostenía unos centímetros sobre el suelo. Anna sintió que se ahogabay abrió la boca buscando aire. Fred no parecía tener mejor cara que ella.
Cuando los dejó en el suelo, estaba demasiado aturdida. Bernard en cambio, estaba pletórico.
-          Por fin alguien con sangre en las venas. ¡Oh qué gusto! Venga, decidme, ¿qué está pasando fuera? ¿Se ha muerto alguien importante?
Anna no respondió. No quería reconocer que aquel hombre la había apabullado, pero lo había hecho. Bernard pareció darse cuenta del problema, porque enseguida adoptó una actitud menos entusiasta.
-          Está bien. Me he pasado. Pero no me miréis así. Hacía mucho tiempo que no veía a alguien como yo. Vivo quiero decir.- cogió aire mientras trataba de ordenar sus pensamientos.
-          ¿Vivo?-repuso Fred con voz temblorosa.
Anna también se había dado cuenta de lo raro que sonaba aquello. Bernard suspiró.
-          Será mejor que os sentéis un poco. Lo que voy a contaros puede resultar un poco…impactante.
Fred negó rápidamente con la cabeza. Anna en cambio, ahora que el susto había pasado, sintió una enorme curiosidad. Resolvió sentarse y escuchar a aquel extraño. Puede que estuviera loco, claro, pero si quisiera haberles hecho daño, ya había tenido su oportunidad. Y no lo había hecho.
Escogió un silloncito muy confortable que le recordó de inmediato a uno que tenía su abuela.
Fred tardó un poco más en decidirse, pero finalmente, siguió a Anna y se sentó en otro sillón a su lado. Bernard los miró satisfecho, ocupó su lugar y comenzó a relatar.

* * *

-          ¿Una casa de fantasmas?-repitió Anna fascinada.
Bernard asintió.
-          A mí me costó bastante aceptarlo. Llegué aquí con veinte años y no creía en cuentos de cuna ni historias de fantasmas. Pensé que estaba loco, pero…de alguna forma encontré el lugar donde quedarme.
-          Yo no me lo creo-refunfuñó Fred- ¿Dónde están los fantasmas entonces?
-          Es la hora de la siesta.-le explicó Bernard entornando los ojos- Pero eso es mejor para nosotros. Les cuesta aceptar a los vivos. Temen que divulguemos su secreto.
-          ¿Qué secreto? –Anna intervino con ansiedad.
Bernard parecía contento por sus preguntas y le sonrió.
-          Pues la existencia de este lugar, Anna. No existe en todo el mundo un sitio igual. Cuando mueres, en teoría tu alma va al paraíso. Pero algunas veces, ese alma tiene un asunto atado en la tierra y no puede marchar. Sin cuerpo y sin hogar, se ven obligados a vagar por el mundo durante siglos, quizás milenios…No concibo nada peor.-resolvió Bernard serio.- Están perdidos, desesperados…y de repente encuentran este lugar. Recuperan su cuerpo, entran a formar parte de la comunidad y hallan un hogar para el resto de su eternidad. No es cualquier cosa, ¿no crees?-terminó Bernard.- Esta casa es un refugio. Lo llamamos así.
-          Suena como si usted lo hubiera vivido.-dijo Anna de repente.
-          Bueno, yo me sentía perdido antes descubrir esto, por supuesto. Pero no necesité morir para llegar aquí. Aunque de alguna forma, esta casa debe de tener algún hechizo para atraer a todo aquel que está abandonado o perdido, porque funcionó incluso conmigo.
Anna pensó detenidamente en sus palabras. ¿Habían sido esos sentimientos de abandono los que la habían empujado a llegar allí? Sin darse cuenta, apretó el diario bajo sus ropas contra su pecho.
-          Tú eres Ben, ¿a que si?
Bernard hizo una mueca al oír ese nombre.
-          Por Dios, no me digas que se siguen acordando de mí.
Anna asintió.
-          El señor Tylor me habló de ti.
-          Mathías tenía que ser.-murmuró a disgusto- Él fue el que me puso el nombre de Ben, únicamente porque un día de equivocó y escribió Benand en vez de Bernard. Y me quedé con el nombrecito.
Anna rió y miró a Fred, que no parecía compartir en absoluto su ánimo. Anna puso los ojos en blanco sin hacerle caso y se inclinó hacia Bernard.
-          ¿Cuánto tiempo llevas aquí?-le preguntó.
-          Pues unos sesenta años, pero me conservo genial, ¿cuántos me echas?
-          Yo cuarenta-intervino Fred de repente.
A Bernard se le iluminó la mirada.
-          ¡A eso me refiero con que este sitio es fantástico!-exclamó- Pues para vuestra información, tengo ochenta.
-          Pero, eso no puede ser-meditó Anna.
Un brillo cruzó los ojos de Bernard.
-          Aquí cualquier cosa es posible Anna. Es esta casa. Es su poder. No me preguntes porqué, pero el límite entre lo normal y lo extraordinario, está aquí. Y siempre puedes cruzarlo.
El corazón de Anna palpitó fuertemente. Ella siempre se había sentido hastiada en el mundo que le rodeaba. Londres, sus padres, la escuela, tener que trabajar algún día…Una rueda rutinaria de la que siempre había querido escapar.
Y ahora podía hacerlo. Podía ser como Bernard. Huir del mundo y encontrar un hogar allí. La guerra le había arrebatado todo y estaba sola. No volvería a ver a sus padres.
No había nada por lo que volver atrás.
Un hogar… ¿Acaso no era lo que ella deseaba en lo más hondo?
Aquella era la razón de sus sueños y la misteriosa voz que la había guiado hasta allí. Le habían dado la respuesta para encontrar su destino. Su verdadero  sino, lejos del mundo horrible y aburrido que se moría en medio de la guerra.
Sintió una enorme emoción al sentirse ya como si aquello fuera el hogar, el lugar que llevaba buscando toda su vida desde que su madre les abandonara.
Y además se moría de ganas de ver fantasmas.
-          ¿Podemos quedarnos?-preguntó de sopetón.
-          ¿QUÉ?-Fred saltó del asiento aterrorizado.
-          ¡Por supuesto!- Bernard estaba encantado.
Fred en cambio, había palidecido.
-          ¡No! Anna, debemos volver. Mi madre…
-          Tú puedes volver si quieres, Fred.- Anna se volvió hacia él con una mueca- No te pedí que me acompañases. Ni una sola vez. Lo has hecho porque te ha dado la gana. Así que vete.
Fred se mordió el labio. Estaba claro que quería marcharse, pero algo lo retenía allí. Anna no comprendía el qué. A veces, el modo en que actuaba Fred la confundía, pero esa vez no iba a dejar que lo hiciera.
Bernard pasaba la mirada de uno a otro.
-          Bueno…podéis quedaros un día a verlo.-comenzó en tono prudente- Luego quien se quiera quedar es cosa suya. ¿Qué me decís?
-          ¡Yo acepto!-Anna saltó de la emoción.
-          Y yo…-Fred lo dijo en un tono lúgubre.
Bernard dio una palmada con satisfacción.
-          Os comunico que habéis elegido un gran día.
-          ¿Por qué?-quiso saber Anna.
Bernard le guiñó un ojo con complicidad.

-          Porque esta noche hay actuación, y se me da de miedo cantar.

Próximo capítulo
Capítulo 7: El espectáculo

No te pierdas el capítulo anterior: Capítulo 5 aquí

 Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!

Un besazo







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