Capítulo 4
El diario de AW
Anna pedaleó
por las calles del pueblo. Hacía días que habían aumentado las temperaturas. Se
notaba que ese verano iba a ser cálido. Anna se pasó una mano por la frente y
se sintió aliviada al ver que llegaba a su destino.
Guardó la bici
y entró en la librería. El interior era oscuro y agradablemente refrescante en
esos momentos. Decenas de estantes componían la tienda, todos llenos de libros
de un sinfín de colores y tamaños. El único rinconcito libre de libros era el
mostrador, que lucía una lámpara de latón antigua.
-
¿Hola?
Su voz resonó,
y al cabo de unos pocos segundos oyó unos pasos. El rostro cano y sonriente del
librero, el señor Tylor, apareció tras la estantería del fondo.
-
Buenos días, jovencita.
Déjame adivinar, ¿buscas un nuevo libro?
Anna
sonrió. En los últimos días ese había
sido su hobby.
-
Sí, me gustaría saber si
tiene algún libro sobre la familia Winterby.
-
¿Winterby? ¿Winterby?-repitió
el señor Tylor- No lo sé. Nadie me ha pedido sobre esos temas, Anna.
-
¿Puede mirarlo? Por favor, es
para un trabajo.
-
Está bien. Espera un momento
aquí. Voy a ver si encuentro algo.
Anna asintió
satisfecha y vio como desaparecía el anciano. No había dicho la verdad, pero
necesitaba una excusa para que nadie hiciera preguntas. Desde el día que habían
ido a las calas, había intentado averiguar más información acerca de la mansión
y los Winterby. Pero parecía que el pueblo entero se había puesto de acuerdo
con la señora Gates para evitar el tema. Sin embargo, Anna estaba decidida a no
rendirse.
Al rato, el
señor Tylor volvió. En sus manos, llevaba un libro ajado, pequeño y bastante
delgado.
-
Esto es lo único que tengo.
Es un diario, pero puede servirte para ese trabajo.
Anna lo miró
con devoción.
-
¡Sí gracias! Esto me sirve.
¿Cuánto es?
-
Para ti nada. Espero que a ti
te dé más suerte que al último que lo usó.
-
¿El último?
-
Antes de ti, se lo presté a
Ben. Era amigo mío. Pero se obsesionó demasiado por el tema. Le advertí, pero
no me hizo ni caso. Era un cabezota.-explicó con gesto grave.
-
¿Y qué le pasó?-al momento de
hacer la pregunta, Anna se arrepintió. Quizás había tocado un tema muy
delicado.
Al señor Tylor
no pareció importarle seguir hablando de eso.
-
Salió una tarde, antes de que
subiera la marea. No sé si llegó a la mansión o si el mar lo alcanzó antes. La
marea es una amiga traicionera, Anna. Sube muy rápido y no quieras verte en
medio de la bahía cuando esta te alcance. No serías la primera en verte con el
agua al cuello –le advirtió seriamente y Anna tragó saliva- Ben no regresó,
jovencita. Así que espero que tengas la cabeza suficiente para no seguir por
ese camino.
-
Ya, claro. Pero un poco de
información no hace daño a nadie, ¿no?-accedió Anna alejándose con el libro en
las manos.
El anciano
rió.
-
Depende de a quién le llegue
la información.-dijo antes de que Anna saliera de la tienda.
Una vez fuera,
volvió a contemplar el libro con renovado interés. Era de color burdeos, y
tenía escrito “Diario” en la tapa con una bonita caligrafía dorada. Y parecía
muy, muy antiguo.
Sí, allí
estaban las respuestas que quería.
-
¿Qué hacías ahí dentro?
Anna se volvió
y descubrió horrorizada que era Fred quién había hablado. ¿Qué hacía allí? ¿La
había seguido? Anna comprobó que su ojo seguía tan morado como hacía unos días
antes.
-
¿Y a ti qué te importa? Creo
que te da lo mismo si alguien se cae a un barranco ¿no?-le espetó mientras
guardaba el libro en el cesto de la bici.
Fred pareció
dolido por eso, pero no contraatacó. Aquello enfurecía más a Anna. Era
demasiado manso para ella, ahora se daba cuenta.
Y pensar que
creía que podían ser amigos…
-
Me marcho.-anunció Anna.
-
Voy contigo.
Anna lo miró
asqueada pero no dijo nada. Y así pensaba seguir todo el camino.
-
Anna, ¿me pasas el pan?-pidió
la señora Gates.
Anna hizo lo
que le pedía y siguió comiendo de su plato. Su mirada se topó con la de Fred,
pero le ignoró. Últimamente pasaba de él. De hecho, apenas habían hablado
después de lo de la cala.
Anna devoró su
plato a toda velocidad. No tenía hambre, pero quería terminar cuanto antes para
volver a su cuarto y poder leer el diario al amparo de la oscuridad.
-
Anna, ¿has tenido noticias de
tu padre?
Anna dejó el
cubierto. Odiaba ese tema.
-
No, por ahora no, señora
Gates. Gracias.
