Capítulo 6
La mansión de Winterby
La mansión de
Winterby era aún más impresionante de lo que Anna había imaginado. Se erigía en
medio del mar, misteriosa y desafiante. Sus torreones se elevaban dirigiéndose
al cielo, y eran más altos de lo que parecía desde el pueblo. Lucía en sus
paredes la muestra de un gran esplendor ya pasado, perdido en el tiempo y en la
memoria de los que vivieron allí.
Anna estaba
absorta contemplándola, preguntándose cómo había podido permanecer allí tanto
tiempo, a merced de las inclemencias del tiempo. Las fachadas de la casa
estaban ennegrecidas por el paso del tiempo y presentaban numerosas humedades,
sin duda alguna, producto del mar y de la sal.
Aún así, Anna
admiraba la arquitectura de la casa, las enormes columnas de estilo neoclásico
que daban la bienvenida al visitante y el
granito ennegrecido que en otro tiempo debió haber brillado en todo su
esplendor.
La mansión parecía
abandonada, tal y como le habían contado. Anna sonrió. Lo había conseguido.
Había llegado hasta allí.
Dio un paso y
subió por la tarima que llevaba hasta la puerta principal. Los escalones de
madera crujieron al soportar su peso, pero permanecieron intactos. Anna se
acercó a la puerta y se sorprendió de que no estuviera más afectada por el paso
del tiempo. Podía ver perfectamente el exquisito tallado del llamador, que se
conservaba en perfectas condiciones. Parecía como si alguien se dedicara a
abrillantarlo cada día a conciencia. Pero eso era imposible, claro.
Todo aquello
contribuía a aumentar la excitación de Anna, que ansiosa, se lanzó a abrir la
puerta.
Contuvo un
grito de admiración.
Era
sencillamente, demasiado para la vista. Si la fachada era hermosa, sólo
anunciaba la majestuosidad de su interior.
Anna no sabía
dónde dirigir la vista. La puerta de entrada daba un pequeño y fastuoso salón que le recordó a una de las
casitas de muñecas que veía en el
escaparate de una tienda cercana a su casa.
Había una
enorme araña de cristal colgando de un techo de madera lacrada. Su sombra caía
sobre los sillones tapizados con exquisitas telas burdeos que rodeaban una
mesita de madera finamente tallada. Inmensos cuadros con personajes ilustres
vestidos con pomposos vestidos y pelucas daban un aspecto majestuoso a la sala.
El suelo estaba tapizado por una deslumbrante alfombra de un intrincado
bordado.
Anna sintió
como si hubiera viajado en el tiempo. Tenía la sensación de estar en pleno
siglo XVIII.
Y eso era
precisamente lo que no le cuadraba y que la desconcertaba.
Todo estaba
demasiado…limpio. Por lo menos si se tenía en cuenta que la casa había estado
abandonada desde por lo menos tres siglos. Anna había esperado encontrar
ruinas, muebles rotos y viejos, llenos de polvo…
-
¿Nos…vamos ya?-oyó la voz
temblorosa de Fred a su espalda.
Anna se
volvió. Se había olvidado por completo de él. Se dio cuenta de que Fred no
estaba muy cómodo allí. No compartía en absoluto su admiración y ardía
visiblemente en deseos de volver.
-
No, aún no. –contestó Anna-
Tenemos tiempo hasta que suba la marea. Quiero echar un vistazo antes.
Fred iba a
protestar pero Anna siguió adelante sin hacerle caso. Estaba fascinada por
aquel misterio que se extendía ante ella. La emoción del descubrimiento hacía
palpitar su corazón con fuerza. De pronto oyó un ruido no lejos de allí.
Anna se quedó
quieta, expectante y el ruido se
repitió. Anna dudó, pero finalmente, atravesó la estancia y dobló una esquina.
Anna contuvo un grito de sorpresa, pero
un gemido se le escapó. Fred corrió a su lado al oírlo, pero cuando se
detuvo a su lado, se quedó igual de perplejo.
