Capítulo 8
El solo
Anna se sintió fuera de lugar y deseó que la tragara la tierra. Sobre todo
cuando Bernard cantaba a su lado totalmente entregado y ella estaba parada como
una idiota. Para no desentonar demasiado, comenzó a bailar un poco. Se sentía
ridícula, pero, ¿qué podía hacer?
Estaba
buscando una salida cuando Bernard dejó de cantar de repente y le tendió el
micrófono. Anna puso la misma expresión que si le hubiera enseñado una culebra.
-
Vamos, ¡cántanos algo!-le
animó Bernard.
Anna lo miró
paralizada. ¡Bernard estaba loco!Al ver que ella no hacía nada por coger el micrófono,
Bernad se lo puso en las manos y dio un paso atrás cediéndola todo el
protagonismo.
Anna sintió la
garganta seca y miró al público muerta de miedo. Todo el mundo la estaba
mirando. Todo el mundo esperaba que cantara algo. Pero ella hacía años que no
cantaba. Y siempre había sido en casa, ¡no en un espectáculo y ante tanta
gente!
Entonces se acordó
de Corine. Era tan segura…Quizás, también ella podía serlo. ¿Y por qué no? En
aquella casa podía ocurrir cualquier cosa.
Anna se acercó
el micrófono a los labios y comenzó a cantar con voz temblorosa. Era una
canción que le había enseñado su padre del ejército. Era la única que le
parecía lo bastante animada para aquel
momento.
Cuando el
público comenzó a rugir de fervor y a bailar con su música, Anna ganó seguridad
y su voz cobró fuerza. Cuando quiso darse cuenta, estaba bailando y animando a
la gente en el escenario.
Estaba mirando
al público cuando vio algo que la llamó la atención. La sala era más grande de
lo que imaginaba y contaba con un piso superior. Algo parecido a un balcón. En
él había una persona. No podía verlo bien debido a los focos, pero distinguió
su pelo rubio. Luego desapareció de su vista.
Anna terminó
de cantar y dejó que Bernard la llevara a la parte de atrás del escenario
disimuladamente mientras Corine entretenía al público.
-
¡Estás loco!-exclamó Anna con
voz temblorosa aún por los nervios, aunque no pudo evitar sonreír.
-
Quería que esta noche fuera
inolvidable. ¿A que lo he conseguido?-dijo Bernard con una sonrisa.
Anna sonrió
contagiada y asintió sin aliento.
-
¿Recuerdas por donde hemos
venido?-Anna asintió.-Hay bebidas. Tomate algo. Lo necesitas.
Anna le dio
las gracias y luego lo vio volver al escenario. Sonrió y fue por donde Bernard
le había indicado.
La verdad es
que estaba sedienta y necesitaba calmarse un poco.
Anna llegó
hasta el sitio que le había indicado Bernard. Allí había una mesa llena de
refrigerios. Rápidamente se sirvió un vaso de agua fresca y calmó su sed.
Luego paseó la
mirada a su alrededor. Estaba completamente sola. Oía el griterío apagado de la
sala de al lado y dio un paso para volver a su frenesí. Se detuvo al pensar en
Patrick. No le apetecía que volviera
cogerla desprevenida. A lo mejor, debería dejar pasar un rato antes de
volver con sus nuevos amigos.
Vio un pasillo
a su derecha. De él llegaba un frescor muy agaradable. Anna entonces se dio cuenta de que estaba
muerta de calor, y sin dudarlo, echó andar por el pasillo. Necesitaba aliviar
aquel calor. Puede que encontrara un sitio al aire libre por allí. Tomó aquel camino y no tardó mucho en ver
confirmadas sus sospechas. Había una ventana abierta por la que entraba aire.
Se acercó y se
sorprendió de volver a ver el mar tan cerca de la casa. Durante un tiempo,
había olvidado que pocas horas antes habían atravesado el camino de arena. Anna
contempló las olas del mar en el horizonte. Suspiró feliz. No podía haber en el
mundo nada mejor que aquello.
La guerra solo
era un eco lejano que nunca más volvería a escuchar.
-
¿Adele?
Anna se volvió
hacia la voz, pero no vio nada. Escrutó las sombras del pasillo sin resultado.
Estaba a punto de volver atrás cuando un joven salió de ellas. Tenía el cabello
rubio y un gesto recio en el rostro, donde unos ojos verdes brillaban como
esmeraldas recién talladas. Tan solo debía ser unos años mayor que ella, aunque
era muy alto. Anna calculó que debía tener unos diecinueve años como mucho. Tenía
un aspecto desaliñado, como si no se hubiera arreglado en días.
