jueves, 12 de noviembre de 2015

La caja de música de Lorraine: Capítulo 2 Las calas




Capítulo 2 
Las calas


Anna oyó chirriar la bicicleta tras ella y maldijo en voz baja su mala suerte.
-        Oh, aquí estás-dijo Fred.
Anna se volvió a mirarle. La verdad es que a la luz del día parecía más delgado incluso que cuando lo vio la primera vez. De hecho, el adjetivo que lo definía perfectamente era escuálido, pero Anna no pensaba decírselo nunca. No creía que se lo tomara bien, y también daba igual.
Tenían la misma edad, en eso la señora Gates tenía razón. Sin embargo, a pesar de que Fred le sacaba seis meses por adelantado, Anna parecía algo mayor que él. No era de extrañar. Mientras las caderas de Anna y sus pechos habían comenzado a anunciar su crepitante adolescencia, Fred no había crecido ni un solo centímetro ni le había cambiado la voz un poquito. Anna fingía que no se daba cuenta, pero se veía perfectamente que eso frustraba mucho a Fred, sobre todo cuando veía a muchachos de su misma edad que chuleaban de su voz masculina.
Aún así, después una semana allí se había dado cuenta de que Fred era un muchacho bastante callado y reservado.
-        ¡Fred! ¿Cuándo piensas moverte? ¡Van a cerrar la tienda!
Fred se puso tenso al oír la voz de su madre y miró con urgencia a Anna. Ella suspiró.
-        Ya estoy lista. Sólo quería echarle un poco de aceite.- Anna levantó la bici oxidada y se montó en ella- ¿Nos vamos?
-        Sí.
Fred se montó en la suya, que no lucía mejor aspecto que la de Anna. Ambas eran viejas y estaban oxidadas. De hecho, la suya estaba tan deteriorada que Anna no conseguía distinguir si había sido antes de color azul o verde. Pero funcionaban, y eso era lo importante. Fred le había informado orgulloso que las había conseguido su padre antes de marcharse a la guerra. Al instante de que lo dijera, Anna se arrepintió de haberle escuchado. De nuevo había recordado lo lejos que estaba de su padre.
-        ¡Fred te has olvidado del dinero!-gritó su madre saliendo tras ellos.
-        ¡Ay!-gimió Fred. Anna paró la bici con toda la paciencia de la que era capaz. Los olvidos también era algo muy propio de Fred.
-        ¡A ver cuándo espabilas!-le regañó su madre. Luego ella se fijó en Anna y sonrió- ¡Disfruta del paseo cariño! A ver si Fred te lleva a ver las calas.
Anna asintió conforme. Había oído hablar de las calas, pero Fred aún no la había llevado allí. Toda la semana anterior la habían dedicado a conocer el pueblo, pero obviamente, no se tardaba mucho en eso. Anna se sentía un poco aburrida de tanto paseo y de ver siempre las mismas cosas, pero no se quejaba. Sabía que Fred lo hacía con toda su buena fe.
Y de todas formas, aquel lugar…
Anna meneó la cabeza. ¿De dónde podía sacar que había estado antes en ese sitio? Sin embargo, era la única posibilidad que se le ocurría. La más lógica. Era la única posible para explicar lo familiar que le resultaba estar en aquel lugar. Pensó que cuando abandonara Londres y fuera allí, se sentiría una extraña, pero no era así. De hecho, se sentía bastante cómoda allí. Le invadía una sensación reconfortante, como si hubiera estado años de viaje y por fin hubiera regresado a casa. Aquellos sentimientos la desconcertaban mucho, pero no se había atrevido a contárselo a Fred. No lo entendería.
Llegaron a la carnicería y Anna aseguró su bicicleta junto a la de Fred. Entró tras él en la tienda. El carnicero pareció contento de verlos.
-        ¡Fredy!- Fred pareció abochornado al oír ese nombre y se puso rojo hasta las orejas. Anna reprimió la risa y él la miró de reojo. El carnicero enseguida reparó en ella- Vaya, vienes muy bien acompañado. ¿Es que no piensas presentarme a tu novia?
A Anna le tocó el turno de ponerse colorada, pero de indignación, sobre todo al ver que Fred no se apresuraba a desmentirlo.
-        No somos novios-respondió Anna con voz gélida. Al carnicero pareció hacerle gracia la situación, porque soltó una sonora y fuerte carcajada.
-        Disculpa, no quería ofenderte, señorita. Se nota que eres de Londres.-le dijo y Anna no supo si era un cumplido- Dime, ¿qué noticias traes de allí?
A Anna le pilló la pregunta por sorpresa. Nunca había pensado en ella como una mensajera de lo que pasaba en su ciudad.
-        No sé mucho. Cuando yo me marché habían comenzado los bombardeos. Mi casa…-Anna enmudece al recordarlo.- Una bomba la destruyó.
-        Caramba, eso sí que es malo.-concluyó el carnicero- La guerra nos afecta a todos, por desgracia. Pero perder la casa… Aquí muchos hombres se han ido a la guerra y el pueblo parece otro.
-        ¿Y usted?-preguntó Anna.
-        Un defecto de vista, no me admitieron.-explicó brevemente- Bueno, basta de cosas tristes. Estamos aquí, es lo que importa. Y me he olvidado de mi trabajo, vaya. ¿Qué te pongo?
-        Tres muslos de pollo.-pidió Anna sin vacilar.
No tardó en despacharles y pronto estaban fuera de nuevo. Anna se montó en la bici y se dio cuenta de que Fred la observaba en silencio.
-        ¿Qué pasa?-le espetó un poco incómoda. No le gustaba que la mirase así.
-        No me habías dicho lo de tu casa.
Anna desvió la vista.
-        No es algo que me guste recordar.-respondió escuetamente.- ¿Me enseñas las calas?-cambió de tema.
-        ¿No te apetece ir a la iglesia?-propuso Fred con un deje de nerviosismo.
Anna lo miró intrigada por ese cambio, pero no pensaba cambiar de parecer.
-        Ya la hemos visto y varias veces, Fred. Llévame a las calas, tengo ganas de verlas.
Fred no pareció contento, pero asintió y comenzó a pedalear.


