Capítulo
5
El
mar custodia el camino
Anna cogió la
bici con decisión y salió de la casa aprovechando la oscuridad de la noche. Con
un poco de suerte, podría observar todo el día el mar. Tras la noticia de la
desaparición de su padre, la señora Gates la había dejado en paz. No la
molestaría. El problema era Fred.
Anna miró
atrás. Se aseguró de que Fred no la seguía y se dirigió al pueblo. Al menos, el
vestido azul de su madre, uno de los pocos que tenía, le había dado suerte
aquella vez. La verdad era que se lo había puesto para sentirse más segura. Agradeció
el viento en contacto con su piel y llevó su bicicleta hasta la playa.
Sintió el
cosquilleo de la arena en los dedos de sus pies cuando desmontó de la
bicicleta. Cogió el diario con ambas manos y se sentó con él en la arena fría.
No lo abrió, únicamente lo puso en su regazo y se dedicó a atisbar el
horizonte. Sus ojos fueron inmediatamente a la razón de su inquietud en los
últimos días.
La mansión.
No sabía
porqué tenía esos sueños, pero estaba segura de que había alguna razón para
ello. En su interior, podía sentir que su futuro estaba escondido en ellos.
Fuera como
fuese, lo averiguaría.
Se le había
ocurrido pensar que la W
se las siglas podía ser el apellido Winterby. Recordó el sueño y eso le bastó
para centrarse en la razón por la que estaba allí. Sintió que la tristeza se
abatía sobre ella al pensar en su padre y eso la llenó de decisión y alzó la
vista, oteando el horizonte.
Aquel camino debía
existir, aunque ella no lo viera. El mar lo ocultaba y el mar era quien debía
mostrárselo. Seguro que debía de haber una hora en la que las mareas dejarían a
la vista el camino.
Sólo debía
averiguar cuándo, aunque eso podía llevarle todo el día.
Las horas
pasaron lentamente y Anna comenzaba a impacientarse. No había pensado que sería
tan pesado observar las mareas. El
sonido de unas ruedas sobre la arena la avisó de que no estaba sola. Cuando se
volvió y vio el pelo castaño inconfundible de Fred, soltó un bufido de
exasperación. Lo había subestimado. Rápidamente escondió el diario bajo su
camiseta.
-
¿Otra vez siguiéndome?
-
Te vi salir. ¿Qué te propones
hacer?
-
Sólo ver el mar, ¿es algo
malo?-inquirió Anna.
-
Ehhh-pensó Fred- No.
-
¿Ves? Pues déjame tranquila.
Fred pareció
desanimado al oír eso y comenzó a volver tras sus pasos, rendido ante la
evidencia de que no podía vencer la férrea determinación de Anna.
A Anna se le
ocurrió entonces que Fred podía serle útil.
-
Fred, espera. No hace falta
que te vayas. Puedes hacerme compañía.
El rostro de
Fred se iluminó al oír eso y corrió a su lado. Anna decidió no andarse con
rodeos.
-
Fred, ¿sabes cuándo la marea
está más baja?
-
Pues, justo cuando amanece.
Más o menos…
Anna calculó
mentalmente. No debían de quedarle más que una hora más o menos para el
amanecer. No tenían mucho tiempo.
-
¡Bien! Adiós Fred.
-
¿Adónde…adónde
vas?-tartamudeó Fred sorprendido.
-
A un sitio-contestó sin dar
pistas.
-
Voy contigo.
-
No hace falta…-vio que él ya
estaba montado. Decidió que era mejor que fuera con ella, si no, se arriesgaba
a que contara todo a su madre.
Y seguramente
Fred no se atrevería a bajar la cala. Pondría la excusa de buscar mejillones o
algo así y se desharía de él.
-
Vale-accedió de mala gana y
comenzó a pedalear con fuerza.
Anna sacó una
gran ventaja a Fred, pero él no se dio por vencido y siguió su ritmo. Anna
aceleró el paso aún más. El alba estaba cerca y después de eso no tendrían
mucho tiempo para ir a la mansión.
Subieron la
colina y Anna se desmontó de la bici cuando llegaron a la cala. Corrió deprisa
hacia el borde y se asomó a las rocas. Un estremecimiento la recorrió entera al
recordar que había estado a punto de caer por ese mismo sitio hace unos días.
