domingo, 22 de noviembre de 2015

La caja de música de Lorraine Capítulo 4 El diario de AW







Capítulo 4
El diario de AW


Anna pedaleó por las calles del pueblo. Hacía días que habían aumentado las temperaturas. Se notaba que ese verano iba a ser cálido. Anna se pasó una mano por la frente y se sintió aliviada al ver que llegaba a su destino.
Guardó la bici y entró en la librería. El interior era oscuro y agradablemente refrescante en esos momentos. Decenas de estantes componían la tienda, todos llenos de libros de un sinfín de colores y tamaños. El único rinconcito libre de libros era el mostrador, que lucía una lámpara de latón antigua.
-        ¿Hola?
Su voz resonó, y al cabo de unos pocos segundos oyó unos pasos. El rostro cano y sonriente del librero, el señor Tylor, apareció tras la estantería del fondo.
-        Buenos días, jovencita. Déjame adivinar, ¿buscas un nuevo libro?
Anna sonrió.  En los últimos días ese había sido su hobby.
-        Sí, me gustaría saber si tiene algún libro sobre la familia Winterby.
-        ¿Winterby? ¿Winterby?-repitió el señor Tylor- No lo sé. Nadie me ha pedido sobre esos temas, Anna.
-        ¿Puede mirarlo? Por favor, es para un trabajo.
-        Está bien. Espera un momento aquí. Voy a ver si encuentro algo.
Anna asintió satisfecha y vio como desaparecía el anciano. No había dicho la verdad, pero necesitaba una excusa para que nadie hiciera preguntas. Desde el día que habían ido a las calas, había intentado averiguar más información acerca de la mansión y los Winterby. Pero parecía que el pueblo entero se había puesto de acuerdo con la señora Gates para evitar el tema. Sin embargo, Anna estaba decidida a no rendirse.
Al rato, el señor Tylor volvió. En sus manos, llevaba un libro ajado, pequeño y bastante delgado.
-        Esto es lo único que tengo. Es un diario, pero puede servirte para ese trabajo.
Anna lo miró con devoción.
-        ¡Sí gracias! Esto me sirve. ¿Cuánto es?
-        Para ti nada. Espero que a ti te dé más suerte que al último que lo usó.
-        ¿El último?
-        Antes de ti, se lo presté a Ben. Era amigo mío. Pero se obsesionó demasiado por el tema. Le advertí, pero no me hizo ni caso. Era un cabezota.-explicó con gesto grave.
-        ¿Y qué le pasó?-al momento de hacer la pregunta, Anna se arrepintió. Quizás había tocado un tema muy delicado.
Al señor Tylor no pareció importarle seguir hablando de eso.
-        Salió una tarde, antes de que subiera la marea. No sé si llegó a la mansión o si el mar lo alcanzó antes. La marea es una amiga traicionera, Anna. Sube muy rápido y no quieras verte en medio de la bahía cuando esta te alcance. No serías la primera en verte con el agua al cuello –le advirtió seriamente y Anna tragó saliva- Ben no regresó, jovencita. Así que espero que tengas la cabeza suficiente para no seguir por ese camino.
-        Ya, claro. Pero un poco de información no hace daño a nadie, ¿no?-accedió Anna alejándose con el libro en las manos.
El anciano rió.
-        Depende de a quién le llegue la información.-dijo antes de que Anna saliera de la tienda.
Una vez fuera, volvió a contemplar el libro con renovado interés. Era de color burdeos, y tenía escrito “Diario” en la tapa con una bonita caligrafía dorada. Y parecía muy, muy antiguo.
Sí, allí estaban las respuestas que quería.
-        ¿Qué hacías ahí dentro?
Anna se volvió y descubrió horrorizada que era Fred quién había hablado. ¿Qué hacía allí? ¿La había seguido? Anna comprobó que su ojo seguía tan morado como hacía unos días antes.
-        ¿Y a ti qué te importa? Creo que te da lo mismo si alguien se cae a un barranco ¿no?-le espetó mientras guardaba el libro en el cesto de la bici.
Fred pareció dolido por eso, pero no contraatacó. Aquello enfurecía más a Anna. Era demasiado manso para ella, ahora se daba cuenta.
Y pensar que creía que podían ser amigos…
-        Me marcho.-anunció Anna.
-        Voy contigo.
Anna lo miró asqueada pero no dijo nada. Y así pensaba seguir todo el camino.