Las calas no estaban lejos de la casa de Fred. Sólo tuvieron que subir la cuesta de la colina que llevaba hasta ellas. Anna pedaleó con fuerza y cuando llegó a la cima supo que el esfuerzo había merecido la pena. La brisa marina revolvió su pelo castaño y miró hacia abajo para ver como el agua del mar penetraba en las calas con fuerza. Anna se sintió admirada del paisaje y se volvió hacia Fred con una mirada recriminatoria.
-        Es precioso. ¿Por qué no me has traído aquí antes?
-        Por nada.-respondió él evasivo. Anna no se dio cuenta de su nerviosismo- ¿Nos vamos?
-        Espera un poco. No me dirás ahora que te da miedo, ¿no?
-        ¡Pues claro que no!-contestó Fred ofendido.
Anna sonrió segura de que había ganado. Fred sabía que había caído en la trampa y se enfurruñó sin decir nada. Anna le dio la espalda y volvió de nuevo a contemplar el mar. Tenía que admitir que daba algo de respeto. Las calas estaban al final de una escarpada bajada de afilados riscos. Había un camino estrecho para bajar, pero era peligroso. El agua del mar humedecía la superficie de las rocas creando una superficie resbaladiza que podía enviar a cualquiera al suelo si no se tenía cuidado.
Pero allí arriba era diferente.
Divisó a lo lejos de nuevo aquella figura familiar recortada en el horizonte. Los torreones de la casa se veían perfectamente desde allí. Desde que Anna había llegado, no había dejado de verla, misteriosa, alzándose en medio del mar como un barco encallado. Había llegado a la conclusión de que se parecía más a una mansión, pero no podía asegurarlo. A pesar de que la había preguntado varias veces por ella, la señora Gates se negaba a darle más detalles. Y nadie del pueblo parecía interesado por el tema.
Sin embargo, ella seguía intrigada por aquel lugar. Necesitaba saber qué era.
-        ¿Qué es esa casa?
Fred no contestó rápidamente, tal y como era costumbre en él. A Anna le costaba en muchas ocasiones sacarle alguna palabra.
-        Es la mansión de los Winterby. –dijo finalmente.- Era una familia que vivía por aquí, pero lleva sin estar habitada siglos. –le explicó brevemente.- Oh, no debería habértelo dicho-se lamentó Fred.- Mamá me dijo que no te dijera nada.
Anna se volvió extrañada.
-        ¿Por qué te dijo eso?
-        Dicen que está maldita. El último que se preocupó por esa casa desapareció hace años. Mi madre dice que empezó como tú, a preguntar cosas sin venir a cuento. -Fred se encogió de hombros.- Se llamaba Ben, jamás se le ha vuelto a ver-contó con miedo.- No digas nada a mi madre sobre esto, ¿vale?
-        Está bien.
Con esas palabras Fred pretendía sólo amilanar a Anna. Lejos de conseguirlo, acrecentó el interés de ella, que seguía inmersa en sus pensamientos.
-        Anna…-la llamó Fred con voz temblorosa.
Anna se volvió un poco chafada. Fred era un miedica. Entonces reparó en que por la colina subía un grupito de muchachos.

Próximo capítulo
Capítulo 3: La voz de la cala

¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Un besazo

 






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