Meneó la cabeza. No debía pensar en eso o jamás lo conseguiría.
En vez de eso,
se concentró en pensar cómo bajar. Enseguida encontró aquel angosto sendero que
descendía y cuál fue su sorpresa cuando descubrió al final del mismo aquel
camino de arena que surgía de mar y llevaba hasta la mansión. La marea le
estaba mostrando el camino a seguir. Su corazón latió de emoción y nerviosismo.
Sin perder un
segundo, Anna comenzó su incursión, sin ser consciente del peligro que ello
entrañaba. Al contrario, el riesgo la excitaba aún más.
Fred estaba
horrorizado.
-
¿Qué haces? ¡Anna vuelve!
¡Eso es muy peligroso!
Anna lo miró
con desdén. Podía leer con facilidad los pensamientos de Fred. Seguramente
temía que hiciera una locura tras la muerte de su padre.
-
Pienso bajar, te guste o
no.-le desafió.
-
¿Para qué?-preguntó Fred,
quién no parecía ver nada bueno en todo aquello.
Anna pensó en
su excusa, pero de pronto prefirió contarle la verdad.
-
Sólo voy a echar un vistazo a
la mansión. Tú puedes irte a casa si quieres. Estaré de vuelta tarde.-dijo
mientras volvía a bajar.
Fred vaciló,
pero no se movió de su sitio. Parecía estar en medio de una horrible
tribulación. Finalmente, dio un paso hacia Anna.
-
Voy contigo-dijo
valientemente. Anna lo miró con sorpresa.
-
No. Eres un cobarde y no
quiero retrasos.
Una sombra de
dolor cruzó el rostro de Fred, tanto que incluso Anna se sintió mal. Para su
sorpresa, no cambió de opinión.
-
No te retrasaré, te lo
prometo.
Anna dudó un
momento, y se preguntó si el muchacho solo pretendía demostrarle algo. Quizás
quería redimirse por lo que la había hecho. En cualquier caso, Anna dudaba que
lo consiguiera y aunque lo hiciera, haría falta mucho más para perdonarle.
-
Haz lo que quieras-accedió y
continuó bajando.
Anna ponía
extremo cuidado en cada uno de sus pasos. El camino era estrecho y resbaladizo
y un paso en falso podía mandarla al fondo de las calas. Se convenció a sí
misma de que estaba haciendo lo correcto a pesar de que todo parecía una
locura. Seguramente Fred lo veía así. Como una locura.
Anna frunció
el ceño y pensó en el sueño. No era una locura, sino una necesidad.
Su destino
estaba en la mansión. Lo sabía.
Oía tras ella
los pasos inseguros de Fred y casi podía imaginar su cara de espanto por lo que
estaba haciendo. Seguro que Fred tenía prohibido hacer esas cosas. Esta sería
la primera vez que estaría desobedeciendo a su madre.
Por fin
llegaron al final del camino y los pies de Anna tocaron la arena de la cala.
Fred llegó un poco más tarde hasta ella, pálido como un muerto, aunque no
parecía tener la menor intención de dejarla. Anna admitió que esperaba que él ya
hubiera desaparecido. Paradójicamente, también se alegró de que estuviera a su
lado. No quería admitirlo, pero la idea de hacer esto sola…Le daba algo de
respeto.
No dejó que
Fred pudiera sospechar esos pensamientos.
-
Aún puedes volverte.-le dijo
seria.
Él sólo negó
con la cabeza y Anna siguió adelante. Ahora venía la parte más fácil. Atravesar
el camino de arena que llevaba hasta mansión. Anna caminaba deprisa, pero al
cabo de un rato se dio cuenta de que había calculado mal las distancias. Desde
la cima de la colina el camino no parecía medir más de diez o veinte metros.
Ahora se daba cuenta de que podía ser perfectamente un kilómetro o más.
Esa idea la
alarmó y miró hacia ambos lados a la marea. Sin embargo, esta no parecía querer
engullirlos. Les dejaba paso tranquilamente.
Aún así, Anna
decidió acelerar el paso. No quería que la marea la pillara desprevenida. Entonces
sí que estaría en problemas.
Próximo capítulo
Capítulo 6: La mansión de Winterby
Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Un besazo



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