Había un
hombre delante de ellos.
El hombre
aparentaba rozar los cincuenta. Tenía el pelo poblado y castaño. Tenía un
bigote castaño bajo la nariz y unas manos fuertes que cogían el periódico con
decisión. Toda su postura denotaba una personalidad de fuerte carácter. Debió
haber oído el ruido de Anna, porque bajó
el periódico y la miró. El hombre no demostró impresión alguna. Simplemente
exhaló por última vez su pipa antes de quitársela de la boca.
-
Vaya, otros nuevitos. –dijo
con evidente sarcasmo- Aunque la verdad es que parecéis bastante actuales. ¿Os
habéis muerto hace poco?
Anna trataba
de encontrar alguna explicación lógica sobre la presencia de aquel hombre en la
casa. ¿No se suponía que la mansión estaba abandonada y deshabitada desde hacía
siglos? ¿Qué hacía allí?
Quizás había
sido como ellos, simplemente había ido por curiosidad. Pero entonces, ¿por qué
estaba tan tranquilo fumando una pipa y leyendo el periódico, como si fuera
algo que hiciera todos los días? No tenía sentido.
-
¿Muerto?-repitió Anna
vagamente.
-
Y encima ni os habéis
enterado-dijo el hombre claramente divertido.- Esta es buena. A ver, venga, no
podríais haber llegado en peor momento. El jefe no está en su mejor día, pero
tendremos que seguir el protocolo.
Anna no tenía
ni idea de lo que estaba hablando. El hombre se levantó con aire resignado y
les dedicó una mirada calculadora. Anna se preguntó si no estaría loco.
-
Bueno, primero será mejor que
me presente. Me llamo Bernard, ¿vosotros?-dijo mientras sacaba un cuadernillo y
un bolígrafo.
Anna y Fred se
miraron indecisos. Bernard chasqueó la lengua. Anna lo miró con mayor interés.
Sentía que aquel nombre le sonaba de algo, pero, ¿de qué?
-
Nos os voy a comer, ¿vale?
Por Dios, si que os deja atontaos ese proceso de la corporación. –cogió aire y
les miró con infinita paciencia- Sólo necesito registrar vuestros nombres.
¿Habéis estado en un hotel alguna vez?
-
¡Yo una!-soltó Fred con
entusiasmo, aunque al momento puso una mueca como si hubiera metido la pata.
-
¡Fenómeno! Pues esto es más o
menos lo mismo. Como a partir de ahora vais a vivir aquí, necesito vuestros
nombres para poneros en el registro. Es como…una casa de huéspedes. Eso es.
-
Pero no hemos venido para
vivir aquí.-dijo Anna rápidamente- Venimos de..visita, ¿sabe?
Bernard los
miró de hito en hito y luego los habló con vehemencia.
-
Visita…si, si. Pobrecillos. Recapitulemos,
¿vale? Estáis muertos, no sé cómo habéis venido a parar aquí y habéis
recuperado vuestro cuerpo. Estáis confundidos y asustados, lo sé, es el proceso
norm…
-
¡Yo no estoy
asustada!-replicó Anna ofendida- Y tampoco estoy muerta.
-
Y ya tenemos que irnos… ¿a
que si Anna?-dijo Fred de repente al ver la cara de susto de Bernard.
-
¿Que no estáis muertos?-
repitió Bernard con incredulidad.
Anna iba a
apresurarse a enfatizar su clara condición de viva cuando Bernard se plantó de
un salto frente a ella. Anna temió que Bernard fuera un loco de verdad y se
arrepintió de no haber echado a correr en vez de escucharle. Antes de que
pudiera moverse, él la cogió la muñeca con fuerza. Sus ojos se abrieron de
sorpresa. Anna contuvo el aliento cuando él la miró.
-
Estáis…vivos…-una sonrisa de
perplejidad se dibujó en la cara- ¡Estáis vivos! Oh, ¡dadme un abrazo!
