Hay un día en todo el
año que espero y deseo que llegue con ardor de Toledana. Hay un día
en que de la noche a la mañana una extraña comitiva coloca el palio
que señala que ya está cerca el día señalado. Hay un día en el
que las calles se adornan de mantones, estandartes, y . Hay un día
en el que los edificios parece crecer un bosque de rosas, azaleas…las
flores parecen sustituir a los polvorientos y antiguos ladrillos de
los edificios. Hay un día en el que la ciudad dobla de habitantes y
las calles se llenan, y parece convertirse en plena plaza del sol en
Navidad. Hay un día en el que a un Toledano le cuesta dar un paso,
de la gente, de lo bonito y de lo rebonico que está todo.
Hay un día en que Toledo
huele a tomillo y a fe. Un día en el que unas salvas reales nos
levantan de la cama y nos recuerdan que ha llegado la hora. Momento
de enfundarse las mejores galas antes de salir a la calle. Incluso te
atreves con tacones. Valiente toledana. No importa el empedrado, ni
el frío ni las amenazas de cielo encapotao. Hay que darlo
todo en este día, en esas pocas horas que durará la procesión, hay
que darlo por el que va a salir. Día grande solo hay uno.
Salimos de casa la
familia entera. Hace frío, pero la chaqueta abriga. Me gusta esa
sensación, siempre es lo mismo. Primero el frío, luego el calor y
luego ya no hay calor ni frio. Solo sentir. Tradición de año tras
año. Como peregrinaje santo, empezamos nuestra subida hacia el casco
histórico toledano. Cuestas y cuestas hasta que llego a ese cruce,
la de la calle Alfonso X El Sabio y la calle Navarro Ldesma, donde
mis pies, mi cuerpo entero se ve rodeado, envuelto en aromas de
tomillo. Cierro los ojos y respiro profundamente. Este es uno de los
momentos más sencillos y más bonitos de este día. Ese instante en
que pones tus pies sobre la alfombra de tomillo que en la madrugá,
unos buenos hombres a los que nunca he visto, extienden en silencio.
Toca parada obligatoria
para coger fuerzas y desayunar en La Tarasca. Otro de esos
instantes especiales. Tradición familiar pasito a pasito. Café con
leche, churros y tostadas. Momento de comentar los adornos del
recorrido, que este año parecen más bellos que nunca, fundiéndose
el fucsia con los tapices centenarios de hilo de oro de la catedral,
y con la alfombra de tomillo. Rosa, verde y dorado. Tres colores que
en corpus siempre estarán.
No perdemos el tiempo y
enseguidita, abandonamos el bar y caminamos presurosos hasta “nuestro
sitio”, el lugar donde vemos cada año la carrera procesional y
desde donde la gente, los amigos, los vecinos…saben que ese es
“nuestro sitio” año tras año. Llegamos temprano. No importa.
Hacemos tiempo charlando, leyendo el periódico y observando a la
gente. Y pasa rápido.
Comienza la procesión.
Primero los caballos. Luego estandartes, mantillas negras y blancas,
vestidos blancos de los niños de comunión, los Hortelanos, la
Cofradía de la Virgen del Valle, la Hospitalidad de Lourdes, el
colegio Infantes…y llega.
Llega entre lluvias de
pétalos, entre sonido de campanillas y aplausos. Llega abrazada,
exultante, brillante…Divino trono dorado de Arfe. La he visto
muchas veces, y siempre que la miro me asombra. Sus detalles, su
mimo, sus complicadas filigranas, sus figurillas…
Hay quién aplaude a la
Custodia. Hay quien aplaude al arte. Hay quien aplaude simplemente.
Yo aplaudo al que está dentro del trono, a mi Rey. Jesús
Eucaristía, que ha salido a las calles por ti y por mí. La emoción
me desborda y es muy grande el esfuerzo por contenerla, mientras pasa
a mi lado y yo siento una vez más, la tentación de estirar el brazo
y tocarla con los dedos. Pues es lo bueno de Toledo, calles tan
estrechas que te hacen siempre estar cerca.
¡Espero que os haya gustado!


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