Capítulo 9
El dueño de la casa
Cuando Bernard
entró en la cámara del jefe acompañado de Fred, vio que no estaban solos. Al
lado de la hoguera, había dos sillones. En uno de ellos estaba sentada Anna.
Tenía la espalda recta y estaba rígida. Pareció aliviada al verlos.
El otro estaba
de espaldas a ellos, pero Bernard no necesitó saber quién estaba sentado en él.
-
Bernard, me alegro de que por
fin hayas venido. Acercarte, por favor- dijo la voz.
Fred tragó
saliva y miró a Bernard con temor mientras le obedecían. Finalmente del asiento
se levantó el jefe de la casa y pudo ver su rostro. Se quedó de piedra cuando
descubrió a un joven que le sacaba dos cabezas.
La expresión
del joven era severa e intimidaba un poco. Mantenia los brazos a su espalda,
como si fuera un gran señor del pasado. Fred vio la mirada que Anna le dirigía,
aunque no distinguió en ella el mismo miedo que sentía él.
-
Esta noche había dos
invitados más en mi casa y no acabo de entender porque me he enterado de todo
esto por casualidad.-terminó el joven mirando fijamente a Bernard.
-
No es culpa de los chicos,
jefe.-respondió Bernard tranquilamente.- Encontraron la casa como yo lo hice
años atrás, y no podía echarles sin más.
-
E invitarles sin mi permiso
es más adecuado, ¿no?-inquirió él.
Bernard no
respondió y Anna se levantó sin poder aguantarlo más.
-
No es culpa de Bernard,
Allan.
-
Ya te he dicho que no me
llames así. –Allan se volvió hacia ella enfadado.
Anna siguió
sin hacerle caso y se acercó a ellos.
-
Yo insistí en que me enseñara
la casa. Y Fred se quedó conmigo porque…Bueno, aún no lo tengo claro…
-
¡No! No te pongas chula con
él. ¡No va a servir de nadaaa!
Anna se detuvo
al oír aquella voz. Se dio cuenta de que al lado de Allan había una chica
vestida con un traje del siglo XVII, con unos rizos rubios y negando con fuerza
con la cabeza.
-
¿Qué has dicho?-se le escapó
a Anna.
La chica puso
los ojos en blanco mientras Allan se volvía hacia ella.
-
Yo no he dicho nada-repuso
Allan serio.
Anna negó
rápidamente.
-
Tú no, ¡ella!-dijo mientras
señalaba a su lado.
Todos miraron
hacia la chica, pero tenían la misma expresión que si mirasen unas cortinas. La
chica cruzó los brazos casi ofendida.
-
Está ahí-dijo Anna. Todos la
miraron con una expresión extraña en los ojos y Anna supo enseguida lo que
pasaba. Pensaban que estaba loca.
-
¿Quién está ahí?-preguntó
Bernard intrigado.
-
Yo no veo nada-intervino Fred
tímidamente.
-
¡Pues está allí! ¿No la
veis?- Anna la señaló con más ímpetu. La chica negó con impaciencia.
-
¡Calla y deja de fastidiarlo
todo!-le instó la chica. Anna la escuchó estupefacta- Sólo tú puedes verme y
oírme asi que deja de hacer eso porque van a pensar que te has escapado del
manicomio. Allan te echará de una patada y eso no puede ocurrir. ¿Entiendes?
¡No dejes que te eche!
Anna sintió
que la cabeza le daba vueltas. No entendía lo que estaba sucediendo, pero la chica
tenía razón. Bernard y Fred la estaban mirando preocupados y Allan…tenía una
expresión indescifrable. Mejor sería que se comportara.
-
Era…-comenzó mientras pensaba
a toda velocidad- Una ardilla, pero ya se ha ido.
Anna cruzó los
dedos detrás de su espalda, esperando que funcionara. La chica también parecía
expectante ante la reacción de los demás.
Finalmente,
Bernard soltó una risotada.
-
Por Dios, una ardilla. ¡Me
estabas asustando chiquilla! –exclamó.
Allan en
cambio dio un paso hacia ella y la fulminó con la mirada. Anna levantó la
barbilla orgullosa sin dejar amilanarse.
-
Sigamos con lo que nos traía
entre manos- comenzó Allan con frialdad antes de darle la espalda de nuevo a
Anna.
La chica lanzó
un suspiro de alivio y Anna se calmó un poco. Sólo un poquito claro, porque
seguía viendo a una chica que nadie veía más que ella. Aquello la preocupaba. ¿Podría
ser culpe del cansancio?
-
No olvidaré lo sucedido esta
noche Bernard. No esperaba nada asi de tu parte. – continuó Allan en una
peronata que enseguida aburrió a Anna.
La chica
volvió a llamar su atención.
-
Va a echaros sin más, pero
tienes que conseguir quedarte como sea, ¿de acuerdo?- dijo la chica.
Anna no la
hizo caso y miró rápidamente al resto. Sin embargo, no daban muestras de oír
nada más que la voz fuerte de Allan. Anna decidió entonces que si la ignoraba quizás desaparecía.
Como un mal sueño.
No logró
conseguirlo. La chica se puso a dos centímetros de ella al ver que no la estaba
haciendo caso. Y así era difícil ignorarla.
-
¿De acuerdo? – insistió.- Es
muy importante que te quedes, asi que haz lo que sea para conseguirlo.