-
¿Qué?-exclamó Anna.
Antes de que
pudieran alejarse, Bernard ya les había atrapado con sus brazos y los sostenía
unos centímetros sobre el suelo. Anna sintió que se ahogabay abrió la boca
buscando aire. Fred no parecía tener mejor cara que ella.
Cuando los
dejó en el suelo, estaba demasiado aturdida. Bernard en cambio, estaba
pletórico.
-
Por fin alguien con sangre en
las venas. ¡Oh qué gusto! Venga, decidme, ¿qué está pasando fuera? ¿Se ha
muerto alguien importante?
Anna no
respondió. No quería reconocer que aquel hombre la había apabullado, pero lo
había hecho. Bernard pareció darse cuenta del problema, porque enseguida adoptó
una actitud menos entusiasta.
-
Está bien. Me he pasado. Pero
no me miréis así. Hacía mucho tiempo que no veía a alguien como yo. Vivo quiero
decir.- cogió aire mientras trataba de ordenar sus pensamientos.
-
¿Vivo?-repuso Fred con voz
temblorosa.
Anna también
se había dado cuenta de lo raro que sonaba aquello. Bernard suspiró.
-
Será mejor que os sentéis un
poco. Lo que voy a contaros puede resultar un poco…impactante.
Fred negó
rápidamente con la cabeza. Anna en cambio, ahora que el susto había pasado,
sintió una enorme curiosidad. Resolvió sentarse y escuchar a aquel extraño.
Puede que estuviera loco, claro, pero si quisiera haberles hecho daño, ya había
tenido su oportunidad. Y no lo había hecho.
Escogió un
silloncito muy confortable que le recordó de inmediato a uno que tenía su
abuela.
Fred tardó un
poco más en decidirse, pero finalmente, siguió a Anna y se sentó en otro sillón
a su lado. Bernard los miró satisfecho, ocupó su lugar y comenzó a relatar.
* * *
-
¿Una casa de
fantasmas?-repitió Anna fascinada.
Bernard
asintió.
-
A mí me costó bastante
aceptarlo. Llegué aquí con veinte años y no creía en cuentos de cuna ni
historias de fantasmas. Pensé que estaba loco, pero…de alguna forma encontré el
lugar donde quedarme.
-
Yo no me lo creo-refunfuñó
Fred- ¿Dónde están los fantasmas entonces?
-
Es la hora de la siesta.-le
explicó Bernard entornando los ojos- Pero eso es mejor para nosotros. Les
cuesta aceptar a los vivos. Temen que divulguemos su secreto.
-
¿Qué secreto? –Anna intervino
con ansiedad.
Bernard
parecía contento por sus preguntas y le sonrió.
-
Pues la existencia de este
lugar, Anna. No existe en todo el mundo un sitio igual. Cuando mueres, en
teoría tu alma va al paraíso. Pero algunas veces, ese alma tiene un asunto
atado en la tierra y no puede marchar. Sin cuerpo y sin hogar, se ven obligados
a vagar por el mundo durante siglos, quizás milenios…No concibo nada
peor.-resolvió Bernard serio.- Están perdidos, desesperados…y de repente
encuentran este lugar. Recuperan su cuerpo, entran a formar parte de la
comunidad y hallan un hogar para el resto de su eternidad. No es cualquier
cosa, ¿no crees?-terminó Bernard.- Esta casa es un refugio. Lo llamamos así.
-
Suena como si usted lo
hubiera vivido.-dijo Anna de repente.
-
Bueno, yo me sentía perdido
antes descubrir esto, por supuesto. Pero no necesité morir para llegar aquí.
Aunque de alguna forma, esta casa debe de tener algún hechizo para atraer a
todo aquel que está abandonado o perdido, porque funcionó incluso conmigo.
Anna pensó
detenidamente en sus palabras. ¿Habían sido esos sentimientos de abandono los
que la habían empujado a llegar allí? Sin darse cuenta, apretó el diario bajo
sus ropas contra su pecho.