-        Anna, ¿me pasas el pan?-pidió la señora Gates.
Anna hizo lo que le pedía y siguió comiendo de su plato. Su mirada se topó con la de Fred, pero le ignoró. Últimamente pasaba de él. De hecho, apenas habían hablado después de lo de la cala.
Anna devoró su plato a toda velocidad. No tenía hambre, pero quería terminar cuanto antes para volver a su cuarto y poder leer el diario al amparo de la oscuridad.
-        Anna, ¿has tenido noticias de tu padre?
Anna dejó el cubierto. Odiaba ese tema.
-        No, por ahora no, señora Gates. Gracias.
-        Eso es mejor. Normalmente en estos tiempos, todas las noticias que llegan son malas. Y hablo por propia experiencia.
Anna no contestó. Aquello la hizo sentir peor.
-        La verdad-continuó la señora Gates- Es que aquí no podemos quejarnos. Es cierto que hemos tenido nuestras dificultades, pero hemos podido salir adelante. Nunca pensé que vivir en ese pueblecito podría darnos tantas ventajas. Y Londres con esos bombardeos…Apenas puedo imaginar lo que debes haber pasado, chiquilla.
Anna cerró los ojos. Por un momento le pareció oír el estruendo de las bombas cayendo sobre el refugio. Oyó la voz de su padre asustado mientras la abrazaba en un gesto de protección, aunque Anna sabía que no lograría salvarla de aquel mortal impacto…Y sobre todo recordó su propio miedo y angustia, que la dominaban lentamente…
-        Dicen que algunos edificios han sido destruidos. Un horror, ese maldito Hitler…
-        Señora Gates.-le cortó Anna levantándose de golpe.- ¿Puedo irme a mi habitación?
-        Ehh, sí claro. Has terminado de comer, no veo porqué no. Buenas noches Anna.
Anna murmuró un buenas noches malhumorada y se marchó precipitadamente, antes de que volvieran a sacar el tema. En cuanto llegó a su habitación se encerró y trató de tranquilizarse. No sabía por qué le había afectado tanto, pero por un momento, había creído que volvía a estar en su casa, en el refugio.
Anna comenzó a cambiarse. Se quitó su falda de twed, su camiseta blanca y se puso el pijama. Cuando vio el libro esperándola sobre la mesilla se olvidó de todo lo sucedido y se lanzó ávida sobre él. Cuando lo abrió, las hojas eran tan viejas que tuvo la sensación de que podían romperse ante un caricia.
Comenzó a leer ilusionada. Descubrió que el diario era de una tal señorita A.W. Anna no entendió esas iniciales y continuó leyendo.  Al rato de empezar, se aburrió un poco. No hacía más que contar cosas sin importancia, como comidas, cenas de alto copete, visitas a otras familias…Todo con un estilo desfasado y petulante, que parecía sacado de una novela de época. Anna calculó que por la palabra “miriñaque”  que encontró escrita, el diario quizás  podría ser de dos o tres siglos atrás.
Anna llegó a la conclusión de que la tal A.W. debía de pertenecer a la alta sociedad. Si no, ¿cómo daría tanta importancia a la elección de un vestido? De vez en cuando mencionaba algún otro nombre, como Allan y a una doncella. Anna se sintió decepcionada. ¿De qué le iba a servir todo aquello para resolver el misterio de la mansión?
-        Vamos Ben… ¿qué viste en este libro?-dijo en voz alta impaciente.
Sus manos llegaron a la última hoja. Se detuvo al ver que la letra no era la misma. Aquello hizo que su corazón latiera de emoción y comenzó a leer. El texto no estaba escrito por A.W. Eso la animó bastante y empezó a leer.

“En el día de 3 de julio de 1752, falleció la señorita A.W., con gran pesar para todos los que la amábamos. La enfermedad se llevó su bondadosa alma de forma repentina y con causas desconocidas, tras horas de tormento…”

Las siguientes líneas hablaban de aspectos inmobiliarios y de la herencia de la casa de los Winterby. Anna directamente pasó al final, pero sólo había una firma bastante inteligible.
Anna dejó el libro sin ocultar su decepción.
-        De verdad, Ben. No entiendo qué viste en este libro.-concluyó.
Unos golpes en la puerta le pusieron alerta y Anna escondió el diario justo antes de que la cabeza de Fred se asomara por la puerta. No le dio tiempo para fingir estar dormida. Con el corazón en un puño, le plantó cara.
-        ¿Qué quieres?-le increpó.
Fred entró, aunque permaneció cerca de la puerta, temeroso. A Anna no le extrañó.
-        Nada, quería ver si estabas bien.-le contestó.
Sonó sincero, pero Anna no se dejó ablandar.
-        Pues estoy bien.-contestó seca- Aunque podrías decirle a tu madre de mi parte que deje de recordarme cada día los bombardeos.
-        Ya.-admitió Fred cortado- Lo siento.
-        ¿Que lo sientes? ¿Qué sientes Fred? ¿Haberme dejado a mi suerte en aquel barranco o a la inoportuna de tu madre?
-        No hables así de ella, ¿vale?-dijo Fred serio, pero Anne sabía que podía vencerle fácilmente.
-        Hablaré como me venga en gana.
-        No vas a perdonarme nunca, ¿no?-afirmó Fred.
Anna lo miró. Casi se dejó conmover por el aire triste que Fred puso en sus palabras. Pero una vez más, se recordó a sí misma lo que le había hecho.
-        Creía que éramos amigos.-dice Fred abatido. Anna se revolvió.
-        Yo también. Hasta que me abandonaste.