-
Eso es mejor. Normalmente en
estos tiempos, todas las noticias que llegan son malas. Y hablo por propia
experiencia.
Anna no
contestó. Aquello la hizo sentir peor.
-
La verdad-continuó la señora
Gates- Es que aquí no podemos quejarnos. Es cierto que hemos tenido nuestras
dificultades, pero hemos podido salir adelante. Nunca pensé que vivir en ese
pueblecito podría darnos tantas ventajas. Y Londres con esos bombardeos…Apenas
puedo imaginar lo que debes haber pasado, chiquilla.
Anna cerró los
ojos. Por un momento le pareció oír el estruendo de las bombas cayendo sobre el
refugio. Oyó la voz de su padre asustado mientras la abrazaba en un gesto de
protección, aunque Anna sabía que no lograría salvarla de aquel mortal
impacto…Y sobre todo recordó su propio miedo y angustia, que la dominaban
lentamente…
-
Dicen que algunos edificios
han sido destruidos. Un horror, ese maldito Hitler…
-
Señora Gates.-le cortó Anna
levantándose de golpe.- ¿Puedo irme a mi habitación?
-
Ehh, sí claro. Has terminado
de comer, no veo porqué no. Buenas noches Anna.
Anna murmuró
un buenas noches malhumorada y se marchó precipitadamente, antes de que
volvieran a sacar el tema. En cuanto llegó a su habitación se encerró y trató
de tranquilizarse. No sabía por qué le había afectado tanto, pero por un
momento, había creído que volvía a estar en su casa, en el refugio.
Anna comenzó a
cambiarse. Se quitó su falda de twed, su camiseta blanca y se puso el pijama.
Cuando vio el libro esperándola sobre la mesilla se olvidó de todo lo sucedido
y se lanzó ávida sobre él. Cuando lo abrió, las hojas eran tan viejas que tuvo
la sensación de que podían romperse ante un caricia.
Comenzó a leer
ilusionada. Descubrió que el diario era de una tal señorita A.W. Anna no
entendió esas iniciales y continuó leyendo.
Al rato de empezar, se aburrió un poco. No hacía más que contar cosas
sin importancia, como comidas, cenas de alto copete, visitas a otras familias…Todo
con un estilo desfasado y petulante, que parecía sacado de una novela de época.
Anna calculó que por la palabra “miriñaque”
que encontró escrita, el diario quizás
podría ser de dos o tres siglos atrás.
Anna llegó a
la conclusión de que la tal A.W. debía de pertenecer a la alta sociedad. Si no,
¿cómo daría tanta importancia a la elección de un vestido? De vez en cuando
mencionaba algún otro nombre, como Allan y a una doncella. Anna se sintió
decepcionada. ¿De qué le iba a servir todo aquello para resolver el misterio de
la mansión?
-
Vamos Ben… ¿qué viste en este
libro?-dijo en voz alta impaciente.
Sus manos
llegaron a la última hoja. Se detuvo al ver que la letra no era la misma.
Aquello hizo que su corazón latiera de emoción y comenzó a leer. El texto no
estaba escrito por A.W. Eso la animó bastante y empezó a leer.
“En el día de 3 de julio de 1752, falleció la señorita A.W., con
gran pesar para todos los que la amábamos. La enfermedad se llevó su bondadosa
alma de forma repentina y con causas desconocidas, tras horas de tormento…”
Las siguientes líneas hablaban de aspectos inmobiliarios y de la
herencia de la casa de los Winterby. Anna directamente pasó al final, pero sólo
había una firma bastante inteligible.
Anna dejó el libro sin ocultar su decepción.
-
De verdad, Ben. No entiendo
qué viste en este libro.-concluyó.
Unos golpes en la puerta le pusieron alerta y Anna escondió el
diario justo antes de que la cabeza de Fred se asomara por la puerta. No le dio
tiempo para fingir estar dormida. Con el corazón en un puño, le plantó cara.
-
¿Qué quieres?-le increpó.
Fred entró, aunque permaneció cerca de la puerta, temeroso. A Anna
no le extrañó.
-
Nada, quería ver si estabas
bien.-le contestó.
Sonó sincero, pero Anna no se dejó ablandar.
-
Pues estoy bien.-contestó
seca- Aunque podrías decirle a tu madre de mi parte que deje de recordarme cada
día los bombardeos.
-
Ya.-admitió Fred cortado- Lo
siento.
-
¿Que lo sientes? ¿Qué sientes
Fred? ¿Haberme dejado a mi suerte en aquel barranco o a la inoportuna de tu
madre?
-
No hables así de ella,
¿vale?-dijo Fred serio, pero Anne sabía que podía vencerle fácilmente.
-
Hablaré como me venga en
gana.
-
No vas a perdonarme nunca,
¿no?-afirmó Fred.
Anna lo miró. Casi se dejó conmover por el aire triste que Fred
puso en sus palabras. Pero una vez más, se recordó a sí misma lo que le había
hecho.
-
Creía que éramos amigos.-dice
Fred abatido. Anna se revolvió.
-
Yo también. Hasta que me
abandonaste.