Aún así, Anna
no pudo apartar la mirada de él.
Entonces se
quedó pasmada al ver la expresión de sus ojos. Eran graves y oscuros, y daba la
sensación de que a pesar de ser tan joven, hubiera visto ya demasiados inviernos solo.
Su pulso se
aceleró.
-
¿Adele, eres tú?-su voz
estaba teñida de esperanza y emoción. Pero cuando se acercó más a ella, y le
vio mejor el rostro, su rostro se desencajó de la decepción.
Se quedó
quieto, trabado, sin saber muy bien qué decir. Bajó la mirada. Y Anna se sentía
igual. Qué incómodo era todo aquello.
-
Yo…no me llamo Adele- dijo
Anna para romper el silencio.
-
Ya, perdona. Te he confundido
con otra… persona.-terció rápidamente sin mirarla.
Anna aprovechó
para observarle extasiada. El joven no parecía ser consciente de la impresión
que le había causado. Anna se esforzó por decir algo que sonara bien. Algo
maduro, sí.
-
¿Estabas esperando a
alguien?-le preguntó despreocupadamente.
-
Podría decirse que sí.
Supongo-se encogió de hombros.
-
Puede que esté en el
espectáculo. Si quieres te acompaño.-se ofreció rápidamente Anna.
El joven la
miró de nuevo serio.
-
No…no está en el
espectáculo.-su rostro pareció muy apenado al decir eso. Anna se mordió el
labio. No iba por muy buen camino.
-
Bueno, ¡yo me llamo
Anna!-dijo alegremente mientras le tendía la mano.
El joven se
quedó mirándola como si no fuera a estrechársela. Anna se sintió tonta por unos
momentos, pero finalmente él se la estrechó.
-
Allan.
-
Genial. ¿Hace mucho que estás
por aquí, Allan?
-
¿No tienes cosas que hacer?
¿No quieres ir al espectáculo?-le cortó él amargamente.
Anna no sabía
porqué Allan estaba tan decaído, pero no pensaba irse a ninguna parte.
-
No es para tanto. Además, me
encanta estas vistas. Son fabulosas, ¿eh?
-
Cuando las ves todos los
días, ya no impresionan tanto.-respondió Allan con un tono demasiado hastiado.
-
O sea, que llevas aquí mucho
tiempo, ¿no?-terminó Anna.
Allan la miró
y por primera vez, sus labios esbozaron una pequeña sonrisa al ver que Anna lo
había pillado.
-
Más de lo que me gustaría,
pero sí. Llevo mucho tiempo aquí. – Allan frunció el ceño pensativo- Pero a ti
nunca te he visto.
-
Soy nueva. He llegado hace
nada.-dijo Anna contenta- Y por cierto, la corporación no me ha costado
nada.-añadió para impresionarle.
-
¿Ah sí?- los ojos de Allan
brillaron interesados.
-
Oh sí, ya sabes. Me han dicho
que es un paso que cuesta mucho a todos los fantasmas. Pero a mí no. Quizás sea
porque estaba predestinada a esto.
Allan la miró
como si estuviera loca y Anna desvió la vista incómoda. Repasó sus palabras, en
busca de algo que hubiera dicho mal. No lo encontró. Nerviosa, se quitó uno de
los guantes y comenzó a juguetear con él distraídamente.
-
Nadie debería estar destinado
a esto. Deberías saberlo.-le corrigió.
Anna no le
gustó su tono.
-
Pues a mí me parece que todos
están muy contentos con esta existencia.-dijo Anna alzando la barbilla.
-
Unos ilusos, si me permites
decirlo.-le respondió Allan con sequedad.
Anna se
percató de que había adoptado un gesto adusto.
-
Amargado-refunfuñó Anna por
lo bajo.
-
¿Qué?- Allan se volvió
incrédulo.
Anna enrojeció
muerta de vergüenza. ¿La había oído?
-
¡He dicho que si venías
conmigo a la fiesta! ¿No te apetece? ¡Venga, vamos!-su voz sonó un poco
chillona.
Allan se puso
rígido.
-
No iré a ninguna fiesta,
gracias.-dijo en un tono frío. Anna detectó en sus ojos una serie de
sentimientos encontrados y se sintió intrigada.
