lunes, 25 de enero de 2016

La caja de música de Lorraine Capítulo 8






Capítulo 8
El solo


Anna se sintió fuera de lugar y deseó que la tragara la tierra. Sobre todo cuando Bernard cantaba a su lado totalmente entregado y ella estaba parada como una idiota. Para no desentonar demasiado, comenzó a bailar un poco. Se sentía ridícula, pero, ¿qué podía hacer?
Estaba buscando una salida cuando Bernard dejó de cantar de repente y le tendió el micrófono. Anna puso la misma expresión que si le hubiera enseñado una culebra.
-        Vamos, ¡cántanos algo!-le animó Bernard.
Anna lo miró paralizada. ¡Bernard estaba loco!Al ver que ella no hacía nada por coger el micrófono, Bernad se lo puso en las manos y dio un paso atrás cediéndola todo el protagonismo.
Anna sintió la garganta seca y miró al público muerta de miedo. Todo el mundo la estaba mirando. Todo el mundo esperaba que cantara algo. Pero ella hacía años que no cantaba. Y siempre había sido en casa, ¡no en un espectáculo y ante tanta gente!
Entonces se acordó de Corine. Era tan segura…Quizás, también ella podía serlo. ¿Y por qué no? En aquella casa podía ocurrir cualquier cosa.
Anna se acercó el micrófono a los labios y comenzó a cantar con voz temblorosa. Era una canción que le había enseñado su padre del ejército. Era la única que le parecía lo bastante animada para aquel  momento.
Cuando el público comenzó a rugir de fervor y a bailar con su música, Anna ganó seguridad y su voz cobró fuerza. Cuando quiso darse cuenta, estaba bailando y animando a la gente en el escenario.
Estaba mirando al público cuando vio algo que la llamó la atención. La sala era más grande de lo que imaginaba y contaba con un piso superior. Algo parecido a un balcón. En él había una persona. No podía verlo bien debido a los focos, pero distinguió su pelo rubio. Luego desapareció de su vista.
Anna terminó de cantar y dejó que Bernard la llevara a la parte de atrás del escenario disimuladamente mientras Corine entretenía al público.
-        ¡Estás loco!-exclamó Anna con voz temblorosa aún por los nervios, aunque no pudo evitar sonreír.
-        Quería que esta noche fuera inolvidable. ¿A que lo he conseguido?-dijo Bernard con una sonrisa.
Anna sonrió contagiada y asintió sin aliento.
-        ¿Recuerdas por donde hemos venido?-Anna asintió.-Hay bebidas. Tomate algo. Lo necesitas.
Anna le dio las gracias y luego lo vio volver al escenario. Sonrió y fue por donde Bernard le había indicado.
La verdad es que estaba sedienta y necesitaba calmarse un poco.


