Capítulo 10
La marea
Bernard los
llevó primero a su habitación, aunque Anna no se percató hasta que una figura
conocida se abalanzó sobre ellos.
-
Bernard Hockins, ¡ya me estás
explicando qué narices ha sucedido!-Corine se lanzó sobre Bernard lanzando
chispas por los ojos.
Anna vio cómo
Bernard parecía apabullado.
-
Yo…querida la verdad es que…
-
¡Dos vivos! ¡Y en esta casa!
¿En qué estabas pensando?
-
Corine, ha sido culpa mía, yo
le insistí-intervino Anna.
Corine se giró
hacia ella y la sonrió con ternura.
- Cielo, no te preocupes. Esto
no va contigo.-luego se volvió hacia Bernard- Sólo con este zoquete. ¡Por lo
menos podrías habérmelo dicho! ¿Sabes lo que ha pasado cuando se ha enterado todo el mundo? Han corrido todos
a preguntarme sobre los chicos...¡ y yo no sabía ni qué decirles!
-
¿Se ha enterado todo el
mundo?-preguntó Fred horrorizado.
-
Oh, sí. Aquí las noticias
corren como la pólvora.-le respondió Corine encantada.
-
Corine, cariño, no te lo dije
porque no hubo ocasión.-se disculpó Bernard todo apenado.
Corine pareció
ablandarse, porque al momento le dio un beso en la mejilla.
- Bueno, es agua pasada. Además, el jefe ya os habrá regañado bastante.
–Corine se volvió hacia Anna y sus ojos brillaron al reconocer el vestido-
Ahora entiendo algunas cosas.
-
Corine, ella es Anna y él
Fred-les presentó Bernard.
-
Anna y yo ya nos habíamos
conocido antes, ¿verdad?-le guiñó un ojo y Anna sonrió.
-
¿Antes?¿Cómo?-repuso Bernard
extrañado.
Corine rió divertida
pero no le respondió. Bernard finalmente se encogió de hombros y fue a por una
copa. Estaba llenándola cuando Corine habló.
- Por cierto, ¿cómo lo ha
descubierto el jefe?-preguntó.- Nunca va a ninguna fiesta o cosas
asi. No sé como os ha encontrado.
-
Eso pienso yo…-contestó
Bernard intrigado.
Anna se dio
cuenta de que todos la miraban.
-
Yo…-comenzó con la garganta
seca- Puede que tenga algo de culpa.
-
¿Qué hiciste?-preguntó Corine
con curiosidad.
- ¡No hice nada! Fui a por una bebida y me alejé un poco. Lo
encontré en el pasillo. Hablamos, me quité el guante…
-
¿Te quitaste el guante? ¡Te
dije que no lo hicieras!-saltó Bernard.
-
¡Es que hacía calor!-se
defendió Anna.
-
Y te tocó la mano, ¿no?-intervino
Corine bastante divertida.
Anna asintió.
Recordó como había querido impresionarle antes de que él se diera cuenta de lo
que era. Suspiró. Parecía tan diferente…y sin embargo, era un creído y un
egoista.
-
¿Y ahora qué? ¿Qué os ha dicho?-preguntó Corine.
El rostro de
Anna se ensombreció. Había recordado de repente a aquella chica tan extraña…y
que debía volver al infierno.
-
Tendrán que marcharse.-le
informó Bernard lúgubremente mientras observaba a Anna con atención.
-
¡No!-exclamó Corine
consternada
El único que
parecía feliz con toda aquella situación era Fred, aunque no abrió la boca.
Corine miró con preocupación a Anna.
-
En ese caso es mejor que os
preparéis.-dijo finalmente Corine- Anna, he dejado tu vestido en mi cuarto de
baño. Fred, tu ropa está en el Bernard.