Anna estaba en
medio de la calle principal del pueblo. Lo sabía por la anchura de las calles y
las tiendecitas que había a cada lado de la carretera. No era la primera vez
que estaba allí y por eso supo que estaba otra vez en el mismo sueño.
Sólo que
aquella vez era diferente. Nunca antes había sabido qué pueblo era aquel.
Ahora así. Era
Abbey.
Aquella verdad
la desconcertó, pero el sueño siguió adelante y Anna se encontró paseando por
las calles del pueblo. Reconoció la librería del señor Tylos envuelta en un extraño
halo fantasmal y difuso. Luego pasó la carnicería y llegó hasta la pintoresca
casa de Fred y su madre.
Anna se quedó
mirándola con expresión ausente, mientras un viento frío la rodeaba, aunque no
sentía las bajas temperaturas. Oyó un
susurro a su espalda, seguido de aquella melodía que ya conocía tan bien. De
algún modo, Anna se sintió reconfortada. Era una sencilla melodía de cuatro
notas, pero llena de belleza y armonía. Parecía un canto que escondía un
terrible secreto tras sus notas, hechizante y oscuro, y a la vez,
tranquilizador.
Anna se dio la
vuelta buscando la fuente aquel susurro y entonces la vio.
La visión de
la mansión, mecida de forma espectral y majestuosa por el mar la dejó sin
habla. Era precioso. La luz de la luna la cubría con su luz y parecía vestirla
de plata.
Tuvo la
sensación de que era la casa la que la estaba llamando y no se pudo resistir.
De repente, vio que estaba de nuevo en las calas. Pensó que tendría miedo, pero
aquello no sucedió.
-
“Anna”
Anna alzó la
vista y contempló anonadada como las aguas del mar descubrían un camino de
arena que llevaba directamente a la mansión. Era como si le mostrara el camino.
Rápidamente se vio inmersa en un pasillo recto, y luego en otro, en otro…Hasta
llegar a una habitación pequeña, semioscurecida, donde destacaba sobre las
demás cosas un arcón que prometía esconder algo muy valioso.
Anna sabía que
el sueño estaba a punto de acabar, por lo que trató de correr hacia el arcón y
abrirlo para saber lo que contenía en su interior. Pero el sueño se disolvió
antes de que sus dedos lograran alcanzarlo.
Anna despertó
la mañana siguiente y recordó el sueño. No era la primera vez que lo soñaba. Ya
lo había hecho otras veces desde que era más pequeña, pero nunca le había dado
importancia. Pero ahora, se sentía confundida al darse cuenta de dos
coincidencias: el pueblo de su sueño era Abbey y la voz de sus sueños, había
sido la misma que había escuchado en el acantilado.
Anna nunca
había creído en lo sobrenatural, sin
embargo aquello tenía toda la pinta de serlo. Ya no parecía una
casualidad que ella estuviera allí.
Anna movió la
cabeza confusa y se vistió. Bajó a toda prisa al comedor pero paró al llegar a
la puerta y oír voces. Fred y su madre ya se habían levantado.
Iba a abrir la
puerta cuando se detuvo al oír su nombre.
-
Pobre Anna-se lamentó la
señora Gates.
Anna se
atrevió a asomarse por el resuicio de la puerta. Vio a la señora Gates de
perfil. En sus manos sostenía una carta. La había abierto y había visto su
contenido.
-
¿Qué pasa madre?-preguntó
Fred con curiosidad.
-
Es una carta del frente, para
Anna.-respondió su madre tras unos segundos.- Pobrecilla, dice que su padre ha
desaparecido. Y eso es casi como estar muerto
Anna sintió que
todo oscurecía a su alrededor y tuvo que apoyarse en la pared. La imagen de su
padre despidiéndose de ella fue lo primero que le vino a a la mente y se negó a
pensar que hubiera desaparecido. No podía ser.
Cuánto más lo
pensaba, más se daba cuenta de que era así. Las lágrimas comenzaron a rodar por
sus mejillas mientras digería la noticia
conmocionada. Su padre había desaparecido en combate, y eso era lo mismo que
estar muerto. La señora Gates no mentía.
Su padre ya no
regresaría, al igual que su madre.
Se había
quedado sola.
Se sintió
mareada y tuvo que apoyarse en la pared exhausta. Cuando se dio cuenta de lo
que hacía, estaba volviendo tras sus pasos. Llegó a su cuarto y cuando cerró la
puerta, se echó a llorar. Lloró por su padre, por su madre, su casa destruida y
también, por ella misma. Estaba dejando salir todo el miedo y el dolor que
había acumulado en aquellos meses. Lloró y lloró hasta que sintió que se separaba
del último resquicio de esperanza que la unía a todo.
Y en medio de
aquel dolor que apenas la impedía respirar, la imagen de la mansión bañada en plata vino a su mente, como una visión salvadora.
Ya no le quedaba nada.
Solo la mansión.
Anna supo que solo había un camino posible.
Próximo capítulo
Capítulo 5: El mar custodia el camino
Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Un besazo


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