-
Pero, ¿por qué? Nos divertiremos, y veremos a Corine. He
visto que hace acrobacias-dijo Anna.
Por la
expresión de Allan, Anna se dio cuenta de que lo estaba empeorando por
momentos. Finalmente, bajó los hombros decaída.
-
Está bien, iré sola. No me
importa.
Allan levantó
la mirada y Anna atisbó la duda en sus ojos. No se movió esperando que él
dijera algo. Comenzó a rascarse el pulgar nerviosa. No sabía qué era lo que le
retenía.
-
Sólo un ratito. Ni siquiera
tenemos que acercarnos si no quieres. Podríamos verlo todo desde detrás del
telón…-ofreció.
Allan parecía
estar en medio de un terrible conflicto. Anna lo sabía por el modo en que
pasaba la mirada de un lado a otro. Finalmente, él suspiró y le sonrió.
-
Bueno, vamos ¿por qué
no?-aceptó.
-
¡Genial!- Anna dio una palmada-
Es por aquí.
Ambos hicieron
juntos el camino de vuelta mientras Anna seguía hablando animada. Finalmente
llegaron al telón y Anna se adelantó un paso.
-
Con un poco de suerte
podremos ver aún a Corine-le dijo aunque la música ensordecedora música atenuó
sus palabras.
Allan la miró
sin entenderla y Anna supo que no había oído nada. Olvidándose de la prudencia,
se acercó más a él y se lo volvió a repetir. Él asintió conforme y Anna volvió
a asomarse con cautela. Casi saltó de alegría cuando pudo distinguir al fondo
la figura de Corine ejecutando una
arriesgada acrobacia.
Se dio la
vuelta y le hizo señales a Allan para que se acercara. Él parecía un poco
reticente, pero finalmente lo hizo y se colocó a su lado.
-
¿A que es impresionante?-le
dijo Anna al oído.
Allan asintió
sin apartar la vista de Corine. Anna aprovechó para observarle más de cerca. A
esa distancia, sus ojos tenían el mismo color que la hierba, verde y vivaz,
aunque…sin energía. Anna se percató que
su nuevo amigo ni siquiera había sonreído un poco.
-
Allan…-comenzó indecisa.
-
¿Si? ¿Qué pasa?-él se volvió
y clavó en ella aquellos ojos verdes.
Se sintió
apabullada y decidió callarse.
-
Nada, nada.
-
No me lo creo.-respondió
Allan con ironía- Dímelo. ¿Algo sobre tu mortificación?
Anna sonrió y
el rubor coloreó sus mejillas. Por suerte estaba tan oscuro que Allan no podía
verlo.
-
No, no era eso.
-
¿Entonces qué?
-
Es sólo que… estás muy serio.
Allan se
volvió hacia ella y la miró frunciendo el ceño.
-
¿Yo?
Anna no se
atrevió a seguir, pero asintió. Allan negó con la cabeza y volvió a mirar el
escenario. Anna se sintió muy mal cuando vio que su rostro parecía de piedra.
Lo había echado a perder. ¿Quién le mandaba decir semejante estupidez?
Y lo peor de
todo, ¿por qué le importaba lo que pensara Allan?
Ajeno a sus pensamientos,
Allan dio un paso atrás.
-
Ya es hora de que vuelva.
Encantado de conocerte, Anna.-repuso sin dar muestras de emoción alguna.
-
Te acompañaré.
-
No. Sigue viendo a Corine.-le
ordenó Allan en un tono que a Anna revolvió.
-
Ni hablar, yo…-comenzó con la
barbilla bien alta mientras daba un paso atrás.
Sin embargo,
Anna no estaba acostumbrada a llevar vestidos largos, y pronto se dio cuenta
del error. Pisó con el pie la parte de atrás de la falda y perdió el
equilibrio. Soltó un gritito cuando sintió que se caía. Cerró los ojos
esperando el golpe. Entonces, Allan la cogió rápidamente de la mano y detuvo su
caída.
Ambos se
quedaron paralizados. Anna abrió los ojos y comtempló horrorizada su mano
desnuda, cogida por la mano fuerte de Allan. Pudo sentir el contacto de la piel
de Allan y vio cómo él se había quedado mirando su mano con los ojos como
platos.
Sus miradas se
encontraron y Anna leyó en los ojos de Allan su propia metedura de pata.
Próximo capítulo
Un besazo
Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
¡Nos vemos en el próximo capítulo!



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