sábado, 5 de marzo de 2016

Sayonara Baby #microrrelato


    PiscoyMate

Ahí está. La miro y ella me mira a mí. Vislumbro en ella la misma cara de circunstancias que creo que debo estar mostrando en este momento. Me muerdo el labio inconsciente y pongo mi cerebro a trabajar. Trato de volver atrás en el tiempo. Más allá de mi vida laboral, más allá de la universidad, incluso antes que el bachillerato…a ese momento en la ESO donde todos mis problemas se reducían a estudiar y aprobar las matemáticas.

Volvemos a mantener un contacto visual tenso. Ahí está. Vuelve de mi pasado más recóndito para desconcertarme. Para hacerme ver que a pesar de que he hecho una carrera universitaria con máster incluido, eso no significa que no deba volverme a encontrar con ella.

Me había hecho a la idea de que la volvería a ver dentro de unos largos diez o veinte años. Cuando un día un niño con una mochila más grande que él mismo me cogiera de la camiseta y suplicara, (tal cual había hecho yo antes) que le ayudara con las mates. Y más concretamente, con una ¡dichosa! ecuación.

Pero el momento se ha adelantado y me ha pillado desprevenida. La solidaridad ha sido la que me ha puesto en este aprieto. No estaba preparada para volverme a encontrar con las ecuaciones que habían sido mi pesadilla durante esos duros años en los que todavía nos dejaban aprobar con un rasero cinquillo. Ahora ya no es simplemente aprobar un examen, sino superar las expectativas de ese niño de catorce años que me mira con cara de póker mientras yo trato de entender (otra vez) el lenguaje de las ecuaciones. Se supone que dicen que si sabes ir en bici, nunca lo olvidas aunque hayas dejado de pedalear. Pues esto, me digo a mí misma, debe ser más o menos lo mismo. Pasan los minutos bajo la mirada de ese niño, y parecen lustros. Pero ni idea. Creo que hasta el chino mandarín sería más fácil en este momento. 

Pero no me rindo. Es cuestión de honor. Más importante. De no parecer imbécil ante un niño, cuando se supone que he superado retos más difíciles a las alturas que estamos. Y es entonces, cuando mientras yo me rompo la cabeza con la ecuación con denominador (a que ya no os acordabáis que existía eso. eh?), cuando el niño dice: 

-                         -       ¿Fulanita, nos ayudas con la ecuación?

Cierro los ojos al darme cuenta de que no ha dicho “me”, sino “nos”. Estoy en el ajo. Ya no es el problema del niño. Pasa de convertirse de "su" ecuación, a "mí" ecuación. Esto ya es personal.

Hola ecuaciones, hemos vuelto a encontrarnos las caras. Cuidado. Hoy me has vencido, pero a la próxima… Sayonara baby.




0 comentarios:

Publicar un comentario

 

Atípica Copyright © 2011 -- Template created by O Pregador -- Powered by Blogger