Anna llegó hasta el sitio que le había indicado Bernard. Allí había una mesa llena de refrigerios. Rápidamente se sirvió un vaso de agua fresca y calmó su sed.
Luego paseó la mirada a su alrededor. Estaba completamente sola. Oía el griterío apagado de la sala de al lado y dio un paso para volver a su frenesí. Se detuvo al pensar en Patrick. No le apetecía que volviera  cogerla desprevenida. A lo mejor, debería dejar pasar un rato antes de volver con sus nuevos amigos.
Vio un pasillo a su derecha. De él llegaba un frescor muy agaradable.  Anna entonces se dio cuenta de que estaba muerta de calor, y sin dudarlo, echó andar por el pasillo. Necesitaba aliviar aquel calor. Puede que encontrara un sitio al aire libre por allí.  Tomó aquel camino y no tardó mucho en ver confirmadas sus sospechas. Había una ventana abierta por la que entraba aire.
Se acercó y se sorprendió de volver a ver el mar tan cerca de la casa. Durante un tiempo, había olvidado que pocas horas antes habían atravesado el camino de arena. Anna contempló las olas del mar en el horizonte. Suspiró feliz. No podía haber en el mundo nada mejor que aquello.
La guerra solo era un eco lejano que nunca más volvería a escuchar.
-        ¿Adele?
Anna se volvió hacia la voz, pero no vio nada. Escrutó las sombras del pasillo sin resultado. Estaba a punto de volver atrás cuando un joven salió de ellas. Tenía el cabello rubio y un gesto recio en el rostro, donde unos ojos verdes brillaban como esmeraldas recién talladas. Tan solo debía ser unos años mayor que ella, aunque era muy alto. Anna calculó que debía tener unos diecinueve años como mucho. Tenía un aspecto desaliñado, como si no se hubiera arreglado en días.
Aún así, Anna no pudo apartar la mirada de él.
Entonces se quedó pasmada al ver la expresión de sus ojos. Eran graves y oscuros, y daba la sensación de que a pesar de ser tan joven, hubiera visto  ya demasiados inviernos solo.
Su pulso se aceleró.
-        ¿Adele, eres tú?-su voz estaba teñida de esperanza y emoción. Pero cuando se acercó más a ella, y le vio mejor el rostro, su rostro se desencajó de la decepción.
Se quedó quieto, trabado, sin saber muy bien qué decir. Bajó la mirada. Y Anna se sentía igual. Qué incómodo era todo aquello.
-        Yo…no me llamo Adele- dijo Anna para romper el silencio.
-        Ya, perdona. Te he confundido con otra… persona.-terció rápidamente sin mirarla.
Anna aprovechó para observarle extasiada. El joven no parecía ser consciente de la impresión que le había causado. Anna se esforzó por decir algo que sonara bien. Algo maduro, sí.
-        ¿Estabas esperando a alguien?-le preguntó despreocupadamente.
-        Podría decirse que sí. Supongo-se encogió de hombros.
-        Puede que esté en el espectáculo. Si quieres te acompaño.-se ofreció rápidamente Anna.
El joven la miró de nuevo serio.
-        No…no está en el espectáculo.-su rostro pareció muy apenado al decir eso. Anna se mordió el labio. No iba por muy buen camino.
-        Bueno, ¡yo me llamo Anna!-dijo alegremente mientras le tendía la mano.
El joven se quedó mirándola como si no fuera a estrechársela. Anna se sintió tonta por unos momentos, pero finalmente él se la estrechó.
-        Allan.
-        Genial. ¿Hace mucho que estás por aquí, Allan?
-        ¿No tienes cosas que hacer? ¿No quieres ir al espectáculo?-le cortó él amargamente.
Anna no sabía porqué Allan estaba tan decaído, pero no pensaba irse a ninguna parte.
-        No es para tanto. Además, me encanta estas vistas. Son fabulosas, ¿eh?
-        Cuando las ves todos los días, ya no impresionan tanto.-respondió Allan con un tono demasiado hastiado.
-        O sea, que llevas aquí mucho tiempo, ¿no?-terminó Anna.
Allan la miró y por primera vez, sus labios esbozaron una pequeña sonrisa al ver que Anna lo había pillado.
-        Más de lo que me gustaría, pero sí. Llevo mucho tiempo aquí. – Allan frunció el ceño pensativo- Pero a ti nunca te he visto.
-        Soy nueva. He llegado hace nada.-dijo Anna contenta- Y por cierto, la corporación no me ha costado nada.-añadió para impresionarle.
-        ¿Ah sí?- los ojos de Allan brillaron interesados.
-        Oh sí, ya sabes. Me han dicho que es un paso que cuesta mucho a todos los fantasmas. Pero a mí no. Quizás sea porque estaba predestinada a esto.
Allan la miró como si estuviera loca y Anna desvió la vista incómoda. Repasó sus palabras, en busca de algo que hubiera dicho mal. No lo encontró. Nerviosa, se quitó uno de los guantes y comenzó a juguetear con él distraídamente.
-        Nadie debería estar destinado a esto. Deberías saberlo.-le corrigió.