Anna asintió
desanimada y fue hacia el baño de Corine. Era un baño precioso, parecía sacado
de una casita de muñecas. Pero Anna suspiró con resignación cuando vio su
vestido colgado sobre una silla. Se
cambió en silencio y sintió lástima cuando dejó el vestido largo en su lugar.
Lo comtempló apenada. Se lo había pasado tan bien…
Iba a salir
cuando al abrir la puerta oyó la conversación entre Corine y Bernard y se
detuvo.
- Normalente no toma decisiones
tan trascendentales. Por lo menos podría dejar que se quedasen unos días.-oyó
que insistía Corine claramente en desacuerdo.
- Creo que teme que les den por
desaparecidos y empiecen a buscar en la casa.-respondió Bernard pensativo.
- ¡No buscarían aquí ni
locos!-bufó Corine- Les da demasiado miedo acercarse aquí. No, el jefe lo ha
hecho por otra razón.
-
A mí también intentó
convencerme.- dijo Bernard en su defensa.
-
Tú lo has dicho, “convencerte”.
A ellos los obliga a marcharse, sí o sí. Tiene alguna razón y me temo que tiene
que ver con…
Corine se
detuvo.
-
¿Con qué?-preguntó Bernard intrigado. Anna
aguardó impaciente la respuesta.
-
Con nada. Olvídalo. Era una
tontería.- terció rápidamente Corine- ¿Sabes una cosa? Estoy muy contenta de
que el jefe no te convenciera…
Bernard le
respondió algo más, pero Anna ya no le prestaba atención. No paraba de dar
vueltas a lo que había dicho Corine. Ella sabía la razón por la que Allan les
obligaba a irse, pero no había querido decirla.
¿Por qué?
A la mañana
siguiente, se presentaron donde Allan les había ordenado. Bernard y Corine les
habían acompañado para despedirles, un gesto que Anna agradeció en su interior.
Además, en toda la noche no había vuelto a ver a la misteriosa chica que sólo
ella veía y oía, lo cual la hizo sentir más tranquila. Debia haber sido fruto el nerviosismo del momento, nada más. Cuando llegaron a la
entrada, Allan ya estaba esperándoles.
De nuevo al
verle, Anna tuvo la impresión de que no se había preocupado siquiera en
peinarse y llevaba la misma ropa del día anterior. Daba la sensación de que no
le preocupaba en absoluto su aspecto.
Sólo les miró
cuando estuvieron a unos pasos de él.
-
Salgamos, no quiero retrasar
más esto-dijo Allan serio mientras procedía a abrir la puerta.
Anna miró a
Corine apenada, y ella la sonrió para infundirla ánimos. Todos siguieron a
Allan cuando abrió la puerta y salió al exterior. La brisa marina enseguida
azotó su cara y la distrajo un poco. Entonces, se dio cuenta de que Allan se
había detenido.
Anna se
adelantó un paso para ver qué era lo que le había llamado la atención. No tardó
en darse cuenta de lo que sucedía.
No había
bajado la marea.
Una silenciosa
alegría se despertó en su estómago y tuvo que hacer un gran esfuerzo para
contenerla. Allan bien podría obligarles a ir a nado hasta el pueblo.
Finalmente,
Allan habló.
-
Bernard, llévales a sus
alojamientos. Luego hablaremos.-dijo en un
tono de voz extraño ante de abrirse paso y entrar en la casa
con paso apresurado.
Sólo Anna se
percató de que algo lo había alterado y se sintió intrigada, pero enseguida
Corine atrajo su atención y se olvidó del asunto.
-
¡Fantástico! ¿Sabeis lo que
eso significa? ¡Os quedaréis otro día!-exclamó Corine alegre.
Anna se sintió
animada al oírlo. No había caído en ello antes, pero ¡era verdad! Anna se
volvió hacia el mar y le agradeció que no bajara aquel día la marea.
Él único que
parecía disgustado con aquella noticia era Fred, pero Anna estaba más que nunca
dispuesta a ignorarlo.



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