Capítulo 2
Las calas
Anna oyó
chirriar la bicicleta tras ella y maldijo en voz baja su mala suerte.
-
Oh, aquí estás-dijo Fred.
Anna se volvió
a mirarle. La verdad es que a la luz del día parecía más delgado incluso que
cuando lo vio la primera vez. De hecho, el adjetivo que lo definía
perfectamente era escuálido, pero Anna no pensaba decírselo nunca. No creía que
se lo tomara bien, y también daba igual.
Tenían la
misma edad, en eso la señora Gates tenía razón. Sin embargo, a pesar de que
Fred le sacaba seis meses por adelantado, Anna parecía algo mayor que él. No
era de extrañar. Mientras las caderas de Anna y sus pechos habían comenzado a
anunciar su crepitante adolescencia, Fred no había crecido ni un solo
centímetro ni le había cambiado la voz un poquito. Anna fingía que no se daba
cuenta, pero se veía perfectamente que eso frustraba mucho a Fred, sobre todo
cuando veía a muchachos de su misma edad que chuleaban de su voz masculina.
Aún así,
después una semana allí se había dado cuenta de que Fred era un muchacho
bastante callado y reservado.
-
¡Fred! ¿Cuándo piensas
moverte? ¡Van a cerrar la tienda!
Fred se puso
tenso al oír la voz de su madre y miró con urgencia a Anna. Ella suspiró.
-
Ya estoy lista. Sólo quería
echarle un poco de aceite.- Anna levantó la bici oxidada y se montó en ella-
¿Nos vamos?
-
Sí.
Fred se montó
en la suya, que no lucía mejor aspecto que la de Anna. Ambas eran viejas y
estaban oxidadas. De hecho, la suya estaba tan deteriorada que Anna no
conseguía distinguir si había sido antes de color azul o verde. Pero
funcionaban, y eso era lo importante. Fred le había informado orgulloso que las
había conseguido su padre antes de marcharse a la guerra. Al instante de que lo
dijera, Anna se arrepintió de haberle escuchado. De nuevo había recordado lo
lejos que estaba de su padre.
-
¡Fred te has olvidado del
dinero!-gritó su madre saliendo tras ellos.
-
¡Ay!-gimió Fred. Anna paró la
bici con toda la paciencia de la que era capaz. Los olvidos también era algo
muy propio de Fred.
-
¡A ver cuándo espabilas!-le
regañó su madre. Luego ella se fijó en Anna y sonrió- ¡Disfruta del paseo
cariño! A ver si Fred te lleva a ver las calas.
Anna asintió
conforme. Había oído hablar de las calas, pero Fred aún no la había llevado
allí. Toda la semana anterior la habían dedicado a conocer el pueblo, pero
obviamente, no se tardaba mucho en eso. Anna se sentía un poco aburrida de
tanto paseo y de ver siempre las mismas cosas, pero no se quejaba. Sabía que
Fred lo hacía con toda su buena fe.
Y de todas
formas, aquel lugar…
Anna meneó la
cabeza. ¿De dónde podía sacar que había estado antes en ese sitio? Sin embargo,
era la única posibilidad que se le ocurría. La más lógica. Era la única posible
para explicar lo familiar que le resultaba estar en aquel lugar. Pensó que
cuando abandonara Londres y fuera allí, se sentiría una extraña, pero no era
así. De hecho, se sentía bastante cómoda allí. Le invadía una sensación
reconfortante, como si hubiera estado años de viaje y por fin hubiera regresado
a casa. Aquellos sentimientos la desconcertaban mucho, pero no se había
atrevido a contárselo a Fred. No lo entendería.
Llegaron a la
carnicería y Anna aseguró su bicicleta junto a la de Fred. Entró tras él en la
tienda. El carnicero pareció contento de verlos.
-
¡Fredy!- Fred pareció
abochornado al oír ese nombre y se puso rojo hasta las orejas. Anna reprimió la
risa y él la miró de reojo. El carnicero enseguida reparó en ella- Vaya, vienes
muy bien acompañado. ¿Es que no piensas presentarme a tu novia?
A Anna le tocó
el turno de ponerse colorada, pero de indignación, sobre todo al ver que Fred
no se apresuraba a desmentirlo.
-
No somos novios-respondió
Anna con voz gélida. Al carnicero pareció hacerle gracia la situación, porque
soltó una sonora y fuerte carcajada.
-
Disculpa, no quería
ofenderte, señorita. Se nota que eres de Londres.-le dijo y Anna no supo si era
un cumplido- Dime, ¿qué noticias traes de allí?
A Anna le
pilló la pregunta por sorpresa. Nunca había pensado en ella como una mensajera
de lo que pasaba en su ciudad.