-
¿El qué?-repuso Anna en voz
baja mirando de soslayo a Allan- Nadie te ve, eres un producto de mi
imaginación.
La chica dio
un bufido.
-
¡No soy un producto de tu
imaginación! No puedo explicártelo ahora, ¿vale? Lo mejor será que te humilles
ante Allan. Es muy orgulloso, asi que no te dejará quedarte al menos que lo
hagas. Díselo.
-
No pienso decir nada.-susurró
Anna inquieta.
-
¡Díselo! Tú también quieres
quedarte.
-
No.
-
¡DÍSELOOOOO!- la chica le
chilló en el oído como una histérica. No pudo soportarlo más.
-
¡Quiero quedarme!- gritó de
repente Anna.
Sea lo que
fuera lo que estuviera diciendo Allan, se detuvo. Todos se volvieron hacia ella
estupefactos. Anna tragó saliva. ¿Qué estaba haciendo?
-
¿Qué?-repuso Allan
estupefacto.
Anna cogió
aire y trató de adoptar el aire más desvalido posible.
-
Me gustaría quedarme a vivir
en esta casa. Como Bernard. Para mí este es un lugar que puede convertirse en
mi hogar. Por favor, déjame quedarme. No me obligues a irme.
-
Aún no he dicho nada de
eso-respondió Allan sorprendido.
Anna ocultó su
sorpresa. Encima se había adelantado. Genial.
-
Pero…estaba segura de que lo
harías.- se inventó.
Allan frunció
el ceño.
-
No sabes lo que
dices-masculló Allan.- Y sí, estaba pensando en eso. No puedo permitir que os
quedéis aquí. Os marchareis de inmediato.
Dicho esto, se
dio la vuelta como si ya hubiera acabado. Anna apretó los puños con rabia.
Odiaba que se diera tantos aires.
-
¿Y por qué no puedo quedarme?
A Bernard le dejaste, ¿por qué a mi no? ¡Es una injusticia!
Por la mirada
reprobatoria de la chica Anna supo que no le había gustado nada lo que había
dicho. Pero era lo que sentía.
Allan se
volvió con una expresión furiosa en el rostro, pero no dijo nada. La chica se
acercó asqueada a ella.
-
Bien, ya lo has enfadado.-le
dijo con impaciencia- Ahora haz lo que yo diga si quieres quedarte. ¿De
acuerdo?
Anna se quedó
de piedra al ver el modo en que ambos le daban órdenes que ella no quería
acatar. Allan, la chica extraña…ambos iguales. Pero la chica tenía razón:
quería quedarse.
Asintió a
regañadientes y la chica sonrió.
-
Muy bien. Ahora,
¡arrodíllate!
-
¿Qué?
-
¡Hazlo ya! Y suplícale. Así.-
la chica se arrodilló, junto las manos y adoptó una expresión de total
arrepentimiento.
Anna parpadeó
estupefacta y comenzó a arrodillarse.
-
Lo siento-comenzó sin saber
muy bien qué decir. Allan no se volvió asi que siguió- Todo esto es culpa mía y
lo lamento muchísimo. Un montón. Pero por favor, dejame quedarme. No molestaré,
lo prometo.
-
¡Por favor!-insistió la chica
con fervor.
-
¡Por favor!-la imitó Anna.
Allan se
volvió y le dirigió una mirada desconcertada cuando la vio arrodillada en el
suelo. Sin embargo, pronto recuperó esa expresión adusta y Anna supo que había
hecho el ridículo. Su súplica no había provocado emoción alguna en Allan.
Finalmente este la dirigió una mirada impasible y Anna contuvo el aliento
esperando el veredicto.
-
No.-dijo únicamente- Tú y tu
amigo os marcharéis mañana por la mañana con la marea y tomaréis el mismo
camino por el que vinisteis.
Anna palideció
y buscó a la chica. Pero esta había desaparecido. Parpadeó confusa. ¿Lo había
imaginado todo? ¿Estaba loca?
-
Vamos jefe, no sea
así…-protestó Bernard pero se calló al ver la mirada feroz de Allan.
-
He dicho que mañana se
van.-le cortó Allan con autoridad- ¿Ha quedado claro?
-
Por supuesto, jefe.-respondió
Bernard tras reponerse de la sorpresa.
-
Bien. – Allan les dio la
espalda serio-Llévales a unas habitaciones. Las que sean. Que duerman y que se
marchen temprano. Yo os esperaré en la puerta de la casa. Y ahora, iros.
Bernard
asintió e hizo una señal a Fred para que saliera. Anna en cambio no se movió. Permaneció
quieta, mirándo al vacio. Bernard tuvo que darla un toque en el hombro para
hacerla reaccionar. Anna se sobresaltó pero finalmente le siguió y salió del
cuarto.
Mientras
caminaba en silencio, su preocupación por la existencia de la chica que sólo ella podía ver fue
menguando a medida que se daba cuenta d elo que había sucedido. Allan la había
echado de la mansión y en pocas horas, estaría de nuevo encerrada en casa de
Fred.
Dejó esos
pensamientos de lado y se enfrentó contra su mayor temor.
Al imaginarse
de nuevo a sí misma en la casa de Fred, muerta de aburrimiento, esperando con
miedo y ansiedad las noticias de la guerra…Sintió un ligero estremecimiento. No
podía imaginarse nada peor.
Próximo capítulo
Capítulo 10: La marea
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Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Un besazo


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