Anna no le gustó su tono.
-        Pues a mí me parece que todos están muy contentos con esta existencia.-dijo Anna alzando la barbilla.
-        Unos ilusos, si me permites decirlo.-le respondió Allan con sequedad.
Anna se percató de que había adoptado un gesto adusto.
-        Amargado-refunfuñó Anna por lo bajo.
-        ¿Qué?- Allan se volvió incrédulo.
Anna enrojeció muerta de vergüenza. ¿La había oído?
-        ¡He dicho que si venías conmigo a la fiesta! ¿No te apetece? ¡Venga, vamos!-su voz sonó un poco chillona.
Allan se puso rígido.
-        No iré a ninguna fiesta, gracias.-dijo en un tono frío. Anna detectó en sus ojos una serie de sentimientos encontrados y se sintió intrigada.
-        Pero, ¿por qué?  Nos divertiremos, y veremos a Corine. He visto que hace acrobacias-dijo Anna.
Por la expresión de Allan, Anna se dio cuenta de que lo estaba empeorando por momentos. Finalmente, bajó los hombros decaída.
-        Está bien, iré sola. No me importa.
Allan levantó la mirada y Anna atisbó la duda en sus ojos. No se movió esperando que él dijera algo. Comenzó a rascarse el pulgar nerviosa. No sabía qué era lo que le retenía.
-        Sólo un ratito. Ni siquiera tenemos que acercarnos si no quieres. Podríamos verlo todo desde detrás del telón…-ofreció.
Allan parecía estar en medio de un terrible conflicto. Anna lo sabía por el modo en que pasaba la mirada de un lado a otro. Finalmente, él suspiró y le sonrió.
-        Bueno, vamos ¿por qué no?-aceptó.
-        ¡Genial!- Anna dio una palmada- Es por aquí.
Ambos hicieron juntos el camino de vuelta mientras Anna seguía hablando animada. Finalmente llegaron al telón y Anna se adelantó un paso.
-        Con un poco de suerte podremos ver aún a Corine-le dijo aunque la música ensordecedora música atenuó sus palabras.
Allan la miró sin entenderla y Anna supo que no había oído nada. Olvidándose de la prudencia, se acercó más a él y se lo volvió a repetir. Él asintió conforme y Anna volvió a asomarse con cautela. Casi saltó de alegría cuando pudo distinguir al fondo la figura de Corine  ejecutando una arriesgada acrobacia.
Se dio la vuelta y le hizo señales a Allan para que se acercara. Él parecía un poco reticente, pero finalmente lo hizo y se colocó a su lado.
-        ¿A que es impresionante?-le dijo Anna al oído.
Allan asintió sin apartar la vista de Corine. Anna aprovechó para observarle más de cerca. A esa distancia, sus ojos tenían el mismo color que la hierba, verde y vivaz, aunque…sin energía.  Anna se percató que su nuevo amigo ni siquiera había sonreído un poco.
-        Allan…-comenzó indecisa.
-        ¿Si? ¿Qué pasa?-él se volvió y clavó en ella aquellos ojos verdes.
Se sintió apabullada y decidió callarse.
-        Nada, nada.
-        No me lo creo.-respondió Allan con ironía- Dímelo. ¿Algo sobre tu mortificación?
Anna sonrió y el rubor coloreó sus mejillas. Por suerte estaba tan oscuro que Allan no podía verlo.
-        No, no era eso.
-        ¿Entonces qué?
-        Es sólo que… estás muy serio.
Allan se volvió hacia ella y la miró frunciendo el ceño.
-        ¿Yo?
Anna no se atrevió a seguir, pero asintió. Allan negó con la cabeza y volvió a mirar el escenario. Anna se sintió muy mal cuando vio que su rostro parecía de piedra. Lo había echado a perder. ¿Quién le mandaba decir semejante estupidez?
Y lo peor de todo, ¿por qué le importaba lo que pensara Allan?
Ajeno a sus pensamientos, Allan dio un paso atrás.
-        Ya es hora de que vuelva. Encantado de conocerte, Anna.-repuso sin dar muestras de emoción alguna.
-        Te acompañaré.
-        No. Sigue viendo a Corine.-le ordenó Allan en un tono que a Anna revolvió.
-        Ni hablar, yo…-comenzó con la barbilla bien alta mientras daba un paso atrás.
Sin embargo, Anna no estaba acostumbrada a llevar vestidos largos, y pronto se dio cuenta del error. Pisó con el pie la parte de atrás de la falda y perdió el equilibrio. Soltó un gritito cuando sintió que se caía. Cerró los ojos esperando el golpe. Entonces, Allan la cogió rápidamente de la mano y detuvo su caída.
Ambos se quedaron paralizados. Anna abrió los ojos y comtempló horrorizada su mano desnuda, cogida por la mano fuerte de Allan. Pudo sentir el contacto de la piel de Allan y vio cómo él se había quedado mirando su mano con los ojos como platos.
Sus miradas se encontraron y Anna leyó en los ojos de Allan su propia metedura de pata.


Próximo capítulo
Capítulo 9: El dueño de la casa

No te pierdas el capítulo anterior  Capítulo 7 aquí

 Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!

Un besazo




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