-
Tú eres Ben, ¿a que si?
Bernard hizo
una mueca al oír ese nombre.
-
Por Dios, no me digas que se
siguen acordando de mí.
Anna asintió.
-
El señor Tylor me habló de
ti.
-
Mathías tenía que
ser.-murmuró a disgusto- Él fue el que me puso el nombre de Ben, únicamente
porque un día de equivocó y escribió Benand en vez de Bernard. Y me quedé con
el nombrecito.
Anna rió y
miró a Fred, que no parecía compartir en absoluto su ánimo. Anna puso los ojos
en blanco sin hacerle caso y se inclinó hacia Bernard.
-
¿Cuánto tiempo llevas
aquí?-le preguntó.
-
Pues unos sesenta años, pero
me conservo genial, ¿cuántos me echas?
-
Yo cuarenta-intervino Fred de
repente.
A Bernard se
le iluminó la mirada.
-
¡A eso me refiero con que
este sitio es fantástico!-exclamó- Pues para vuestra información, tengo
ochenta.
-
Pero, eso no puede ser-meditó
Anna.
Un brillo
cruzó los ojos de Bernard.
-
Aquí cualquier cosa es
posible Anna. Es esta casa. Es su poder. No me preguntes porqué, pero el límite
entre lo normal y lo extraordinario, está aquí. Y siempre puedes cruzarlo.
El corazón de
Anna palpitó fuertemente. Ella siempre se había sentido hastiada en el mundo
que le rodeaba. Londres, sus padres, la escuela, tener que trabajar algún
día…Una rueda rutinaria de la que siempre había querido escapar.
Y ahora podía
hacerlo. Podía ser como Bernard. Huir del mundo y encontrar un hogar allí. La
guerra le había arrebatado todo y estaba sola. No volvería a ver a sus padres.
No había nada
por lo que volver atrás.
Un hogar…
¿Acaso no era lo que ella deseaba en lo más hondo?
Aquella era la
razón de sus sueños y la misteriosa voz que la había guiado hasta allí. Le
habían dado la respuesta para encontrar su destino. Su verdadero sino, lejos del mundo horrible y aburrido que
se moría en medio de la guerra.
Sintió una
enorme emoción al sentirse ya como si aquello fuera el hogar, el lugar que
llevaba buscando toda su vida desde que su madre les abandonara.
Y además se moría
de ganas de ver fantasmas.
-
¿Podemos quedarnos?-preguntó
de sopetón.
-
¿QUÉ?-Fred saltó del asiento
aterrorizado.
-
¡Por supuesto!- Bernard
estaba encantado.
Fred en
cambio, había palidecido.
-
¡No! Anna, debemos volver. Mi
madre…
-
Tú puedes volver si quieres,
Fred.- Anna se volvió hacia él con una mueca- No te pedí que me acompañases. Ni
una sola vez. Lo has hecho porque te ha dado la gana. Así que vete.
Fred se mordió
el labio. Estaba claro que quería marcharse, pero algo lo retenía allí. Anna no
comprendía el qué. A veces, el modo en que actuaba Fred la confundía, pero esa
vez no iba a dejar que lo hiciera.
Bernard pasaba
la mirada de uno a otro.
-
Bueno…podéis quedaros un día
a verlo.-comenzó en tono prudente- Luego quien se quiera quedar es cosa suya.
¿Qué me decís?
-
¡Yo acepto!-Anna saltó de la
emoción.
-
Y yo…-Fred lo dijo en un tono
lúgubre.
Bernard dio
una palmada con satisfacción.
-
Os comunico que habéis
elegido un gran día.
-
¿Por qué?-quiso saber Anna.
Bernard le
guiñó un ojo con complicidad.
-
Porque esta noche hay
actuación, y se me da de miedo cantar.
Próximo capítulo
Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Un besazo



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