-
No sé mucho. Cuando yo me
marché habían comenzado los bombardeos. Mi casa…-Anna enmudece al recordarlo.-
Una bomba la destruyó.
-
Caramba, eso sí que es
malo.-concluyó el carnicero- La guerra nos afecta a todos, por desgracia. Pero
perder la casa… Aquí muchos hombres se han ido a la guerra y el pueblo parece
otro.
-
¿Y usted?-preguntó Anna.
-
Un defecto de vista, no me
admitieron.-explicó brevemente- Bueno, basta de cosas tristes. Estamos aquí, es
lo que importa. Y me he olvidado de mi trabajo, vaya. ¿Qué te pongo?
-
Tres muslos de pollo.-pidió
Anna sin vacilar.
No tardó en
despacharles y pronto estaban fuera de nuevo. Anna se montó en la bici y se dio
cuenta de que Fred la observaba en silencio.
-
¿Qué pasa?-le espetó un poco
incómoda. No le gustaba que la mirase así.
-
No me habías dicho lo de tu
casa.
Anna desvió la
vista.
-
No es algo que me guste
recordar.-respondió escuetamente.- ¿Me enseñas las calas?-cambió de tema.
-
¿No te apetece ir a la iglesia?-propuso
Fred con un deje de nerviosismo.
Anna lo miró
intrigada por ese cambio, pero no pensaba cambiar de parecer.
-
Ya la hemos visto y varias
veces, Fred. Llévame a las calas, tengo ganas de verlas.
Fred no
pareció contento, pero asintió y comenzó a pedalear.
Las calas no
estaban lejos de la casa de Fred. Sólo tuvieron que subir la cuesta de la
colina que llevaba hasta ellas. Anna pedaleó con fuerza y cuando llegó a la
cima supo que el esfuerzo había merecido la pena. La brisa marina revolvió su
pelo castaño y miró hacia abajo para ver como el agua del mar penetraba en las
calas con fuerza. Anna se sintió admirada del paisaje y se volvió hacia Fred
con una mirada recriminatoria.
-
Es precioso. ¿Por qué no me
has traído aquí antes?
-
Por nada.-respondió él
evasivo. Anna no se dio cuenta de su nerviosismo- ¿Nos vamos?
-
Espera un poco. No me dirás ahora
que te da miedo, ¿no?
-
¡Pues claro que no!-contestó
Fred ofendido.
Anna sonrió
segura de que había ganado. Fred sabía que había caído en la trampa y se
enfurruñó sin decir nada. Anna le dio la espalda y volvió de nuevo a contemplar
el mar. Tenía que admitir que daba algo de respeto. Las calas estaban al final
de una escarpada bajada de afilados riscos. Había un camino estrecho para
bajar, pero era peligroso. El agua del mar humedecía la superficie de las rocas
creando una superficie resbaladiza que podía enviar a cualquiera al suelo si no
se tenía cuidado.
Pero allí
arriba era diferente.
Divisó a lo
lejos de nuevo aquella figura familiar recortada en el horizonte. Los torreones
de la casa se veían perfectamente desde allí. Desde que Anna había llegado, no
había dejado de verla, misteriosa, alzándose en medio del mar como un barco
encallado. Había llegado a la conclusión de que se parecía más a una mansión,
pero no podía asegurarlo. A pesar de que la había preguntado varias veces por
ella, la señora Gates se negaba a darle más detalles. Y nadie del pueblo
parecía interesado por el tema.
Sin embargo,
ella seguía intrigada por aquel lugar. Necesitaba saber qué era.
-
¿Qué es esa casa?
Fred no
contestó rápidamente, tal y como era costumbre en él. A Anna le costaba en
muchas ocasiones sacarle alguna palabra.
-
Es la mansión de los
Winterby. –dijo finalmente.- Era una familia que vivía por aquí, pero lleva sin
estar habitada siglos. –le explicó brevemente.- Oh, no debería habértelo
dicho-se lamentó Fred.- Mamá me dijo que no te dijera nada.
Anna se volvió
extrañada.
-
¿Por qué te dijo eso?
-
Dicen que está maldita. El
último que se preocupó por esa casa desapareció hace años. Mi madre dice que
empezó como tú, a preguntar cosas sin venir a cuento. -Fred se encogió de
hombros.- Se llamaba Ben, jamás se le ha vuelto a ver-contó con miedo.- No
digas nada a mi madre sobre esto, ¿vale?
-
Está bien.
Con esas
palabras Fred pretendía sólo amilanar a Anna. Lejos de conseguirlo, acrecentó
el interés de ella, que seguía inmersa en sus pensamientos.
-
Anna…-la llamó Fred con voz
temblorosa.
Anna se volvió
un poco chafada. Fred era un miedica. Entonces reparó en que por la colina
subía un grupito de muchachos.



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