Anna estaba en medio de la calle principal del pueblo. Lo sabía por la anchura de las calles y las tiendecitas que había a cada lado de la carretera. No era la primera vez que estaba allí y por eso supo que estaba otra vez en el mismo sueño.
Sólo que aquella vez era diferente. Nunca antes había sabido qué pueblo era aquel.
Ahora así. Era Abbey.
Aquella verdad la desconcertó, pero el sueño siguió adelante y Anna se encontró paseando por las calles del pueblo. Reconoció la librería del señor Tylos envuelta en un extraño halo fantasmal y difuso. Luego pasó la carnicería y llegó hasta la pintoresca casa de Fred y su madre.
Anna se quedó mirándola con expresión ausente, mientras un viento frío la rodeaba, aunque no sentía las bajas temperaturas.  Oyó un susurro a su espalda, seguido de aquella melodía que ya conocía tan bien. De algún modo, Anna se sintió reconfortada. Era una sencilla melodía de cuatro notas, pero llena de belleza y armonía. Parecía un canto que escondía un terrible secreto tras sus notas, hechizante y oscuro, y a la vez, tranquilizador.
Anna se dio la vuelta buscando la fuente aquel susurro y entonces la vio.
La visión de la mansión, mecida de forma espectral y majestuosa por el mar la dejó sin habla. Era precioso. La luz de la luna la cubría con su luz y parecía vestirla de plata.
Tuvo la sensación de que era la casa la que la estaba llamando y no se pudo resistir. De repente, vio que estaba de nuevo en las calas. Pensó que tendría miedo, pero aquello no sucedió.
-        “Anna”
Anna alzó la vista y contempló anonadada como las aguas del mar descubrían un camino de arena que llevaba directamente a la mansión. Era como si le mostrara el camino. Rápidamente se vio inmersa en un pasillo recto, y luego en otro, en otro…Hasta llegar a una habitación pequeña, semioscurecida, donde destacaba sobre las demás cosas un arcón que prometía esconder algo muy valioso.
Anna sabía que el sueño estaba a punto de acabar, por lo que trató de correr hacia el arcón y abrirlo para saber lo que contenía en su interior. Pero el sueño se disolvió antes de que sus dedos lograran alcanzarlo.


Anna despertó la mañana siguiente y recordó el sueño. No era la primera vez que lo soñaba. Ya lo había hecho otras veces desde que era más pequeña, pero nunca le había dado importancia. Pero ahora, se sentía confundida al darse cuenta de dos coincidencias: el pueblo de su sueño era Abbey y la voz de sus sueños, había sido la misma que había escuchado en el acantilado.
Anna nunca había creído en lo sobrenatural, sin  embargo aquello tenía toda la pinta de serlo. Ya no parecía una casualidad que ella estuviera allí.
Anna movió la cabeza confusa y se vistió. Bajó a toda prisa al comedor pero paró al llegar a la puerta y oír voces. Fred y su madre ya se habían levantado.
Iba a abrir la puerta cuando se detuvo al oír su nombre.
-        Pobre Anna-se lamentó la señora Gates.
Anna se atrevió a asomarse por el resuicio de la puerta. Vio a la señora Gates de perfil. En sus manos sostenía una carta. La había abierto y había visto su contenido.
-        ¿Qué pasa madre?-preguntó Fred con curiosidad.
-        Es una carta del frente, para Anna.-respondió su madre tras unos segundos.- Pobrecilla, dice que su padre ha desaparecido. Y eso es casi como estar muerto
Anna sintió que todo oscurecía a su alrededor y tuvo que apoyarse en la pared. La imagen de su padre despidiéndose de ella fue lo primero que le vino a a la mente y se negó a pensar que hubiera desaparecido. No podía ser.
Cuánto más lo pensaba, más se daba cuenta de que era así. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus  mejillas mientras digería la noticia conmocionada. Su padre había desaparecido en combate, y eso era lo mismo que estar muerto. La señora Gates no mentía.
Su padre ya no regresaría, al igual que su madre.
Se había quedado sola.
Se sintió mareada y tuvo que apoyarse en la pared exhausta. Cuando se dio cuenta de lo que hacía, estaba volviendo tras sus pasos. Llegó a su cuarto y cuando cerró la puerta, se echó a llorar. Lloró por su padre, por su madre, su casa destruida y también, por ella misma. Estaba dejando salir todo el miedo y el dolor que había acumulado en aquellos meses. Lloró y lloró hasta que sintió que se separaba del último resquicio de esperanza que la unía a todo.
Y en medio de aquel dolor que apenas la impedía respirar, la imagen de la mansión bañada en plata vino a su mente, como una visión salvadora.
Ya no le quedaba nada.
Solo la mansión.
Anna supo que solo había un camino posible.


Próximo capítulo
Capítulo 5: El mar custodia el camino

 Espero que os haya gustado
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Un besazo






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